Bueno, pues ya estoy de vuelta de mis vacaciones, que han sido cortas pero muy bien aprovechadas (próximamente en este blog), y voy a ver si me pongo las pilas y sigo con mis crónicas japonesas, que a este paso voy a volver por allí y aun no las he terminado.
Hoy toca un pequeño compendio de rarezas y peculiaridades que no podíamos dejar de ver.
Entre las ideas que suelen venir a la mente cuando se habla de Tokio, está la de que es la meca de la electrónica y de los pirados por la tecnología. Así que la siguiente marca en el camino no podía ser otra que el barrio de Akihabara.

Realmente yo no estoy especialmente interesada en la electrónica más allá de desguazar mi pc cuando tiene una gotera, pero pasear por allí es cuanto menos curioso, y merece la pena la visita, aunque sea breve como fue la nuestra. Si buscas cualquier
gadget, artilugio, pieza, cable o componente electrónico de cualquier clase, por muy raros que sean, allí encontrarás cientos de establecimientos o mercadillos donde hallar justo eso que buscabas, y probablemente a buen precio.
Y si a eso le añadimos la exaltación al videojuego con cosas como el Club Sega, con varios pisos de máquinas de videojuegos clásicos, o un edificio decorado con el célebre Pac-man o Comecocos, ya os hacéis una idea del ambiente que encontraréis allí: básicamente masculino. Ah, pero las etiquetas no se hicieron para nosotras, no. Allí pasean hombres y mujeres de todo tipo, pero es probablemente donde más cómodo se encuentra el hombre tipo
geek,
otaku o ambas cosas a la vez (para más documentación verse los doramas
Densha Otoko o el muy muy muy hiper frikísimo
Akihabara@Deep ).

Un fenómeno surgido en este barrio ni hace dos décadas son los
Meido Kissa o Meido Café. La palabra
meido viene del inglés
maid, que es doncella, porque estos establecimientos son cafeterías servidas por chicas vestidas al estilo de doncella tipo francesa, con sus delantales almidonados y sus cofias, casi como una muñeca, con orejitas de gatitos opcionales. Habría que explicar que el rollito fantasía con doncella francesa les va mucho a los japoneses, y aunque estas cafeterías no tienen en principio ningun matiz sexual, y de hecho va todo tipo de público y no deja de ser una cafetería normal y corriente, sí que tienen connotaciones bastante sexistas. Las camareras no solo van disfrazadas de doncellitas, sino que su comportamiento es totalmente servil (se dirigen al cliente como amo o ama), y su actitud siempre debe ser candorosa y dulce, lo que se dice comúnmente allí
kawaii (si vas a Japón posiblemente sea una de las tres o cuatro palabras que aprendas con toda seguridad, porque la usan a todas horas y el concepto daría para un post entero).
Nada más salir de la estación de tren de Akihabara ves a montones de meidos anunciando sus locales. Nos ofrecieron varios folletos que guardamos con la intención de ir más tarde, pero ocurre que, como muchos otros establecimientos, no se encuentran a pie de calle, sino en alguna planta perdida de un edificio escondido en alguna calle lateral. No tuvimos narices de encontrar la del folleto (¿he mencionado que allí las calles no tienen nombre ni número?), y solo encontramos a un par de grupillos de chicos con cara de estar salidísimos siguiendo a una meido de sonrisa angelical. Decidimos que no nos apetecía unirnos al grupo ^_^U, así que lo dejamos para futuras ocasiones, pero logré robar alguna foto (no te dejan hacérselas, pero la crónica es la crónica).

Como véis, alguna de ellas es igualita a las niñas que salen en las series de animación, para que luego digan que los dibujos son exagerados.
Dejamos Akihabara para dirigirnos a Shibuya, uno de los centros neurálgicos del bullicio y la vida moderna, lo que podría ser el Times Square en Nueva York o Picadilly en Londres. Donde todo el mundo queda. Si en Madrid tienen al oso y el madroño, allí tienen la estatua de Hachiko. Así que después de cruzar unas siete u ocho veces el cruce de peatones más famoso y más transitado del mundo como buenas catetas que somos, de sentir una imperiosa necesidad de comer cheeza tras contemplar (siete u ocho veces también) este anuncio en las pantallas gigantes, y de plantearme quedarme a vivir en una tienda llamada Mandarake, nos lanzamos a la búsqueda de la singular colina de los Love Hotel.

Lo de Love Hotel suena a hotel guarro. Sí... pero no. Es decir, son hoteles diseñados exclusivamente para tomar habitaciones por horas (o para muchas horas, cada uno es cada uno), pero no de la forma en que se conciben aquí que es bastante sórdida y sucia. Un Love Hotel es allí un establecimiento en cierto modo habitual que se usa con bastante naturalidad, ya sea por la falta de lugar, o por la falta de intimidad en casa de cada uno, escapar de los hijos (¡que los pisos allí son muy pequeños y las puertas son de papeeeeeeel!) o por hacer algo diferente, ya que algunos están decorados como auténticos parques temáticos y están equipados con todo lo imaginable (las que han visto Stand Up! recordarán el dormitorio de Ken-ken XDDD). Los hay en cualquier sitio, pero hay un par de manzanas en Shibuya donde hay una gran concentración de ellos, y figura en los planos como la colina de los Love Hotel.

La mayor parte de ellos no tienen recepcionista (o será invisible, como el de nuestro hostal), y eliges tu habitación por unas pantallitas que te muestran cómo es cada una, y echas el dinero y te salen las llaves por una máquina. Amplio surtido de disfraces o de diversiones como la Wii, por si te aburres de otra cosa...

Y de Shibuya a Shinjuku de nuevo. Ya exploramos la zona oeste del distrito buscando el hotel de Lost in Translation en pleno tifón, y esta vez íbamos dispuestas a adentrarnos en la zona este, ese paisaje a lo Blade Runner y su Kabukichō, el barrio rojo.

El Shinjuku este es una de las grandes zonas de ocio de la ciudad, llena de restaurantes, cines, terrazas, karaokes y locales de todo tipo. Si te pones a callejear penetras en territorio yakuza, y además que se nota enseguida. La mitad de los locales y los negocios de esas calles laterales están controladas por el crimen organizado, pero la poli permanece en la entrada de la calle y todo transcurre de forma modélica sin levantar polvareda. Si ya de por sí Tokio es una de las ciudades más seguras del mundo, probablemente el último sitio de la ciudad donde te atracarían o algo similar sería en esa zona, ya que llamar la atención con ese tipo de delitos sería perjudicial para el negocio, así que se puede curiosear con cierta tranquilidad.

El aspecto de los locales resulta bastante sospechoso, los baretos más pequeños y más sospechosos si cabe, los tipos de la puerta más sospechosos aun y las fotos de mujeres ligeras de ropa de aspecto nada kawaii en el local de enfrente, más sospechosas todavía.
¿Cómo reconocer al yakuza? O mejor dicho, al esbirro del yakuza, porque yo diría que el jefecillo iba dentro de un cochazo negro con cortinas que estaba en mitad de la calle. Pues básicamente y sorprendentemente se parecen a los que dibujan en los manga, al menos los que he visto, así que lo fácil sería decir que se reconocen por los tatuajes, pero llevan la ropa encima, o por las gafas de sol, que de noche como que no, o por la cicatriz de turno, que no siempre estará visible. Pero no. Yo digo que lo fundamental para reconocerlos son dos cosas: el tinte del pelo y que son las únicas personas de todo Japón que se tropiezan contigo y no te piden disculpas, o a esa conclusión llegué con mi breve paseo. Vamos, que el hecho de que no se disculpara no me molestó en absoluto, entendámonos, que teniendo en cuenta que hablamos de una de las mafias más peligrosas del mundo casi le doy las gracias por empujarme y todo.
Respecto al tinte, pues no es que sean los únicos en teñirse en aquel país ni mucho menos, pero su estilo capilar es digamos que particular. Hay colores y colores, y algunos tonos fueron definidos genéricamente por nosotras como tinte de mafiosos. Es más, en los envases del tinte salen este tipo de dibujos:
Uno de los que yo vi era clavado al de la caja amarilla. Fotos reales de estos tipos no hay, porque no hubo huevos, sinceramente.
Y al doblar la esquina de la calle para volver a un bulevar más ancho y animado (y menos sospechoso), oh, sorpresa, ¡hosts!

Bien, nueva pausa. ¿Qué es un host (pronúnciese hosto en japonés)? Pues es otra de estas figuras singulares de japón más rarito. ¿Son prostitutos? No. ¿Lo parecen? Sí. ¿Se acercan a ello? Bastante. Los Host Club son lugares de copas para señoras atendidos exclusivamente por hombres jóvenes. Son legales porque no son locales de sexo, al menos por contrato, están controlados por la yakuza, y son relativamente populares y "típicos". Tanto que hay más de doscientos de estos clubes en todo Tokio, y en las zonas más céntricas, ya que goza de cierta aceptación social, aunque tampoco es que estén exactamente bien vistos. También existe la versión femenina o hostess, pero los tipos son más chocantes y peculiares.
El host tiene que ser un sujeto simpático y carismático porque debe ser el perfecto anfitrión, y de ahí el término. Es como una geisha pero en masculino y en hortera. Su aspecto es inconfundible, de ahí que los reconociéramos. Un estilo capilar tan característico como el de los mafiosos aunque diferente, traje oscuro o chaleco, camisas impecables, culito apretaíto, más depilados que yo... Tan sumamente horteras que era fascinante.
Han sido parodiados tantísimas veces en el cine, la tele e incluso la música, que nos moríamos por verlos en directo, pero no esperábamos encontrarlos en la calle y en masa, buscando clientela.

Los locales tienen su catálogo y la clienta escoge según sus preferencias. Hay quien quiere que el host sea un tipo divertido con el que bailar o reir con el grupo de amigas, o que te haga pensar que estás buenísima, o que simplemente ponga cara de comprensión y escuche pacientemente que has tenido un mal día. Un tipo que te adule y por supuesto que te haga consumir copas carísimas con toda la cortesía nipona del mundo.
Recorrimos la calle entre el estupor y el descojone, lo más discretamente que pudimos (que no fue mucho), porque tampoco era plan de chafarles su dignidad. Un panorama curioso de verdad. Obviamente a nosotras ni se acercaron, porque con el aspecto de viajeras zarrapastrosas que llevábamos no teníamos pinta de tener yenes como para gastarlos derramando champán con uno de ellos. Además, sinceramente, mejor. Primero que no ibamos a enterarnos de nada, segundo que a la primera palabra íbamos a reventar de risa en su cara, y tercero, que sería por lo último por lo que yo pagara en este mundo.
Visto todo esto, volvimos a dar otro recorrido a la calle de los mafiosos ("¡sí!¡sí!¡otra vez!") y nos fuimos con la música a otra parte, y nunca mejor dicho.