domingo, 29 de noviembre de 2009

Hana Yori Dango (Mis doramas V)

Si hay un dorama que se ha convertido en parte de la cultura popular nipona y ha traspasado más las fronteras, ese es sin duda "Hana Yori Dango". El título hace juego de palabras con un proverbio japonés que significa "Dangos antes que flores". El dango es un dulce típico, y la frase parece ser que significa que es preferible satisfacer las necesidades básicas como la comida antes que alegrar los sentidos con algo bello. Pero en este caso la palabra dango se refiere a chico, por lo que el doble sentido hace referencia a la necesidad de tener amor en la vida.

El origen de todo es una larguísima serie shojo manga de 36 tomos de Yoko Kamio, que gozó de un éxito notable (que a mí particularmente se me hizo pesadísima, por lo que tardé más de la cuenta en decidirme a ver la serie), y que se mal llamó aquí "No me lo digas con flores".


La obra de la pesada de Kamio tenido cantidad de adaptaciones, desde la serie de animación hasta las versiones con actores como la taiwanesa ("Meteor Garden"), la coreana ("Boys before flowers") o la japonesa ("Hana yori dango") que es la que da pie a este post.

La historia la protagoniza Tsukushi Makino (Inoue Mao), una chica de clase trabajadora que ingresa en el elitista instituto Eitoku gracias al empeño de sus padres. Ella no está demasiado de acuerdo con la idea y se encuentra como pez fuera del agua. No soporta la superficialidad, ni la vida regalada de los esnobs que pululan por allí y, sobre todo, no soporta a Tsukasa Domyoji (Matsumoto Jun).

Domyoji es el heredero de la multinacional más importante de Japón y líder de los F4 que son lo más de lo más en Eitoku y hacen lo que les da la real gana. Con una formación exquisita, pero con un carácter insorportable y violento, nadie se ha atrevido jamás a cruzarse en su camino... hasta que llega Makino. El sentido del honor, el tesón y la naturalidad de Makino los descoloca por completo, ganándose primero la protección del taciturno Hanazawa Rui (Oguri Shun), el mejor amigo de Domyoji, y más tarde la del resto de los F4.


Así, sin querer (por lo menos ella), sus caminos se enredan en una historia adictiva y encantadora entre el drama y la comedia. La terca de Makino y el zoquete de Domyoji se atraen, se repelen, se conmueven y, sobre todo, se exasperan el uno al otro, y a nosotros de paso. Porque este es un dorama de lo más interactivo. Interactivo porque sufres, te ríes, te secas la lagrimita, te desesperas con los protagonistas, pones como los trapos a los personajes más cabrones y terminas como un animal televisivo hablándole a la pantalla, y no te lanzas a besarla más que nada por el qué dirán.

La serie consta de dos temporadas de nueve y once episodios respectivamente, en contra de lo que suele ser habitual en la televisión nipona que suele producir temporadas únicas. Esto en parte se hizo porque la historia del manga es demasiado larga para una sola (de las de ellos, porque aquí estamos acostumbrados a temporadas de veintitantos capítulos) y la primera quedaba inacabada, y por otra parte el dorama disparó las audiencias de forma absolutamente espectacular.

El secreto de su éxito residió en buena parte en el carisma y la personalidad de sus protagonistas. Inoue Mao encarna a una Makino absolutamente adorable y simpática, a la heroína "normal" a quien admirar, y Matsumoto Jun... es simplemente un dogma de fe.


La banda sonora de Hana Yori Dango también fue un exitazo absoluto gracias a la bellísima música compuesta por Yamashita Kosuke y a las preciosas baladas "Planetarium" de Otsuka Ai o "Flavor of life" de Utada Hikaru, dos de las cantantes pop de más éxito en Asia, pero sobre todo gracias a los revienta records de Arashi, cuyos singles "Wish", "Love so sweet" y "One love" (menudo videoclip más cursi y cutre que le hicieron a esta XD) fueron los temas principales de serie y filme respectivamente, como no podía ser de otra forma siendo uno de sus miembros el actor que da vida al irascible Domyoji. No subestiméis nunca el poder de un dorama, que yo empecé diciendo "uy, qué canción más pegadiza la de los créditos", y me vi un año después a once mil kilómetros de mi casa agitando una uchiwa y pegando saltos en un estadio.


Aun siendo una serie eminentemente femenina (aunque tengo constancia de algún marido enganchado), en Japón rara es la persona, hombre o mujer, joven o adulto, que no sepa algo de las aventuras y desventuras de estos dos, y hay secuencias que han quedado en la memoria colectiva, sobre todo las que se desarrollan en la plaza de Ebisu Garden Place, lugar recurrente a lo largo de la serie, y que vuelve a cobrar importancia en la película de cine que se estrenó el año pasado (la película es bastante absurda y mala por cierto, pero cualquier fan de la serie termina cayendo en ella antes o después).



El equipo Aiba (nosotras) estuvo en Ebisu, cómo no. Cómo olvidar a ese Domyoji esperando durante horas calado hasta los huesos. Vayas a la hora que vayas, casi seguro que verás a alguien sacándose una foto en el lugar de marras. No podíamos ser menos y evitar esa peregrinación que a vosotros os importará un bledo, pero que nos hizo una ilusión tremenda. ¿Para qué he escrito este post si no es para tener la excusa de poner esa foto? XD. En mi caso hay gente que me dijo "como no vayas allí y me traigas una foto delante de ese monumento te retiro la palabra".

No fue necesaria la amenaza, porque allí estuve el mismo día en que aterricé para comprobar que Ebisu es mucho más bonito de lo que se ve en la tele, aun sin escenita y sin ellos, pero no hubiera estado mal...

jueves, 26 de noviembre de 2009

Capítulo 13: de la cara rarita a la cara chunga de Japón

Bueno, pues ya estoy de vuelta de mis vacaciones, que han sido cortas pero muy bien aprovechadas (próximamente en este blog), y voy a ver si me pongo las pilas y sigo con mis crónicas japonesas, que a este paso voy a volver por allí y aun no las he terminado.

Hoy toca un pequeño compendio de rarezas y peculiaridades que no podíamos dejar de ver.

Entre las ideas que suelen venir a la mente cuando se habla de Tokio, está la de que es la meca de la electrónica y de los pirados por la tecnología. Así que la siguiente marca en el camino no podía ser otra que el barrio de Akihabara.


Realmente yo no estoy especialmente interesada en la electrónica más allá de desguazar mi pc cuando tiene una gotera, pero pasear por allí es cuanto menos curioso, y merece la pena la visita, aunque sea breve como fue la nuestra. Si buscas cualquier gadget, artilugio, pieza, cable o componente electrónico de cualquier clase, por muy raros que sean, allí encontrarás cientos de establecimientos o mercadillos donde hallar justo eso que buscabas, y probablemente a buen precio.

Y si a eso le añadimos la exaltación al videojuego con cosas como el Club Sega, con varios pisos de máquinas de videojuegos clásicos, o un edificio decorado con el célebre Pac-man o Comecocos, ya os hacéis una idea del ambiente que encontraréis allí: básicamente masculino. Ah, pero las etiquetas no se hicieron para nosotras, no. Allí pasean hombres y mujeres de todo tipo, pero es probablemente donde más cómodo se encuentra el hombre tipo geek, otaku o ambas cosas a la vez (para más documentación verse los doramas Densha Otoko o el muy muy muy hiper frikísimo Akihabara@Deep ).


Un fenómeno surgido en este barrio ni hace dos décadas son los Meido Kissa o Meido Café. La palabra meido viene del inglés maid, que es doncella, porque estos establecimientos son cafeterías servidas por chicas vestidas al estilo de doncella tipo francesa, con sus delantales almidonados y sus cofias, casi como una muñeca, con orejitas de gatitos opcionales. Habría que explicar que el rollito fantasía con doncella francesa les va mucho a los japoneses, y aunque estas cafeterías no tienen en principio ningun matiz sexual, y de hecho va todo tipo de público y no deja de ser una cafetería normal y corriente, sí que tienen connotaciones bastante sexistas. Las camareras no solo van disfrazadas de doncellitas, sino que su comportamiento es totalmente servil (se dirigen al cliente como amo o ama), y su actitud siempre debe ser candorosa y dulce, lo que se dice comúnmente allí kawaii (si vas a Japón posiblemente sea una de las tres o cuatro palabras que aprendas con toda seguridad, porque la usan a todas horas y el concepto daría para un post entero).

Nada más salir de la estación de tren de Akihabara ves a montones de meidos anunciando sus locales. Nos ofrecieron varios folletos que guardamos con la intención de ir más tarde, pero ocurre que, como muchos otros establecimientos, no se encuentran a pie de calle, sino en alguna planta perdida de un edificio escondido en alguna calle lateral. No tuvimos narices de encontrar la del folleto (¿he mencionado que allí las calles no tienen nombre ni número?), y solo encontramos a un par de grupillos de chicos con cara de estar salidísimos siguiendo a una meido de sonrisa angelical. Decidimos que no nos apetecía unirnos al grupo ^_^U, así que lo dejamos para futuras ocasiones, pero logré robar alguna foto (no te dejan hacérselas, pero la crónica es la crónica).


Como véis, alguna de ellas es igualita a las niñas que salen en las series de animación, para que luego digan que los dibujos son exagerados.

Dejamos Akihabara para dirigirnos a Shibuya, uno de los centros neurálgicos del bullicio y la vida moderna, lo que podría ser el Times Square en Nueva York o Picadilly en Londres. Donde todo el mundo queda. Si en Madrid tienen al oso y el madroño, allí tienen la estatua de Hachiko. Así que después de cruzar unas siete u ocho veces el cruce de peatones más famoso y más transitado del mundo como buenas catetas que somos, de sentir una imperiosa necesidad de comer cheeza tras contemplar (siete u ocho veces también) este anuncio en las pantallas gigantes, y de plantearme quedarme a vivir en una tienda llamada Mandarake, nos lanzamos a la búsqueda de la singular colina de los Love Hotel.



Lo de Love Hotel suena a hotel guarro. Sí... pero no. Es decir, son hoteles diseñados exclusivamente para tomar habitaciones por horas (o para muchas horas, cada uno es cada uno), pero no de la forma en que se conciben aquí que es bastante sórdida y sucia. Un Love Hotel es allí un establecimiento en cierto modo habitual que se usa con bastante naturalidad, ya sea por la falta de lugar, o por la falta de intimidad en casa de cada uno, escapar de los hijos (¡que los pisos allí son muy pequeños y las puertas son de papeeeeeeel!) o por hacer algo diferente, ya que algunos están decorados como auténticos parques temáticos y están equipados con todo lo imaginable (las que han visto Stand Up! recordarán el dormitorio de Ken-ken XDDD). Los hay en cualquier sitio, pero hay un par de manzanas en Shibuya donde hay una gran concentración de ellos, y figura en los planos como la colina de los Love Hotel.


La mayor parte de ellos no tienen recepcionista (o será invisible, como el de nuestro hostal), y eliges tu habitación por unas pantallitas que te muestran cómo es cada una, y echas el dinero y te salen las llaves por una máquina. Amplio surtido de disfraces o de diversiones como la Wii, por si te aburres de otra cosa...



Y de Shibuya a Shinjuku de nuevo. Ya exploramos la zona oeste del distrito buscando el hotel de Lost in Translation en pleno tifón, y esta vez íbamos dispuestas a adentrarnos en la zona este, ese paisaje a lo Blade Runner y su Kabukichō, el barrio rojo.



El Shinjuku este es una de las grandes zonas de ocio de la ciudad, llena de restaurantes, cines, terrazas, karaokes y locales de todo tipo. Si te pones a callejear penetras en territorio yakuza, y además que se nota enseguida. La mitad de los locales y los negocios de esas calles laterales están controladas por el crimen organizado, pero la poli permanece en la entrada de la calle y todo transcurre de forma modélica sin levantar polvareda. Si ya de por sí Tokio es una de las ciudades más seguras del mundo, probablemente el último sitio de la ciudad donde te atracarían o algo similar sería en esa zona, ya que llamar la atención con ese tipo de delitos sería perjudicial para el negocio, así que se puede curiosear con cierta tranquilidad.


El aspecto de los locales resulta bastante sospechoso, los baretos más pequeños y más sospechosos si cabe, los tipos de la puerta más sospechosos aun y las fotos de mujeres ligeras de ropa de aspecto nada kawaii en el local de enfrente, más sospechosas todavía.

¿Cómo reconocer al yakuza? O mejor dicho, al esbirro del yakuza, porque yo diría que el jefecillo iba dentro de un cochazo negro con cortinas que estaba en mitad de la calle. Pues básicamente y sorprendentemente se parecen a los que dibujan en los manga, al menos los que he visto, así que lo fácil sería decir que se reconocen por los tatuajes, pero llevan la ropa encima, o por las gafas de sol, que de noche como que no, o por la cicatriz de turno, que no siempre estará visible. Pero no. Yo digo que lo fundamental para reconocerlos son dos cosas: el tinte del pelo y que son las únicas personas de todo Japón que se tropiezan contigo y no te piden disculpas, o a esa conclusión llegué con mi breve paseo. Vamos, que el hecho de que no se disculpara no me molestó en absoluto, entendámonos, que teniendo en cuenta que hablamos de una de las mafias más peligrosas del mundo casi le doy las gracias por empujarme y todo.

Respecto al tinte, pues no es que sean los únicos en teñirse en aquel país ni mucho menos, pero su estilo capilar es digamos que particular. Hay colores y colores, y algunos tonos fueron definidos genéricamente por nosotras como tinte de mafiosos. Es más, en los envases del tinte salen este tipo de dibujos:

Uno de los que yo vi era clavado al de la caja amarilla. Fotos reales de estos tipos no hay, porque no hubo huevos, sinceramente.

Y al doblar la esquina de la calle para volver a un bulevar más ancho y animado (y menos sospechoso), oh, sorpresa, ¡hosts!


Bien, nueva pausa. ¿Qué es un host (pronúnciese hosto en japonés)? Pues es otra de estas figuras singulares de japón más rarito. ¿Son prostitutos? No. ¿Lo parecen? Sí. ¿Se acercan a ello? Bastante. Los Host Club son lugares de copas para señoras atendidos exclusivamente por hombres jóvenes. Son legales porque no son locales de sexo, al menos por contrato, están controlados por la yakuza, y son relativamente populares y "típicos". Tanto que hay más de doscientos de estos clubes en todo Tokio, y en las zonas más céntricas, ya que goza de cierta aceptación social, aunque tampoco es que estén exactamente bien vistos. También existe la versión femenina o hostess, pero los tipos son más chocantes y peculiares.

El host tiene que ser un sujeto simpático y carismático porque debe ser el perfecto anfitrión, y de ahí el término. Es como una geisha pero en masculino y en hortera. Su aspecto es inconfundible, de ahí que los reconociéramos. Un estilo capilar tan característico como el de los mafiosos aunque diferente, traje oscuro o chaleco, camisas impecables, culito apretaíto, más depilados que yo... Tan sumamente horteras que era fascinante.

Han sido parodiados tantísimas veces en el cine, la tele e incluso la música, que nos moríamos por verlos en directo, pero no esperábamos encontrarlos en la calle y en masa, buscando clientela.


Los locales tienen su catálogo y la clienta escoge según sus preferencias. Hay quien quiere que el host sea un tipo divertido con el que bailar o reir con el grupo de amigas, o que te haga pensar que estás buenísima, o que simplemente ponga cara de comprensión y escuche pacientemente que has tenido un mal día. Un tipo que te adule y por supuesto que te haga consumir copas carísimas con toda la cortesía nipona del mundo.

Recorrimos la calle entre el estupor y el descojone, lo más discretamente que pudimos (que no fue mucho), porque tampoco era plan de chafarles su dignidad. Un panorama curioso de verdad. Obviamente a nosotras ni se acercaron, porque con el aspecto de viajeras zarrapastrosas que llevábamos no teníamos pinta de tener yenes como para gastarlos derramando champán con uno de ellos. Además, sinceramente, mejor. Primero que no ibamos a enterarnos de nada, segundo que a la primera palabra íbamos a reventar de risa en su cara, y tercero, que sería por lo último por lo que yo pagara en este mundo.

Visto todo esto, volvimos a dar otro recorrido a la calle de los mafiosos ("¡sí!¡sí!¡otra vez!") y nos fuimos con la música a otra parte, y nunca mejor dicho.

miércoles, 18 de noviembre de 2009

Holiday

¿Os creéis que mañana empiezo las primeras vacaciones laborales de mi vida? Después de once años, casi cinco de ellos currando de seguido, no está mal, ¿eh?
Una semana pasa prontito, pero se aprovechará.




Holiday Celebrate
Holiday Celebrate

If we took a holiday
Took some time to celebrate
Just one day out of life
It would be, it would be so nice

Everybody spread the word
We're gonna have a celebration
All across the world
In every nation
It's time for the good times
Forget about the bad times, oh yeah
One day to come together
To release the pressure
We need a holiday

martes, 10 de noviembre de 2009

Barrio Sésamo

Como muchos de vosotros sabréis, estos días se celebra el 40º aniversario de Barrio Sésamo. Puede que para algunos no sea así, pero para mí no cabe duda de que es el mejor programa infantil de la historia de la televisión, y así lleva demostrándolo durante cuatro décadas.
De vez en cuando busco algún trozo en youtube, y me siguen pareciendo impresionantemente buenos, ingeniosos y llenos de valores para las futuras generaciones. Han sabido combinar el humor y la cultura de una forma increiblemente divertida y atractiva para niños de todas las edades.
En Barrio Sésamo han tenido cabida los clásicos del mundo de la música, el cine, el teatro, la literatura, y casi cualquier personaje o fenómeno que esté de plena actualidad. Me resulta imposible escoger porque son todos geniales, así que os dejo aquí una amplia muestra para disfrutar.













lunes, 9 de noviembre de 2009

El Muro

Veinte años.


Recuerdo que fue una noticia que me fascinó y me emocionó. Hasta en la revista Superpop regalaban fragmentos de muro. No podía creer que durante tantísimos años una misma ciudad hubiera estado dividida por uno. Tantos amigos y familiares separados por tan solo unos metros de piedra, pero unos metros infranqueables por la amenaza atenta de los vigilantes. Tanta la desesperación como para morir en el intento de pasar al otro lado.

Con doce años no tenía ni idea de toda la historia que encerraba, pero pude ser testigo del final feliz, y lo comprendí su importancia. Porque era difícil no conmoverse ante esos cientos de personas saliendo de sus casas para destrozar con sus propias manos la vergüenza de tantos años, para abrazar al hermano del otro lado, y para tenderle la mano al desconocido y ayudarlo a subir a ese trozo de piedra, y así gritar juntos "mírame, estoy aquí, pisoteándote, y he visto tu fin".

Propongo un mini ciclo de cine para conmemorarlo, con tres pelis de muy distinto estilo y tono: "La vida de los otros", "Good bye Lenin" y "Hedwig and The Angry Inch".

lunes, 2 de noviembre de 2009

Fernando Galindo, un admirador, un amigo, un esclavo, un siervo.

Capítulo 12: Tres turistas gastronómicas (II): La madre del artista

Hace meses, en nuestra ruta interminable de surfeo por internet, descubrimos que los padres del del miembro más simpático del grupo Arashi, Masaki Aiba, son dueños de un restaurante familiar en Chiba, su ciudad natal. No se trata del típico negocio de moda abierto en alguna zona céntrica a raíz de la popularidad de su hijo, sino que remonta a un par de décadas atrás y está en una zona de viviendas, trabajadores y colegios. Más tarde averiguamos que la madre de Keiichiro Koyama regenta un bar de ramen en algun lugar de la periferia de Tokio. Koyama es miembro de otro de los grupos más populares y superventas de Asia, además de ser showman de un programa juvenil clásico de la televisión japonesa. Un tipo con un rostro dejémoslo en peculiar, y probablemente uno de los personajes más encantadores, más sencillos y simpáticos de cuantos se pasean por los medios.

Bueno, pues teníamos claro que había que comer en esos dos sitios. Si hay que ir, se va, que para eso hemos venido a jugar y todo en este mundo es susceptible de ser visitado, incluidas las oficinas de la sede de la yakuza, que también están marcadas en google maps. Después de hacer unas pequeñas averiguaciones por diversos blogs de gente que ha estado, supimos que tanto un sitio como otro eran lugar de peregrinación de fans y curiosos, y eso que ninguno de ellos dos ha hecho nunca público los emplazamientos de ambos negocios. Sin embargo los caminos del cotilla curioso son infitinitos, y al saber que ya es casi tradición llevar algún regalito dejando constancia de la visita, comenzamos a frotarnos las manos mientras pensamos en catar los platos caseros de las mamás de dos de los personajes más abrazables de Japón.

La siguiente conversación es mitad real y mitad inventada, pero bien pudiera haber sido así:

- "Bueno, vamos entonces, ¿no?"

- "Sí, sí, yo ya he imprimido la información que he encontrado. ¿Qué os parece? ¿Llevamos un detallito? Es una buena forma de iniciar conversación con las señoras madres, aunque no tengamos ni puñetera idea de japonés. Es que.. ir sin hacer nada no tiene gracia, y ya que vamos, hay que marcar el hito..."

- "Mmmm... un detalle... ¿Algún souvenir típico de estos que les encantan?"

- "O sea, que la cosa está entre la flamenca para que la pongan encima de la tele o una camiseta con el toro".

- "No sé, no sé... yo es que soy más de burro...".

Total, que como cada una vivimos en una punta de España fui yo la encargada de comprar unas camisetas de toro que no fueran muy horteras. Tenía gracia la cosa, ya que las tres pasamos bastante de ese tipo de iconos, pero la cuestión era hacerse notar, y me entró la risa un par de veces mientras examinaba el surtido tan finísimo de género que tenían en las tiendas de recuerdos.
Al final las indicaciones de cómo llegar eran más confusas e incompletas de lo que pensábamos. Para ir al bar de ramen teníamos como única referencia el nombre de una estación de tren que NO figuraba en nuestro plano de transportes, y un escaneo borrosísimo de un luminoso escrito en japonés. Empezamos bien. Googleando concienzudamente desde la pensión dimos con la línea correspondiente, y llegamos a un andén con cinco trenes a punto de salir y sin saber cual tomar. Presión, presión de la buena.

Fuimos al mostrador de información e iniciamos una de esas maravillosas conversaciones multilingües en las que uno no entiende el inglés y las otras no entienden el japonés, pero todos ponemos muchísima voluntad. El buen hombre estaba de lo más preocupado por nosotras y al final nos subimos corriendo a un vagón sin tener muy claro en qué tren íbamos, o si nos teníamos que bajar para hacer transbordo. La cuestión era que los cinco trenes salían hacia la periferia, en la misma dirección, pero unos paraban en todas las estaciones, otros solo en algunas, otros en las contrarias, y otros se desviaban a mitad de camino. Nuestro destino, Sobudai-mae en Zama, a nada menos que 29 paradas (¡¡!!).


Nos pasamos todo el recorrido mirando los carteles y eliminando opciones ("Si para en la siguiente creo que es que vamos bien... Mierda, no ha parado...") y memorizando los nombres de las estaciones escritos en kanji:

- "A ver, la parada que nos interesa tiene así como un edificio con una antenita..., una escalera... y esto parece como un pupitre".

- "A quien le digamos que nos dirigimos al culo del mundo a tomar un plato de sopa..."

- "Que no, que no, que somos turistas gastronómicas, y es perfectamente lógico esto que hacemos... ¡Seguro que está buenísima!"

El tren estaba lleno en un 95% de trabajadores encorbatados de regreso a sus casas para la cena, pero a medida que pasábamos estaciones cada vez se vaciaba más, y nosotras no teníamos claro del todo que llegáramos a la meta. Tuvimos que tomar una serie de decisiones rápidas que podrían significar el éxito o el fracaso de la operación 'ramen', también llamada operación 'okasan (madre)', pero de algún modo llegamos a la desierta estación de Sobudai-mae, lo que parecía el culo del mundo.

- "Las instrucciones dicen que el bar está a dos minutos de la estación, pero no dice en qué dirección, y hay una salida a la izquierda y otra a la derecha".

- "Cojonudo. Yo digo que la derecha".

La salida de la derecha ofrecía un panorama desolador. Ni kamisama por allí para preguntar. ¿Pero para preguntar qué, si no sabíamos ni el nombre? Calle larguísima a la derecha, calle larguísima a la izquierda, y calle larguísima al frente, desiertas, oscuras, y con decenas de luminosos parecidísimos al de nuestro borroso escaneo.

- "Yo digo que hacia el frente".

- "Por el cutre-escaneo este no parece ni que esté a ras de calle, sino en algún tipo de pasaje o callejón como ese de ahí..."

- "Déjame ver el escan.... ¡Ostras! ¡Si es este!".




La fortuna de los dioses o algo así. Nos unimos a la pequeña cola de seis o siete personas que se congregaba en la puerta y empezamos a alargar el cuello para comprobar que estábamos en el lugar correcto, hasta que de pronto salió una señora con delantal muy bien plantada y guapetona, que no podía negar que era la madre de su famoso hijo, porque era igualita que él pero con el pelo largo.

En cosa así de quince minutos nos hicieron pasar al reducidísimo local que no tendría ni veinte metros cuadrados, cuatro o cinco mesitas y una pequeña barra de madera. Para que os hagáis idea del ambiente, aquello era como un bar de barrio de estos de comida casera con la anfitriona, el pinche, el friegaplatos y el parroquiano de turno asociado de forma permanente a la barra y a su bol de ramen. Frente a esta imagen tan castiza, era cuanto menos curiosa la decoración con carteles de Keiichiro, con el resto del grupo o en solitario, de sus obras de teatro o del anuncio del gel de baño con olor a rosas. Y el resto de la clientela pues diría que, exceptuando al parroquiano y a los de otra mesa, venían a lo mismo que nosotras, a cotillear, porque aquello parecía una taberna de espías: todo el mundo miraba en derredor, se observaba mutuamente y hacía comentarios pretendidamente discretos por lo bajini.

Como nos colocaron en la barra, nuestra posición era privilegiada para observar cómo cocinaba la simpática señora Koyama, Yasuyo para los amigos. La elección de la comida fue fácil, porque no hicimos otra cosa que pedir lo que su hijo había comentado en una ocasión que le salía más rico a su madre: ramen de miso y gyozas. Y tenía toda la razón, porque estaba pa' matarse de bueno.


Por favor, comprended que la foto no es muy buena y sale amarilla, pero creedme cuando digo que el ramen tenía una cara fabulosa, y los boles eran inmensos. El caso es que teníamos a la mujer delante de nuestras narices todo el rato porque las dimensiones no daban para más distancia, habíamos acabado de comer, y la camiseta del toro quemaba en mi bolsa, pero a Zelgadiss, encargada de formalizar la entrega, le entró un ataque de vergüenza tremendo y no arrancaba. La verdad es que no sabíamos si iba a parecer que le estaba dando las gafas de CQC o que le estaba pidiendo la mano de su hijo o algo así, pero total.


Con una frase ensayada en perfecto japonés, y cierta ceremonia, se hizo la entrega del paquetito. Yasuyo entonces se puso contentísima y empezamos a comprender que el parecido materno-filial iba más allá del físico. Patrona, empleado y equipo Aiba (nosotras) iniciamos otra conversación de esas en que cada cual habla un idioma sin conocer el otro. Nos preguntaron de donde éramos y entonces llegó el desparrame. Qué ilusión les hizo cuando dije "Andalucía", y no os cuento la fiesta que hicieron cuando Claire dijo que venía de Barcelona. El friegaplatos entonces sacó el móvil y nos mostró orgullosísimo nada menos que un escudo del Barça. Yo ya notaba que los ojos de todas las espías, quiero decir clientas, estaban puestos en los cinco escandalosos que gesticulábamos y hablábamos en voz alta (allí todo el mundo es muy silencioso comiendo). Pero no acabó ahí la cosa.

Mamá Koyama nos preguntó si podía abrir el paquete, y al ver la camiseta con el famoso animal empezaron exclamar "oooooooh!", "Sugoi! (genial!)", "Subarashi! (maravilloso!)", "Torooo!" y cosas por el estilo. Entonces le dio la camiseta al friegaplatos, que hizo unos pases de capote-camiseta, la señora se puso a hacer cuernos y a embestir detrás de la barra, nosotras a descojonarnos sin pudor, y definitivamente todas las fans nos miraban boquiabiertas con cara de "¿a qué c**o vienen estas a adelantársenos, y cómo no se nos ha ocurrido antes?".

Total, que la buena mujer nos hizo un guiño cómplice y nos indicó que le entregaría sin falta el obsequio y la tarjeta a su hijo (allí todo se hace tarjeta de visita mediante y nosotras ante todo somos cumplidoras). Yo creo que le gustamos de nuera, fíjate tú, pero para mí que la camiseta se la quedó el friegaplatos culé.

No le hicimos foto por aquello del respeto a la intimidad, pero nos regaló unas pegatinas en las que sale muy favorecida.


Tan contentas íbamos de vuelta a Tokio que olvidamos allí nuestros valiosísimos paraguas de plástico. Yo creo que después del cachondeo con la madre del artista y de haber probado sus sopitas y sus gyozas, ya vemos al muchacho desde otro prisma, como con más cariño. Es ya como el primo Keiichiro XDDD.


Con tanto jaleo e improvisación la verdad es que no teníamos ni pajolera idea de dónde era el lugar en el que habíamos estado. Al día siguiente lo busqué en el mapa, y eso no estaba ni en la ciudad de Tokio, ni en la periferia, ni siquiera dentro de la prefectura de Tokio. Nos habíamos ido nada menos que hasta la prefectura de Kanagawa y casi nos colamos en Yokohama.

Al menos Chiba sí sabemos dónde está ^_^U.

domingo, 1 de noviembre de 2009

Reivindicando a Don Juan Tenorio


"Mármol en quien Doña Inés

en cuerpo sin alma existe,

deja que el alma de un triste

llore un momento a tus pies.

De azares mil a través

conservé tu imagen pura,

pues la mala ventura

te asesinó de Don Juan,

contempla con cuanto afán

vendrá hoy a tu sepultura."