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jueves, 9 de mayo de 2013

Que m'ha 'dao' muchísima envidia

En episodios anteriores...
 
Quería decir que hace poco, en este mismo blog, hacía mi pequeño homenaje de despedida a dos personas que, con la estupenda excusa de estudiar, se están haciendo cada excursión por la isla de Honshū que me han hecho espabilar un poco. Así que voy a ver si desempolvo virtualmente mis cientos de fotos, y de paso este planetilla.
 
 
Y nada mejor para ello que retomar mi viejo y querido Kioto, "atrapado" entre montañas a cual más verde y más bonita. Ciudad que a veces me produce un estrés horroroso como turista de a pie, porque tengo la sensación de que hay demasiadas cosas que ver, y algunas de ellas están a tomar por saco de las demás. Una ciudad normal con gente que vive, va al colegio, a la universidad, a la oficina, a la compra, con su tráfico, sus feos edificios de hormigón y cristal normales y corrientes, pero que cuenta con más de 2000 templos budistas y santuarios sintoístas, con sus respectivos jardines, bosquecitos, animalitos y guijarritos, definitivamente no se puede decir que sea en verdad una ciudad normal. Es que recorres tres manzanas y parece que has cambiado de dimensión o has dado algún tipo de salto temporoespacial.

 
Recordando mi experiencia de 2010, creo que aproveché mejor el tiempo esta vez, eso sí, aunque no dejó de ser insuficiente.
 
 
Mi primera parada fue el Tenryū-ji, uno de los 17 lugares de Kioto reconocidos como Patrimonio Mundial por la UNESCO (ya he visitado un tercio de la lista, "ouyeah"), y uno de los más destacados del distrito de Arashiyama, un nombre que me parece la mar de estupendo, que se traduce como Monte de la Tormenta. Este templo tiene origen en el siglo XIV, después de que un sacerdote soñara con un dragón saliendo del río, cosa que lógicamente interpretó como una señal de que el emperador estaba inquieto, así del tirón, tal cual, por lo que se vio obligado a levantar ese templo para apaciguarlo. Por eso se llama literalmente Templo del Dragón Celestial. Vivan los sueños y las leyendas, que hacen que setecientos años después podamos disfrutar de lugares así. Si alguien de por aquí sueña con dragones saliendo de La Caleta y quiere apaciguarme construyéndome un sitio de estos, que no se corte.
 
 
 
 
 
El templo en sí, que no es nada espectacular sino bastante sencillo, es de 1900, pero el jardín sigue siendo el original, y eso SÍ que es espectacular.
 
 
 
 
Nunca dejará de fascinarme cómo estos jardines se integran con el entorno natural que les rodea, aprovechándolo y fundiéndose con él. Es como si dijéramos una naturaleza muy limpia y cuidadita.
 
 
  
 
 
 
En una de las salidas al otro lado de los amplios jardines, se sale directamente al famosísimo bosque de bambú de Arashiyama. Si fuera posible morir por sobredosis de verde, este sería el lugar, aunque tan sólo un mes después, en octubre, ese verde contrastaría con este rojo. Algo que tengo pendiente ^_^.
 
 
 
Fotos 1, 2, 5, 12, 13 y 14 hechas por mí. Las otras por mi compañero de viaje :).

martes, 22 de enero de 2013

Un ratito de relax.

Estos días en los que acuso el frenético ritmo de vida laboral y personal de las pasadas fiestas, en los que han cesado tanto uno como otro, y en los que me resiento de mis contracturas musculares varias, es cuando echo un poco más de menos los recuerdos agradables de las últimas vacaciones: viaje a Japón, edición 2012.
 
Tan sólo la imagen mental de verme sentada en un tren contemplando este viejo y conocido paisaje por las ventanas me resulta relajante, y estimulante al mismo tiempo.

 
La verdad es que el comienzo esta vez fue infernal. La historia fue mucho más larga, desesperante y surrealista de lo que suena cuando la cuentas, pero una huelga anunciada el día antes de nuestra partida, con vuelo cancelado incluído, nos obligó a mover Roma con Santiago, primero para llevar a cabo la misión imposible de contactar con la compañía y poder encontrar una complicadísima solución alternativa, con horas al teléfono, incertidumbre, problemas técnicos, retrasos, personal poco colaborador, llamadas desesperadas desde el avión a punto de despegar, carreras de película por la terminal de Munich (una escena que ni imagináis), logramos llegar a nuestra conexión para Tokio literalmente en el último segundo. Tanto estrés acumulado en las últimas 48 horas que, cuando los dos nos desplomamos jadeantes y sudorosos en nuestros asientos (sobre todo yo), ante los ojos atónitos del resto de los pasajeros ya cómodamente preparados para el despegue, me eché a llorar como una niña de puro estrés. Realmente no nos quedamos en tierra porque nos empeñamos con todas nuestras ganas, mantuvimos la serenidad (aunque estábamos atacados por dentro) y luchamos como fieras por llegar, porque lo teníamos absolutamente TODO en nuestra contra. A partir de ahí el vuelo transcurrió sin incidencias, con mi escaso espacio para las piernas habitual, pero maravillosamente atendido y con buena comida (excepto unos tallarines fríos de color rosa que parecían y sabían como los de Play-Doh), aunque con el sonido ambiental del llanto furioso de una niña de alrededor de un año durante VARIAS HORAS.

Pero llegamos. Sin maletas, pero llegamos (las maletas no corrían tanto como nosotros por la terminal, así que no llegaron a tiempo, lo cual significaba que nos las llevaban cómodamente al hotel al día siguiente y no teníamos que cargar con ellas, yupi). Y estaréis conmigo en que aterrizando en Narita a las 11 de la mañana, después de todo el movidón, de pisar cinco ciudades distintas, de cuatro países diferentes en las últimas 24 horas ("hijo, ¿pero no estás en Italia?" "No, mamá, estamos en Suiza. Lo de Geneva resulta que era Ginebra y no Génova..."), y de 15 horas de vuelo, el plan turístico para aquella tarde estaba más que claro: "Nos vamos a un Onsen".
 
La tradición y la pasión de los japoneses por la cultura del baño se traduce en una amplísima oferta de baños termales, con función tanto higiénica como relajante, llamados Onsen.
A muchos os vendrán a la mente esos baños de roca al aire libre en medio de una montaña, o a Shin-chan aseándose con su padre en los ofuro o baños colectivos, sentado en un banquito con un cubo de agua (de esos últimos ya hablé en este blog hace un par de años). Los Onsen pueden ser de muchos tipos, tradicionales o modernos, artificiales o absolutamente naturales. El elegido por nosotros, bastante famoso, es el llamado Oedo Onsen Monogatari (literalmente "La leyenda de los Onsen del Gran Edo", siendo Edo el antiguo nombre de Tokio).
 
 
 
El Oedo Onsen Monogatari es una mezcla de todo, baños tradicionales, modernos, spas occidentales, y parque temático del antiguo Tokio. Su página web tiene una intro la mar de graciosa e interactiva, y en su versión en inglés podéis encontrar toda la información importante de su funcionamiento y estructura, con algunas fotos que yo no tengo por razones que más tarde explicaré. Lo más interesante es que por unos precios extraordinariamente buenos, mucho más baratos que cualquier spa de miniatura de por aquí, podéis estar todo el día, y es que el horario de apertura es de 11 de la mañana a 8 de la mañana del día siguiente.
 
 
 
La llegada al Onsen te invita a la inmersión total. Debes dejar tu calzado en una taquilla a la entrada, antes incluso de los mostradores de venta de pases. Eliges tu kimono de baño de entre todas las tallas y diseños disponibles (incluídas en el precio además de las toallas y todo tipo de material de higiene básica),  y a partir de ahí ésa y una pulsera con la llave de tu taquilla será, como mucho, tu única equipación dentro del recinto.
 
Estos baños están divididos en tres áreas principales: la zona de ocio y restauración, los baños separados por sexos, y la zona termal común en los jardines exteriores.
 
En los baños separados por sexos la cuestión es que tienes que ir completamente desnudo, de ahí la separación. Sólo puedes ir acompañado por una pequeña toalla, así que si eres una mujer muy pudorosa, lo siento, pero tienes qué elegir si tapas tetas o bajos ^^U. Obviamente en esta zona están prohibidas las cámaras. Así que nada, cada uno por un lado, y en hora y media nos vemos otra vez.
 
Estos baños se dividen a su vez en tres zonas: la de ducha y escamondado previo a las piscinitas, que está más equipada que el baño de mi casa, la zona cubierta de piscinas, que es bastante grande y parecida a un spa de los de aquí, con su sauna y sala de masaje y todo, y un pequeño jardín exterior entoldado, donde te puedes bañar al fresquito, entre la vegetación, estanques de rocas y tinajas de madera. Diseñado perfectamente para que parezca totalmente natural pero, aunque no deje de ser producto del un diseñador de jardines, lo cierto es que las aguas sí son realmente termales, extraídas del subsuelo de la bahía de Tokio a unos 1500 metros de profundidad.
 
Una vez duchados y "enkimonados", reunificamos el equipo para ir a los jardines mixtos. Un nuevo gustazo el sentarse allí remojando los pies o paseando entre los guijarros a la luz de los farolitos. Fijáos en lo bien que luzco la indumentaria.
 



 
No pudimos ni quisimos resistir la tentación de entrar en la casetita de los pececillos. Esos para los que las pieles muertas de tus pies constituyen un delicioso manjar. Tengo que decir que acuden raudos y en manada como pirañas después de estar a dieta, a pegarle bocaditos a tus pinreles, y que no hacen daño aunque se notan los mordiscos, pero hacen unas cosquillas de morirse. Al menos a mí, que no podía mantener los pies dentro 10 segundos seguidos, con un ataque de risa cosquillosa la mar de tonto. Mi amigo en cambio, estaban tan pancho, encantado con sus "pirañitas", y sus "pirañitas" encantadas con él, porque iban más a sus pies que a los míos, todo hay que decirlo. Debe estar más bueno.
 
 
La temperatura era estupenda para una sesión de remojos al aire libre, respirando el aire y la tranquilidad nocturnos, y un auténtico gustazo hacerlo en un marco tan agradable a la vista, con una tenue luz más que adecuada para tomarse un refresco o una copita si apetecía.
 
Era el momento de reponer energías después de tanto relax. Así que decidimos ir a la zona de ocio, a dar una vuelta por las tiendas, y cenar algo. Todo eso se encuentra distribuído en una nave cubierta pero diseñada de forma que aparenta ser un antiguo poblado, o más bien dicho, las calles de Edo/Tokio en el siglo XIX en pleno bullicio, como si en un festival veraniego se encontrara, con su torre central, farolillos dispuestos por la calle principal, un firmamento que empieza a clarear en la lejanía, y algunos árboles, que por lo que sé, cambian según la época del año para que estén en plena floración, o cuajados de hojas rojas y amarillas, o bien con sus ramas desnudas. He encontrado una imagen con la vista general de esa zona desde cierta altura, para que os hagáis una idea de cómo es.
 
 
 
Todo el mundo paseándose con el ligero kimono de algodón y los pies descalzos sobre un suelo de madera absolutamente brillante. Y mientras algunas personas optaban por someterse a alguno de los muchos tratamientos corporales que se ofrecen aparte, nosotros pasamos del olor a jabón al olor a comidaaaa. Familias, pandillas de jóvenes o parejitas paseando entre las tiendas de dulces, de souvenires, de cucuruchos de helado de té o de hielo picado con siropes de frutas, casetas con antiguos juegos de feria para los niños, y algún que otro actor pululando por ahí.
 


La oferta culinaria era variada, y optamos por algo de pollo frito, unas brochetitas, unas verduritas encurtidas, sopa y nuestra imprescindible ración de edamame para picar. Todo cargado cómodamente a nuestra pulserita. Es posible que lo haya explicado en otra ocasión, pero el edamame no son otra cosa que vainas de soja hervidas con agua y sal, parecidas tal como véis a unas vainas de guisante, y lo que se come son las semillas tiernas que lleva dentro. Más adictivas que las pipas, y mucho más sanas, dónde va a parar.
 
 

Tengo que aclarar que este lugar se encuentra en Odaiba, distrito dedicado principalmente al ocio, comercio, exposiciones y algún museo, ubicado en una de las islas artificiales con que cuenta la bahía. Así pues, antes de tomar el monoraíl de vuelta a nuestro alojamiento, bien merecía la pena una breve parada en el paseo marítimo, lugar favorito de parejitas y de fotógrafos armados con cámara y trípode, para contemplar las mejores vistas nocturnas de la bahía de Tokio.

Ahora sí, el viaje podía por fin comenzar.

 

martes, 21 de febrero de 2012

No es que quiera presumir de ello, pero...

... estoy orgullosa de haberlo conseguido. He recibido los resultados del examen de Japonés que hice en Madrid el pasado diciembre, y el certificado que podeis ver abajo dice que soy apta para el nivel 5.



Por cierto, esa marca de agua que dice COPY sólo se ve al escanear el certificado. Como para falsificarlo, vamos.

Que nadie piense que puedo mantener una conversación, que para eso me faltan años, porque el nivel 5 es el más elemental de todos, y me llega para entender y hacerme entender en cosillas sueltas muy básicas de una conversación, una peli, un programa de televisión, etc, pero es una alegría cuando escuchas una canción que conoces desde hace años y de repente pillas algunas frases, o soy capaz de medio entender las instrucciones de preparación de algunas comidas que tengo por aquí (los dibujos ayudan).

El caso es que hemos llegado hasta aquí, y espero que nuestro pequeño grupo demos lo mejor de nosotros para alcanzar el siguiente nivel y volver a examinarnos a finales de año. がんばります!!

viernes, 8 de julio de 2011

Sí, gracias, póngame un té.

Cuando reservamos nuestro hotel en Kioto, nos escribieron comentándonos que cada viernes hacían una breve ceremonia del té para no iniciados y que estábamos invitadas. Nos pareció una estupenda forma de pasar nuestra última tarde en la ciudad.

La ceremonia del té es probablemente una de las tradiciones japonesas que más suenan, pero realmente la mayoría de la gente creo que no sabe que NO consiste simplemente en hacer té y beberlo, o al menos yo no podía imaginar la cantidad de cosas que comprende este arte.

Nos recibió una mujer muy agradable que hablaba perfectamente inglés y español, con lo cual pudimos hacerle todas las preguntas que se nos ocurrieron.



La ceremonia del té es un arte y un placer estético que busca la perfección ,y se basa en cuatro principios que son la armonía, el respeto, la pureza y la calma.Todos ellos se reflejan en cada uno de los eventos que ocurren en una ceremonia, la decoración, la forma de conducirse, la modestia y la atención al servicio de los invitados, el lenguaje cortés utilizado, la preparación y la forma de beber el té... Ningún detalle se deja de lado en este acto. Ningún gesto es fútil, torpe o poco elegante, y siempre exento de florituras y gestos superficiales. Todo tiene un gran significado. Quizás toda una filosofía para la vida comprimida en una acto cotidiano. Armonía, respeto, pureza y calma.



Os pongo algún ejemplo de perfeccionismo extremo. La persona anfitriona, tras entrar en la estancia, cruza el piso de tatami teniendo cuidado de no pisar las líneas de separación de las esterillas, y siempre pasando de una a otra con el pie derecho. Mínimos detalles que parecen fáciles, pero que resultan más difícil de integrar de forma fluída y natural de lo que parece. Tanto es así que nos sorprendió enormemente la respuesta de nuestra anfitriona a la pregunta que le formulamos:
- "¿Cuánto tiempo se tarda completar el adiestramiento para realizar una buena ceremonia del té?" - "Unos cinco años, pero aun sigo aprendiendo nuevas cosas."

¡¡Cinco años!! ¡Me exigen sólamente tres años de universidad para cuidar de la vida y la salud de otras personas, y cinco para preparar té! Definitivamente la ceremonia del té es la búsqueda de la perfección, y yo cada vez tengo más claro que al personal sanitario nos sueltan en los hospitales sin tener ni idea de nada. Obviamente en Japón no todo el mundo se forma en esta disciplina . En los institutos hay clubs de ceremonia del té como actividad extraescolar, y existen escuelas de adiestramiento específicas, considerándose parte de una educación superior para alcanzar el refinamiento y la excelencia espiritual y social. Sin embargo, a pesar de que suene elitista, el anfitrión siempre muestra una actitud humilde ante el invitado, y además no se necesita realmente dinero ni posición para ponerlo en práctica, ¿verdad?



Verdaderamente al estar allí y observar la elegancia y la sutileza con que se realizaba, y más tarde intentarlo nosotras mismas, nos hizo ser conscientes de que realmente no es nada fácil , y nos sentimos bastante desmañadas y ordinarias (empezando por la ropa), aunque nos trataran como si fuéramos maravillosas. Definitivamente fue una experiencia muy interesante, y salimos de allí con un respeto mucho mayor que el que teníamos hacia algo que no se comprende hasta que no se presencia y se realiza.



Es un tema extenso para explicar aquí, y no sé más que unas pequeñísimas nociones, así que os dejo un enlace bastante interesante en el que quien esté más interesado en profundizar, podrá hallar una idea más clara de lo que comprende esta tradición.

sábado, 4 de junio de 2011

La primera novela

Bueno, pues por fin abre la web con el primer trailer de "La historia de Genji (Genji Monogatari)".

"La historia de Genji" es una novela escrita por Shikibu Murasaki, una noble del siglo XI, época en la que las grandes figuras de la literatura en Japón eran mujeres, ya que eran las que cultivaban más las artes, mientras que los hombres eran más de guerrear, y entre pelea y pelea también escribían un haiku.

Bromas aparte, lo cierto es que el libro está considerado por muchos como la primera novela de la historia de la humanidad (o al menos la primera novela moderna como tal), la primera novela psicológica o la novela más antigua que ha sido considerada un clásico de la literatura universal.

La novela no es precisamente fácil de leer, ya que tiene varios millones de páginas y unos cuantos kilos (¡exageráaaaaaaaaa!), pero particularmente a mí me gusta leer pasajes de la vida y andanzas de este príncipe de ficción, Hikaru Genji, descrito como un hombre tan bello que atraía a todas las mujeres, y también a alguno que otro hombre (de hecho su nombre significa 'brillo' o 'resplandor'). Resulta un documento histórico muy curioso sobre la vida en la corte de esa época, y resultará interesante para todas las personas aficionadas a la cultura antigua.

Y después de un año viendo fotos de paparazzi del set de rodaje, por fin veo imágenes de la película, con un reparto lleno de caras conocidas... para mí y para unos cuantos que me leen.

Se lo dedico a Blas, si es que aparece en algún momento, apasionada lectora y fan de la novela de Genji.




http://genji-nazo.jp/

domingo, 15 de mayo de 2011

Un dorama, un cumpleaños y nuestro estreno mundial.

Asakusa es posiblemente el barrio más pintoresco de Tokio como ya mostré en este blog allá por 2009 (cómo pasa el tiempo, ¿eh?). Antiguamente era un distrito dedicado al ocio, lleno de locales donde apreciar la gastronomía típica y muchas de las formas tradicionales japonesas de la cultura del entretenimiento. Hoy en día es un barrio eminentemente turístico, pero no ha perdido buena parte de ese encanto colorista y añejo, con ryokanes de los años 50 o 60, baños públicos, festividades religiosas, teatrillos y tabernas frecuentadas únicamente por parroquianos de toda la vida.

Una de estas formas de espectáculo tradicional es el rakugo. El rakugo es una forma de monólogos cómicos, una especie de club de la comedia para que nos entendamos, pero en versión tradicional. Se suelen tratar de historias o anécdotas del antiguo Japón, y el monologuista (o rakuguista mejor dicho) las narra enfundado en ropajes clásicos.

Es allí y en ese contexto en el que se desarrolla la historia de un dorama muy peculiar y uno de mis preferidas, “Tiger & Dragon” (no confundir con la película de artes marciales de Ang Lee). Escrita por mi admirado guionista y director Kudo Kankuro, cuenta las andanzas de dos jóvenes.




Por un lado está Kotora (interpretado por Nagase Tomoya, ese "My boss my hero"), un tipo serio y soso donde los haya y mano derecha de un mafioso local, que un día descubre el rakugo y decide que quiere aprender a ser gracioso.



Por el otro lado está Ryuji (Okada Junichi), hiperactivo, optimista y verborreico, que sí nació con esa chispa que hace de todo lo que cuente sea una historia divertida, pero cuya mayor aspiración es, sin embargo, ser diseñador de ropa joven (y volver a poner de moda la tela de rejilla XDD) con resultados más que estrafalarios... Ah, bueno, y también aspira a poder tener en algún momento de su vida un poco de intimidad con su preciosa novia en su apartamento de unos 12 m², en el que convive con un amigo de la infancia y con un inmigrante chino realquilado XDDD.



Envuelta a veces en un humor increíblemente absurdo, Kankuro perfila a una buena colección de personajes extraordinarios y entrañables en su tremenda ordinariez, con sus miserias, sus cutreces y sus vidas cotidianas. Este hombre es especialista en retratar brillantemente el mundo de la gente más corriente y de los bajos fondos, pero siempre con su punto de vista hilarante.

Reconozco que cuesta entrar en este dorama, porque es quizás su dorama más localista, tanto en el fondo como en la forma, con lo cual es muy posible que no se pueda disfrutar demasiado sin conocer mínimamente a fondo la sociedad japonesa. A mí misma me costó horrores pasar el primer capítulo especial (exageradamente absurdo XD), pero afortunadamente pasé de ese punto, y poco a poco se convirtió en una de mis series favoritas y una de las que más me han hecho reír.

Pero no soy la única “kankurista” de la blogosfera vecina, no. Las amigas Zelgadiss, Geno y yo aprovechamos nuestra reunión en Gijón para homenajear a esta serie. Se dio el caso de que existen ciertas similitudes entre Asakusa y Gijón… Bueno, se parecen una mierda, pero nosotras decimos que sí se parecen, y con el montaje y posproducción excepcionales de Zelgadiss, a ver quién dice que no.

Y aprovechamos el resultado final para felicitar el cumpleaños de Geno. Querida Genomiya, te mereces un fiestón. Gracias por ser tan abierta, tan alegre y por meterte de cabeza en nuestros "fregaos" sin oponer resistencia alguna (juro que no la amenazamos). Y a ver si de paso esta felicitación disimula un poco lo mucho que hacemos el idiota en este nuevo trabajillo audiovisual.

Por motivos técnicos, en esta ocasión no hay videos paralelos, por lo que conviene ver el original antes que la copia, por aquello de apreciar debidamente el grado de frikismo y gilipollez al que nos hemos sometido con ahínco.

Aquí están los créditos finales originales de la serie,





y aquí nuestra versión asturiana, en estreno mundial para todos vosotros. Que lo disfruteis.




lunes, 14 de marzo de 2011

Furusato



Esta es una vista del monte Fuji, símbolo de Japón, desde el shinkansen. Fue un poco decepcionante verlo de esta forma, tapado casi por completo por las nubes. Sin embargo, nos hizo ilusión contemplarlo igualmente, sabiendo que cuando se apartaran las nubes seguiría estando allí.

Volveremos para verlo así.



Mi mente está demasiado dispersa e inquieta estos días como para concentrarme en escribir sobre Oscars y demás por ahora, la verdad. Afortunadamente mis amigos y conocidos de allí se encuentran a salvo, aunque la situación no ha sido ni es nada fácil, tal como narra en primera persona y de una forma impresionante mi apreciada Nora-san.

Lo he sentido mucho cada vez que ha sucedido alguna catástrofe en alguna parte del mundo, pero es imposible no sentirse más afectado por aquellos con los que estás más conectado y, en este caso, cuando la naturaleza hiere a un país al que cuando vuelvo es como si regresara a mi casa.





Furusato (ふるさと)

El anochecer se aproxima y encuentro un tren de nubes
Regreso a la ciudad cuyo olor añoro
Acumulo en mi memoria los recuerdos de la gente
Todas y cada una de sus sonrisas están ahora conmigo

Hay gente allí a la que quiero volver a ver
compartiendo su amabilidad, esperándome
Las montañas, el viento, el color del mar
los lugares en los que puedo ser más yo mismo

Las canciones inolvidables están allí
Tomados de la mano las cantaremos juntos
Las montañas, el viento, el color del mar
Mi tierra.

Tu tierra.

viernes, 18 de febrero de 2011

Matando el gusanillo en Kōbe

Siempre he escuchado hablar de carne de buey de Kōbe. Está considerada por muchos como la mejor carne del mundo y, desde luego, es la más famosa y la que más leyenda tiene a su alrededor. Teniendo en cuenta que muchas personas aun creen que en Japón sólo se come pescado crudo, tiene su gracia.

Como buena carnívora que soy, y aunque al principio no tenía ni idea de si nos iba a dar tiempo de visitar Kōbe, sí tenía muy claro que quería probar esa carne, aunque fuera en Kioto o en Osaka (al fin y al cabo están al lado). Pero logramos planificar una breve visita de una mañana que os empecé a contar hace unos días, así que eché un vistazo a las recomendaciones de mi guía y escogí el restaurante más valorado de entre varias opciones, a pesar de ser el más caro. Porque si iba a probar algo tan excepcional a 15000 kilómetros de mi casa, que fuera lo mejor. Un día es un día.



Casualmente el restaurante Wakkoqu estaba en un centro comercial justo a los pies del teleférico y a pocos metros de la estación de tren que nos correspondía para ir y volver, y después de dar un par de vueltas, dimos con un local muy elegante, discreto y algo escondido. Resoplamos un poco al mirar los precios que figuraban en el menú de la entrada, pero nos liamos la manta a la cabeza "hemos venido a jugar", y para adentro, con nuestra cara colorada y sudorosa y nuestra pinta de guiris mochileras.



Por suerte tenían tres menús de mediodía a precio mucho más asequible, y estábamos en hora. Así que yo opté por el menú intermedio, que incluía ensalada, arroz blanco y verduritas encurtidas, una sopa de maíz deliciosa, verduras asadas, una pieza de carne, postre, café y té.



Nos sentaron a lo largo de una barra de esas que son una plancha teppanyaki, con nuestros palillos, un par de cuenquitos con sendas salsas y un gran plato con unos pequeños montoncitos de mostaza, sal y pimienta molida. Entonces apareció nuestro chef particular, el que cocinaría para nosotras, con el platazo lleno de las verduras y con la carne que iba a prepararnos.

A show in presentation

Y aquí está uno de los famosos filetones. La carne de Kōbe pertenece a reses negras de la raza Wagyu, criadas a muy pequeña escala. El 80% de esta raza se cría en Japón, y el resto se desarrolla en ciertos puntos de Estados Unidos, Australia, Chile y Uruguay, pero obviamente sólo se considera genuina la de Japón, con unas características especiales con que se cría. Eso no quiere decir que las otras sean peores, no lo sé. Simplemente no debe ser igual.



La seña de identidad para reconocerla a la vista es su veteado marmóleo. Parece muy grasa,¿verdad? Lo cierto es que a mí no me gustan absolutamente nada las carnes con mucha grasa. No soporto las chuletas ni masticar trozos de pringue, puaj. Me gusta la carne bien limpia y magra. El buey de Kōbe no tiene grandes acumulaciones de grasa, y el porcentaje de la misma que contiene se encuentra distribuido uniformemente en todo el músculo, y de ahí esas vetas. Pero además, por el ambiente y la alimentación en que vive la res, se dice que apenas contiene grasas saturadas, y sí insaturadas, que son las que regulan el colesterol (ahora mismo parezco un anuncio de Danacol, ¿verdad?). Total, que esos rebordes los recortan, y lo que queda de grasa no se nota absolutamente nada después.

Se ha especulan con muchísimas teorías del por qué de esta calidad. La famosa leyenda de que les dan masajes y beben cerveza y sake frente a los que sostienen que todo se debe a la estupenda genética de esa raza. Verdad o montaje, lo que sí es cierto es que se masajea su piel con sake como medida para alejar moscas y parásitos transmisores de infecciones (aunque también se dice que esos masajes contribuyen a la distribución uniforme de la grasa) y que en algún documental he visto cómo daban de beber medio litrito de cerveza a las terneras, que por lo visto abre el apetito e interviene en el metabolismo de las grasas. Por lo demás, el ganado vive de la forma más sana, natural y relajada posible, con forraje de primerísima calidad, y tienen una muerte en la que se trata de eliminar por completo el sufrimiento físico y psíquico, lo cual también contribuye a hacer su carne más tierna.

Todo esto hace de su crianza algo muy difícil de hacer a gran escala, así que eso unido a su calidad contribuye a los altos precios en el mercado.



A continuación asistimos a toda un espectáculo de cómo cocinar y que parezca fácil. Alta cocina sin tonterías, de la que revoluciona los jugos gástricos, ya me entendéis. Ver trabajar a ese señor tan solemne y tan amable, de blanco impoluto, imponía respeto y mucha admiración. Todo estaba perfectamente cortado (los ajos parecía que estaban fileteados con láser) y preparado para hacerse en la plancha más reluciente que he visto en mi vida. Todo tiene su orden y nada queda de una forma determinada por casualidad. Primero el ajo, luego parte de la carne, luego una serie de verduras, luego más carne, luego el resto de la verdura, y finalmente todo lo sobrante se saltea sin que quede absolutamente nada.


Y por supuesto en el punto exacto. El chef pregunta si te gusta poco, muy hecha o al punto. Yo soy de las de muy hecha, y eso ciertamente lo preguntan en muchos sitios, pero no son pocas las veces en que lo he especificado así y luego parecía que Anthony Perkins había asesinado a Janet Leigh en mi plato. Bueno, pues al señor Yasuhiko Matsushita le salió perfecta.



Y bueno, al fin y al cabo, lo más importante es el resultado, que fue una carne impresionantemente tierna, jugosa y uniforme. La textura es como ninguna otra que haya probado en mi vida, apta para todo tipo de dentaduras delicadas. De hecho, las porciones servidas para no tener que cortarlas (se comen con palillos), son bastante gruesas, y os aseguramos que se mastica tan fácilmente como si fuera hígado.

A master in action

En cuanto al sabor... uff... pues es increíble. No he comido jamás algo como aquello de sabroso. Claire os puede contar qué cara puse cuando me llevé el primer trozo a la boca. Yo no me vi, pero por lo visto abrí mucho los ojos y se asustó y todo pensando que pasaba algo XDD. He probado muy buenas carnes en mi vida, pero la que comí en Kōbe está sencillamente a años luz de la mejor de todas ellas, y cuando no se puede comparar algo con nada, no se puede explicar. Se la recomendaría incluso a alguien no demasiado propenso a la carne, porque es simplemente otra cosa diferente.



El chef Yasuhiko Matsushita, que resultó ser el manager del restaurante (nos dio su tarjeta y todo, que yo creo que este quería que le hiciéramos el reportaje), además de ser un maestro cocinando, nos iba ayudando a saber cómo comerlo para maximizar la experiencia, qué combinar con qué, en qué orden, e incluso cómo fabricar nuestra propia salsa combinando algunos de los condimentos que teníamos a mano. Claire: aún no he podido decidir si me gustó más la carne sola, con la lámina de ajo encima o con la salsa esa a la que le echamos un pegote de mostaza.

Y bueno, esto ya no tiene que ver con la carne, pero las verduras también estaban deliciosas, todo hay que decirlo. Supongo que en un sitio así tan de postín son de primera calidad, pero es que nunca había comido tofu y brotes de soja que supieran a algo, y además bueno. El resto de vegetales conocidos ya ni os cuento.




En fin, ¿que si recomiendo probarla? Definitivamente . Es más, volvería a ir a Kōbe sólo por comerla de nuevo. Pero ojo, hay que matizar. Según dicen, la carne exportada, a pesar de seguir siendo de muchísima calidad, no es TAN buena como la que se puede comer in situ (se reservan las mejores), y encima en España puede llegar a costar en el mercado hasta unos 200 o 300 euros el kilo (en un restaurante no quiero imaginar lo que costaría lo que nos comimos), mientras que en el Wakkoqu el menú con todo incluido me salió por unos 30 y salimos de allí rodando (ojo, en la carta hay piezas mucho más caras también).

Por otra parte, yo creo que influye muchísimo el cómo está cocinada la carne. La buena materia prima lo sigue siendo, pero una gran elaboración puede convertir una experiencia estupenda en una experiencia extraordinaria, y yo sólo puedo hablar de la mía en el Wakkoqu.

Así que aquí os dejo un par de videos muy breves del chef en acción, cortesía de gawdnd, de Singapur, autor también de las dos fotos del cocinero. Por cierto, que cuando veáis cómo maneja el cuchillo recordaréis como yo los anuncios de los cuchillos Ginsu.





Y para seguir con la tradición, dado que salimos eufóricas (además de llenas) de aquel restaurante, dejo una canción alegre que te cagas. Con lo que me gusta a mí el musical, este video es un poco como el sueño de todo amante del musical: estar por ahí en el Corte Inglés o algo y que de pronto todo el mundo empiece a bailar XDD. Con ustedes, Yasuda Shota con más pluma que nunca y el "TOPOP".



martes, 8 de febrero de 2011

Un paseo por Kōbe para abrir el apetito

Dicen que los habitantes de Kōbe están muy orgullosos de ella y entiendo por qué.

En poco más de 120 años de historia que tiene la ciudad como tal, dos grandes catástrofes se han cebado con ella con bastante saña. La primera de ellas en 1945, durante la Segunda Guerra Mundial, cuando sufrió un ataque de bombas incendiarias que se saldó con casi 9000 muertos y la destrucción del 21% de sus áreas urbanas.

La segunda de las catástrofes aun la recuerdo en los telediarios de entonces. El 17 de enero de 1995 a las 5:46 de la mañana se produjo un terremoto de magnitud 6,9. Tan solo 20 segundos, pero 20 segundos que segaron más de 6000 vidas, dejaron sin hogar a 300.000 personas, y a una ciudad en caos, desabastecida, colapsada y prácticamente incomunicada durante días.


Pero aunque probablemente Kōbe aun se está recuperando de todo ello, nadie que la visite hoy día, quince años más tarde del gran terremoto de Hanshin, diría que ha pasado por todo eso, al contemplar los barrios llenos de vida y las fantásticas vistas de toda la ciudad y del puerto desde las colinas que la rodean, que en aquellas ocasiones fueron aterradoras. La vida sigue, y para volver a hacerla grande hay que ponerse mucho las pilas.

Uno de los símbolos que la ciudad tiene para recordar la catástrofe y a las víctimas es el robot Tetsujin. La pasión de los japoneses por los robots, sobre todo los gigantes, viene de hace muchas décadas (ahora muchos estaréis pensando en Mazinger Z) y decenas de estos héroes mecánicos de las viñetas o de la animación se encuentran muy arraigados en la cultura popular. Tetsujin 28 (llamado fuera de Japón Iron Man 28 o Gigantor), popular en la década de los 50 y 60, es uno de ellos.

El proyecto de Tetsujin se concibió como una alegoría de la fortaleza de los habitantes y la reconstrucción de la ciudad, y para ello precisamente han utilizado a un personaje creado por un ciudadano de Kōbe.



Finalizado hace poco más de un año, según nos acercamos a su emplazamiento en un parquecito de Nagata, uno de los barrios más afectados por el terremoto, todo hace referencia al personaje, incluso el mobiliario urbano.


El robot mide 18 metros y pesa unas 50 toneladas, y está construido a escala 1:1. Es decir, a tamaño "real". Y debajo estoy yo, emulando su pose desafiante.


Sobre la construcción del Kōbe Tetsujin Project podéis ver este video o unas fotos interesantes en su web oficial.

Me encantó el monumento, la verdad. Me fascina la mirada resuelta de Tetsujin que parece que se va a mover de un momento a otro. Una mirada que ven a diario todas las personas que entran en los supermercados, floristerías y tiendas de alimentación que están justo delante, que les recordará su espíritu de supervivencia, y que servirá para que ese niño algún día sepa lo que ocurrió.



Otra de las cosas que me apetecía hacer en nuestra breve visita matinal a Kōbe era subir a sus colinas y contemplar desde allí las vistas de la ciudad junto al mar y del puerto, que es uno de los más importantes del país.

Para ello seguimos la recomendación de mi guía Lonely Planet y tomamos el teleférico de Shin-Kōbe para subir hasta lo más alto y bajar a pie.


El precio del teleférico incluye la entrada al Nunobiki Hābu-kōen o Nunobiki Herb Park.


El Nunobiki es un jardín botánico dedicado principalmente a las plantas y hierbas aromáticas que recorre la ladera del monte Maya. Al comienzo de esta ruta hay una encantadora placita en el que puedes encontrar un sitio donde beber algo fresquito, comer algún platillo aderezado con hierbas y especias aromáticas o comprar algunos recuerdos muy bonitos y originales. Todo dedicado a las flores y plantas de olor.


Además cuenta una sala de conciertos, un Museo de las Fragancias y unos grandes pabellones donde aprender sobre las flores y hierbas aromáticas y tomar contacto con ellas. Desde este jardín de rosas la panorámica de las colinas es incomparable.



A partir de ahí se puede dar un idílico paseo cuesta abajo por un sendero serpenteante que te guía por las distintas zonas y jardines de lavanda, de hierbas para cocinar, de frutales y de otras muchas flores y plantas más.

El diseño del parque incluye infinidad de rincones íntimos, sombríos o soleados, con banquitos, cenadores, miradores y fuentecitas para sentarse y relajarse mirando el mar o los árboles, viendo pasar de vez en cuando el teleférico por encima o algún otro paseante que también estaba haciendo lo mismo que nosotras.



A pesar de que era sábado, aquello estaba tan tranquilo como se puede ver en las fotos, y aunque por la fecha y los cuarenta y pico grados no estaba en su máximo esplendor, pudimos ver en las fotos del folleto que en primavera y épocas de floración el paisaje es abrumador y el número de visitantes aumenta considerablmente.



De todas formas podéis ver que no le falta colorido ni verdor intenso.

Uy, a las 12 de la mañana ya sonaba un rugido revelador desde nuestro estómago. Definitivamente ya era hora de emprender camino hasta nuestro último objetivo en Kōbe, y el que más me apetecía de todos. Pero eso ya lo contaré en una próxima entrada.



Y bueno, creo que aquí lo que pega es esto, jejeje.