Estos días en los que acuso el frenético ritmo de vida laboral y personal de las pasadas fiestas, en los que han cesado tanto uno como otro, y en los que me resiento de mis contracturas musculares varias, es cuando echo un poco más de menos los recuerdos agradables de las últimas vacaciones: viaje a Japón, edición 2012.
Tan sólo la imagen mental de verme sentada en un tren contemplando este viejo y conocido paisaje por las ventanas me resulta relajante, y estimulante al mismo tiempo.
La verdad es que el comienzo esta vez fue infernal. La historia fue mucho más larga, desesperante y surrealista de lo que suena cuando la cuentas, pero una huelga anunciada el día antes de nuestra partida, con vuelo cancelado incluído, nos obligó a mover Roma con Santiago, primero para llevar a cabo la misión imposible de contactar con la compañía y poder encontrar una complicadísima solución alternativa, con horas al teléfono, incertidumbre, problemas técnicos, retrasos, personal poco colaborador, llamadas desesperadas desde el avión a punto de despegar, carreras de película por la terminal de Munich (una escena que ni imagináis), logramos llegar a nuestra conexión para Tokio literalmente en el último segundo. Tanto estrés acumulado en las últimas 48 horas que, cuando los dos nos desplomamos jadeantes y sudorosos en nuestros asientos (sobre todo yo), ante los ojos atónitos del resto de los pasajeros ya cómodamente preparados para el despegue, me eché a llorar como una niña de puro estrés. Realmente no nos quedamos en tierra porque nos empeñamos con todas nuestras ganas, mantuvimos la serenidad (aunque estábamos atacados por dentro) y luchamos como fieras por llegar, porque lo teníamos absolutamente TODO en nuestra contra. A partir de ahí el vuelo transcurrió sin incidencias, con mi escaso espacio para las piernas habitual, pero maravillosamente atendido y con buena comida (excepto unos tallarines fríos de color rosa que parecían y sabían como los de Play-Doh), aunque con el sonido ambiental del llanto furioso de una niña de alrededor de un año durante VARIAS HORAS.
Pero llegamos. Sin maletas, pero llegamos (las maletas no corrían tanto como nosotros por la terminal, así que no llegaron a tiempo, lo cual significaba que nos las llevaban cómodamente al hotel al día siguiente y no teníamos que cargar con ellas, yupi). Y estaréis conmigo en que aterrizando en Narita a las 11 de la mañana, después de todo el movidón, de pisar cinco ciudades distintas, de cuatro países diferentes en las últimas 24 horas ("hijo, ¿pero no estás en Italia?" "No, mamá, estamos en Suiza. Lo de Geneva resulta que era Ginebra y no Génova..."), y de 15 horas de vuelo, el plan turístico para aquella tarde estaba más que claro: "Nos vamos a un Onsen".
La tradición y la pasión de los japoneses por la cultura del baño se traduce en una amplísima oferta de baños termales, con función tanto higiénica como relajante, llamados Onsen.
A muchos os vendrán a la mente esos baños de roca al aire libre en medio de una montaña, o a Shin-chan aseándose con su padre en los ofuro o baños colectivos, sentado en un banquito con un cubo de agua (de esos últimos ya hablé en este blog hace un par de años). Los Onsen pueden ser de muchos tipos, tradicionales o modernos, artificiales o absolutamente naturales. El elegido por nosotros, bastante famoso, es el llamado Oedo Onsen Monogatari (literalmente "La leyenda de los Onsen del Gran Edo", siendo Edo el antiguo nombre de Tokio).
El Oedo Onsen Monogatari es una mezcla de todo, baños tradicionales, modernos, spas occidentales, y parque temático del antiguo Tokio. Su página web tiene una intro la mar de graciosa e interactiva, y en su versión en inglés podéis encontrar toda la información importante de su funcionamiento y estructura, con algunas fotos que yo no tengo por razones que más tarde explicaré. Lo más interesante es que por unos precios extraordinariamente buenos, mucho más baratos que cualquier spa de miniatura de por aquí, podéis estar todo el día, y es que el horario de apertura es de 11 de la mañana a 8 de la mañana del día siguiente.
La llegada al Onsen te invita a la inmersión total. Debes dejar tu calzado en una taquilla a la entrada, antes incluso de los mostradores de venta de pases. Eliges tu kimono de baño de entre todas las tallas y diseños disponibles (incluídas en el precio además de las toallas y todo tipo de material de higiene básica), y a partir de ahí ésa y una pulsera con la llave de tu taquilla será, como mucho, tu única equipación dentro del recinto.
Estos baños están divididos en tres áreas principales: la zona de ocio y restauración, los baños separados por sexos, y la zona termal común en los jardines exteriores.
En los baños separados por sexos la cuestión es que tienes que ir completamente desnudo, de ahí la separación. Sólo puedes ir acompañado por una pequeña toalla, así que si eres una mujer muy pudorosa, lo siento, pero tienes qué elegir si tapas tetas o bajos ^^U. Obviamente en esta zona están prohibidas las cámaras. Así que nada, cada uno por un lado, y en hora y media nos vemos otra vez.
Estos baños se dividen a su vez en tres zonas: la de ducha y escamondado previo a las piscinitas, que está más equipada que el baño de mi casa, la zona cubierta de piscinas, que es bastante grande y parecida a un spa de los de aquí, con su sauna y sala de masaje y todo, y un pequeño jardín exterior entoldado, donde te puedes bañar al fresquito, entre la vegetación, estanques de rocas y tinajas de madera. Diseñado perfectamente para que parezca totalmente natural pero, aunque no deje de ser producto del un diseñador de jardines, lo cierto es que las aguas sí son realmente termales, extraídas del subsuelo de la bahía de Tokio a unos 1500 metros de profundidad.
Una vez duchados y "enkimonados", reunificamos el equipo para ir a los jardines mixtos. Un nuevo gustazo el sentarse allí remojando los pies o paseando entre los guijarros a la luz de los farolitos. Fijáos en lo bien que luzco la indumentaria.
No pudimos ni quisimos resistir la tentación de entrar en la casetita de los pececillos. Esos para los que las pieles muertas de tus pies constituyen un delicioso manjar. Tengo que decir que acuden raudos y en manada como pirañas después de estar a dieta, a pegarle bocaditos a tus pinreles, y que no hacen daño aunque se notan los mordiscos, pero hacen unas cosquillas de morirse. Al menos a mí, que no podía mantener los pies dentro 10 segundos seguidos, con un ataque de risa cosquillosa la mar de tonto. Mi amigo en cambio, estaban tan pancho, encantado con sus "pirañitas", y sus "pirañitas" encantadas con él, porque iban más a sus pies que a los míos, todo hay que decirlo. Debe estar más bueno.
La temperatura era estupenda para una sesión de remojos al aire libre, respirando el aire y la tranquilidad nocturnos, y un auténtico gustazo hacerlo en un marco tan agradable a la vista, con una tenue luz más que adecuada para tomarse un refresco o una copita si apetecía.
Era el momento de reponer energías después de tanto relax. Así que decidimos ir a la zona de ocio, a dar una vuelta por las tiendas, y cenar algo. Todo eso se encuentra distribuído en una nave cubierta pero diseñada de forma que aparenta ser un antiguo poblado, o más bien dicho, las calles de Edo/Tokio en el siglo XIX en pleno bullicio, como si en un festival veraniego se encontrara, con su torre central, farolillos dispuestos por la calle principal, un firmamento que empieza a clarear en la lejanía, y algunos árboles, que por lo que sé, cambian según la época del año para que estén en plena floración, o cuajados de hojas rojas y amarillas, o bien con sus ramas desnudas. He encontrado una imagen con la vista general de esa zona desde cierta altura, para que os hagáis una idea de cómo es.
Todo el mundo paseándose con el ligero kimono de algodón y los pies descalzos sobre un suelo de madera absolutamente brillante. Y mientras algunas personas optaban por someterse a alguno de los muchos tratamientos corporales que se ofrecen aparte, nosotros pasamos del olor a jabón al olor a comidaaaa. Familias, pandillas de jóvenes o parejitas paseando entre las tiendas de dulces, de souvenires, de cucuruchos de helado de té o de hielo picado con siropes de frutas, casetas con antiguos juegos de feria para los niños, y algún que otro actor pululando por ahí.
La oferta culinaria era variada, y optamos por algo de pollo frito, unas brochetitas, unas verduritas encurtidas, sopa y nuestra imprescindible ración de edamame para picar. Todo cargado cómodamente a nuestra pulserita. Es posible que lo haya explicado en otra ocasión, pero el edamame no son otra cosa que vainas de soja hervidas con agua y sal, parecidas tal como véis a unas vainas de guisante, y lo que se come son las semillas tiernas que lleva dentro. Más adictivas que las pipas, y mucho más sanas, dónde va a parar.
Tengo que aclarar que este lugar se encuentra en Odaiba, distrito dedicado principalmente al ocio, comercio, exposiciones y algún museo, ubicado en una de las islas artificiales con que cuenta la bahía. Así pues, antes de tomar el monoraíl de vuelta a nuestro alojamiento, bien merecía la pena una breve parada en el paseo marítimo, lugar favorito de parejitas y de fotógrafos armados con cámara y trípode, para contemplar las mejores vistas nocturnas de la bahía de Tokio.
Me encanta la comida mexicana, aunque no creo que sea la única que alguna vez ha pensado que todos los platos tienen los mismos ingredientes solo que presentados de otra forma. Sin embargo, no he estado en México ni he conocido personalmente a nadie de allí, y después de constatar que en Japón comen algo más que el sushi raquítico de aquí, y de jurar que en España no comemos sólo paella, tengo la gran sospecha de que lo que nos venden como cocina mexicana es tan sólo una selección de tópicos tex-mex que se acercan más a la comida rápida que a la gastronomía tradicional del país, probablemente mucho más rica y variada.
En cualquier caso, un burrito bien condimentado y con buenos ingredientes naturales está para morir de bueno, pero aparte del burrito, lo cierto es que no sabría diferenciar al 100% qué es cada plato de los que se pueden encontrar en la carta.
El otro día leí en una novela algo que me hizo gracia y que a la vez me dejó las cosas un poquito más claras. Se trata de la explicación que la camarera de uno de tantos restaurantes tex-mex proporciona a un nuevo empleado sobre las bases gastronómicas de su local....
"¿Ves esto que parece un mapa del tesoro? Pues no te emociones, que es sólo la carta. Aquí no hay oro, cuate; sólo cuarenta y ocho platos que cubren todas las combinaciones de los cinco grupos clave de la cocina tex-mex: ternera picada, frijoles, queso, pollo y guacamole. [...] Así que tenemos, de este a oeste, pollo con frijoles y queso encima, queso sobre pollo debajo de guacamole, guacamole sobre ternera sobre pollo debajo de queso... ... de vez en cuando, para darle chispa, le echamos un poco de arroz o una cebolla cruda, pero lo emocionante de verdad es dónde lo metes. Todo depende de si es trigo o maíz. [...] Los tacos son de maíz, y los burritos, de trigo. Básicamente, si se parte y te quemas la mano, es un taco, y si se queda fofo y te llenas el brazo de manteca roja, un burrito. [...] Esto es un burrito. Si lo rellenas, lo fríes y le deshaces queso encima, es una enchilada. Una tortilla rellena es un taco, y un burrito que te rellenas tú mismo, una fajita. [...] Las fajitas se sirven en aquellas fuentes de hierro al rojo vivo. [...] Ojo con esto, te sorprendería la cantidad de veces que hemos tenido que despegar a un cliente de uno de éstos, y luego no te dan propina. [...] Esto de aquí es nata agria, pero que no es agria, sólo nata; creo que es una especie de grasa hidrogenada. Es lo que queda del proceso de hacer gasolina. Va bien si se te despega el tacón del zapato, pero aparte de eso..."
De la novela "Siempre el mismo día (One Day), de David Nicholls, publicado en España por editorial Maeva.
Conviene recordar de vez en cuando que sigo en activo, aunque sea con un post de relleno como éste (lo relleno yo misma, así que es una fajita :P). Mientras tanto, estoy preparando en los ratos que puedo un post de estos míos tan largos de viajes que espero publicar en unos días.
En la vecina ciudad de Gijón me esperaban dos amigas para emprender la segunda mitad de mis vacaciones: Zelgadiss, a quien llevaba año y medio sin ver en persona y que se iba a venir desde Santander, y Geno, lugareña, a quien iba tener la oportunidad de ver en persona por primera vez, pero con la que me unían muchas aficiones y buenas conversaciones a través de internet.
Geno nos tenía preparado un intenso plan de caminatas por toda la ciudad que no dejó sin descubrir demasiados secretos de Gijón. Una ciudad con una personalidad diferente a la de Oviedo, pero donde se podía respirar una filosofía de vida común, lugares para pasear y yantar en abundancia. Calles y plazas que invitan a quedar con los amigos, fotografiar, escribir, leer, comer...
Hablando de yantar, aquí el amigo Don Pelayo fue testigo de mis babeos ante una de las confiterías más tradicionales de Gijón. Vamos, que le di un rodeo al escaparate como si planeara un atraco, pero finalmente esperé a que abrieran.
Y algo que descubrí sobre la gastronomía asturiana, es que no sólo sus fabes, sus carnes, sus cachopos y demás viandas calentadoras de estómagos son excepcionales, sino que su repostería tradicional es también exquisita.
De allí salí con varias cajas de casadielles (típicos de toda Asturias) y de carbayones (típicos de Oviedo) para regalar, y algún dulce suelto para merendar. Los casadielles (o "las", no tengo clara esa cuestión) son unos dulces fritos de hoja rellenos de una pasta de nueces molidas con un toque de anís y limón, mientras que los carbayones son una masa hojaldrada y horneada con yema, almendra y vino dulce.
Solo diré que me pongo hasta nerviosa de recordar lo buenos que estaba todo, sobre todo los carbayones. Cuando vi en el aeropuerto que me faltaban 10 kilos para llegar al máximo de peso permitido estuve a un tris de volverme a por más.
Pero aquí estamos Zelgadiss y yo, frente al puerto deportivo, mostrando mi botín. Más contenta yo...
Al día siguiente aprovechamos el desayuno para hacer una mini quedada "estheriana" con las hermanas Riesgo, colaboradoras al igual que Geno y yo de la revista Foro Esther. Un ratito corto pero muy agradable de verdad, con tostada tamaño edredón incluida, aunque tengo que decir que la que mejor me cayó fue ese pequeño personaje que está en primer término... Hicimos buenas migas, jejeje.
Y con un buen desayuno en el cuerpo continuamos la ruta iniciada el día anterior. Gijón son unos cuantos kilómetros de costa por pasear, con unas vistas estupendas, como esta de la preciosa playa de San Lorenzo.
La pena es que el tiempo había empeorado, y el aire frío se hacía un poco desagradable, pero el nublado del cielo proporciona unas estampas magníficas.
Pero la mitad + 1 del Equipo Aiba, o sea Geno, Zelgadiss y yo, ya teníamos planeado un pequeño rodaje con la ciudad de Gijón de fondo. Bueno, también había rodaje de interiores, y casi contamos con un grupo de doce guardias civiles haciéndonos de extras XDD. Pero bueno, de las circunstancias y el resultado de ese rodaje ya sabréis en su momento.
Posteriormente, como quien no quiere la cosa, Geno nos condujo hacia las cercanías del estadio del Sporting, que es de donde ella saca su energía, y necesita repostarla cada cierto tiempo. De camino aprovechamos para perseguir unos cuantos pavos reales por el parque de Isabel la Católica, que no se dejaban hacer foto de cara los muy creídos.
Ya a la vuelta del último día tuvimos la ocasión de visitar un par de exposiciones. La primera de ellas es la exposición itinerante de la Obra Social "La Caixa" con los mejores trabajos del certamen de fotografía Fotopres 2009, ganado en esa edición por Emilio Morenatti, uno de los fotógrafos de prensa más prestigiosos que hay en la actualidad, especializado en conflictos. La exposición se celebraba en el Antiguo Instituto Jovellanos (en Gijón, todo es de Jovellanos), y tuvimos el tino de llegar justo a la hora en que se iniciaba una visita guiada, que resultó ser sólo para nosotras cuatro. Sin duda una forma de mejorar la experiencia.
La segunda exposición tuvo lugar en el hogar de las hermanas Mesa: Geno y Rousi. Se dio la circunstancia de que tenian justamente el objeto que necesitábamos para completar una de las escenas de nuestro rodaje, y eso nos llevó a descubrir el rinconcito donde Rousi crea las pinturas que luego expondrá, y una serie de tesoros de la época de nuestra infancia y adolescencia que jamás creí que volvería a ver de nuevo. Encontrarme con este poster mítico de la Superpop detrás de la puerta fue casi tan sorprendente como descubrir las pinturas rupestres en Altamira XDD. Me encanta volver a ver estas cosas después de tanto tiempo. Me pintan la sonrisa en la cara.
Y bueno, pues parece que se cumplieron con creces las expectativas del viaje. Turismo, paseos, comilonas (de la comilona coreana ya hizo crónica la amiga Geno), risas, frikadas, cultura, conocer a gente nueva estupenda, reencontrarse con amigos maravillosos...
De vuelta ya, y un día después de incorporarme a la rutina laboral, repaso mis fotitos recién descargadas. Mis expectativas se han cumplido. He vuelto con las comilonas, las risas y las frikadas, y muy buenos recuerdos junto a gente a la que quiero mucho y a la que por desgracia no puedo ver a menudo. Mi semana tuvo dos etapas diferenciadas: Oviedo y Gijón. Cada una diferente y cada una especial. Pero antes de llegar a Oviedo, Lili y Ark pensaron en empezar bien fuerte el itinerario llevándome con maletas y todo al precioso pueblo de Cudillero.
En esta localidad pesquera, de postal y vertical, nos dimos un buen homenaje culinario en el restaurante El Faro, también conocido como Casa Jose, que fue imprescindible para emprender el camino de retorno, porque bajar se baja muy bien, pero subir... Menos mal que las vistas son espectaculares, y eso recompensa. En un pueblo en el que tu vecino de enfrente es casi lo mismo que decir tu vecino de abajo, se te deben poner los pulmones y las piernas a punto en tres días.
Un fantástico comienzo de mi primera visita a Asturias, donde a menos de cinco minutos del centro te puedes relajar con paisajes como éstos de los senderos que conducen a los monumentos prerrománicos de Oviedo, Santa María del Naranco y San Miguel de Lillo. Y a la vez que te imaginas mil películas que se podrían rodar ahí, se puede tomar contacto con los animalillos. O mejor todavía, hacer fotos mientras otros toman contacto con los animalillos ^_^U.
No se puede decir que no tuve magníficos anfitriones, que aparte de recibirme en casa con una fabada casera que no se la salta un gitano y de descubrirme otras especialidades de la zona, me llevaron a pasear las mismas calles de la Regenta.
O a saludar a otros personajes ilustres como Mr. Woody Allen, que probablemente se haya dado ya láser para la vista después de que le hayan robado las gafas innumerables veces.
O descubrir ciudades emergentes como Avilés, antiguamente escondida bajo negras capas de hollín y años de dejadez. Una ciudad que en unos años dará mucho que hablar, con un casco histórico bellísimo y con la cara recién lavada, un centro cultural con grandes aspiraciones como el Niemeyer y un gran parque donde realmente apetece tirarse en el césped a ver como algunos abuelos artrósicos intentan jugar al fútbol con nietos incansables.
Y además de mucho turismo, momentos de Rockband de los Beatles en pijama a horas imprudentes, lecciones de cocina con Jamie Oliver, etc, etc. Y todo eso en Oviedo, porque en Gijón.... ¡más!
Siempre he escuchado hablar de carne de buey de Kōbe. Está considerada por muchos como la mejor carne del mundo y, desde luego, es la más famosa y la que más leyenda tiene a su alrededor. Teniendo en cuenta que muchas personas aun creen que en Japón sólo se come pescado crudo, tiene su gracia.
Como buena carnívora que soy, y aunque al principio no tenía ni idea de si nos iba a dar tiempo de visitar Kōbe, sí tenía muy claro que quería probar esa carne, aunque fuera en Kioto o en Osaka (al fin y al cabo están al lado). Pero logramos planificar una breve visita de una mañana que os empecé a contar hace unos días, así que eché un vistazo a las recomendaciones de mi guía y escogí el restaurante más valorado de entre varias opciones, a pesar de ser el más caro. Porque si iba a probar algo tan excepcional a 15000 kilómetros de mi casa, que fuera lo mejor. Un día es un día.
Casualmente el restaurante Wakkoqu estaba en un centro comercial justo a los pies del teleférico y a pocos metros de la estación de tren que nos correspondía para ir y volver, y después de dar un par de vueltas, dimos con un local muy elegante, discreto y algo escondido. Resoplamos un poco al mirar los precios que figuraban en el menú de la entrada, pero nos liamos la manta a la cabeza "hemos venido a jugar", y para adentro, con nuestra cara colorada y sudorosa y nuestra pinta de guiris mochileras.
Por suerte tenían tres menús de mediodía a precio mucho más asequible, y estábamos en hora. Así que yo opté por el menú intermedio, que incluía ensalada, arroz blanco y verduritas encurtidas, una sopa de maíz deliciosa, verduras asadas, una pieza de carne, postre, café y té.
Nos sentaron a lo largo de una barra de esas que son una plancha teppanyaki, con nuestros palillos, un par de cuenquitos con sendas salsas y un gran plato con unos pequeños montoncitos de mostaza, sal y pimienta molida. Entonces apareció nuestro chef particular, el que cocinaría para nosotras, con el platazo lleno de las verduras y con la carne que iba a prepararnos.
Y aquí está uno de los famosos filetones. La carne de Kōbe pertenece a reses negras de la raza Wagyu, criadas a muy pequeña escala. El 80% de esta raza se cría en Japón, y el resto se desarrolla en ciertos puntos de Estados Unidos, Australia, Chile y Uruguay, pero obviamente sólo se considera genuina la de Japón, con unas características especiales con que se cría. Eso no quiere decir que las otras sean peores, no lo sé. Simplemente no debe ser igual.
La seña de identidad para reconocerla a la vista es su veteado marmóleo. Parece muy grasa,¿verdad? Lo cierto es que a mí no me gustan absolutamente nada las carnes con mucha grasa. No soporto las chuletas ni masticar trozos de pringue, puaj. Me gusta la carne bien limpia y magra. El buey de Kōbe no tiene grandes acumulaciones de grasa, y el porcentaje de la misma que contiene se encuentra distribuido uniformemente en todo el músculo, y de ahí esas vetas. Pero además, por el ambiente y la alimentación en que vive la res, se dice que apenas contiene grasas saturadas, y sí insaturadas, que son las que regulan el colesterol (ahora mismo parezco un anuncio de Danacol, ¿verdad?). Total, que esos rebordes los recortan, y lo que queda de grasa no se nota absolutamente nada después.
Se ha especulan con muchísimas teorías del por qué de esta calidad. La famosa leyenda de que les dan masajes y beben cerveza y sake frente a los que sostienen que todo se debe a la estupenda genética de esa raza. Verdad o montaje, lo que sí es cierto es que se masajea su piel con sake como medida para alejar moscas y parásitos transmisores de infecciones (aunque también se dice que esos masajes contribuyen a la distribución uniforme de la grasa) y que en algún documental he visto cómo daban de beber medio litrito de cerveza a las terneras, que por lo visto abre el apetito e interviene en el metabolismo de las grasas. Por lo demás, el ganado vive de la forma más sana, natural y relajada posible, con forraje de primerísima calidad, y tienen una muerte en la que se trata de eliminar por completo el sufrimiento físico y psíquico, lo cual también contribuye a hacer su carne más tierna.
Todo esto hace de su crianza algo muy difícil de hacer a gran escala, así que eso unido a su calidad contribuye a los altos precios en el mercado.
A continuación asistimos a toda un espectáculo de cómo cocinar y que parezca fácil. Alta cocina sin tonterías, de la que revoluciona los jugos gástricos, ya me entendéis. Ver trabajar a ese señor tan solemne y tan amable, de blanco impoluto, imponía respeto y mucha admiración. Todo estaba perfectamente cortado (los ajos parecía que estaban fileteados con láser) y preparado para hacerse en la plancha más reluciente que he visto en mi vida. Todo tiene su orden y nada queda de una forma determinada por casualidad. Primero el ajo, luego parte de la carne, luego una serie de verduras, luego más carne, luego el resto de la verdura, y finalmente todo lo sobrante se saltea sin que quede absolutamente nada.
Y por supuesto en el punto exacto. El chef pregunta si te gusta poco, muy hecha o al punto. Yo soy de las de muy hecha, y eso ciertamente lo preguntan en muchos sitios, pero no son pocas las veces en que lo he especificado así y luego parecía que Anthony Perkins había asesinado a Janet Leigh en mi plato. Bueno, pues al señor Yasuhiko Matsushita le salió perfecta.
Y bueno, al fin y al cabo, lo más importante es el resultado, que fue una carne impresionantemente tierna, jugosa y uniforme. La textura es como ninguna otra que haya probado en mi vida, apta para todo tipo de dentaduras delicadas. De hecho, las porciones servidas para no tener que cortarlas (se comen con palillos), son bastante gruesas, y os aseguramos que se mastica tan fácilmente como si fuera hígado.
En cuanto al sabor... uff... pues es increíble. No he comido jamás algo como aquello de sabroso. Claire os puede contar qué cara puse cuando me llevé el primer trozo a la boca. Yo no me vi, pero por lo visto abrí mucho los ojos y se asustó y todo pensando que pasaba algo XDD. He probado muy buenas carnes en mi vida, pero la que comí en Kōbe está sencillamente a años luz de la mejor de todas ellas, y cuando no se puede comparar algo con nada, no se puede explicar. Se la recomendaría incluso a alguien no demasiado propenso a la carne, porque es simplemente otra cosa diferente.
El chef Yasuhiko Matsushita, que resultó ser el manager del restaurante (nos dio su tarjeta y todo, que yo creo que este quería que le hiciéramos el reportaje), además de ser un maestro cocinando, nos iba ayudando a saber cómo comerlo para maximizar la experiencia, qué combinar con qué, en qué orden, e incluso cómo fabricar nuestra propia salsa combinando algunos de los condimentos que teníamos a mano. Claire: aún no he podido decidir si me gustó más la carne sola, con la lámina de ajo encima o con la salsa esa a la que le echamos un pegote de mostaza.
Y bueno, esto ya no tiene que ver con la carne, pero las verduras también estaban deliciosas, todo hay que decirlo. Supongo que en un sitio así tan de postín son de primera calidad, pero es que nunca había comido tofu y brotes de soja que supieran a algo, y además bueno. El resto de vegetales conocidos ya ni os cuento.
En fin, ¿que si recomiendo probarla? Definitivamente SÍ. Es más, volvería a ir a Kōbe sólo por comerla de nuevo. Pero ojo, hay que matizar. Según dicen, la carne exportada, a pesar de seguir siendo de muchísima calidad, no es TAN buena como la que se puede comer in situ (se reservan las mejores), y encima en España puede llegar a costar en el mercado hasta unos 200 o 300 euros el kilo (en un restaurante no quiero imaginar lo que costaría lo que nos comimos), mientras que en el Wakkoqu el menú con todo incluido me salió por unos 30 y salimos de allí rodando (ojo, en la carta hay piezas mucho más caras también).
Por otra parte, yo creo que influye muchísimo el cómo está cocinada la carne. La buena materia prima lo sigue siendo, pero una gran elaboración puede convertir una experiencia estupenda en una experiencia extraordinaria, y yo sólo puedo hablar de la mía en el Wakkoqu.
Así que aquí os dejo un par de videos muy breves del chef en acción, cortesía de gawdnd, de Singapur, autor también de las dos fotos del cocinero. Por cierto, que cuando veáis cómo maneja el cuchillo recordaréis como yo los anuncios de los cuchillos Ginsu.
Y para seguir con la tradición, dado que salimos eufóricas (además de llenas) de aquel restaurante, dejo una canción alegre que te cagas. Con lo que me gusta a mí el musical, este video es un poco como el sueño de todo amante del musical: estar por ahí en el Corte Inglés o algo y que de pronto todo el mundo empiece a bailar XDD. Con ustedes, Yasuda Shota con más pluma que nunca y el "TOPOP".
Después de la tradicional Kioto, la vecina Osaka suponía un gran contraste. No porque no se pueda hacer visita histórica en ella, que se puede, como en el resto del país, pero como nuestra visita sería breve, lo que más nos atraía ver de ella era su lado más urbano, moderno y, por qué no decirlo, chillón.
Al final fuimos dos veces, en la tarde-noche, aprovechando las estupendas conexiones tren que tiene toda la zona del Kansai que nos permitía tomar un tren prácticamente cada 5-10 minutos hasta pasada la medianoche (recordemos que allí oscurece, se come y se hace todo más temprano que en España, igual que en casi todo el mundo).
Osaka es la tercera urbe más poblada de Japón, después de Tokio y Yokohama. Siempre he leido que la gente de esa región son como los andaluces de Japón: se les supone más alegres, abiertos y simpáticos. Pero no creo demasiado en las generalizaciones por experiencia propia, y he conocido a mucha gente simpatiquísima y campechana en Tokio y en Kioto, así que sus diferencias en eso no son tantas hasta donde yo conozco (que no es mucho). Sin embargo de alguna forma Osaka se siente distinta, incluso de su vecina Kioto.
Por motivos frikis y sentimentales nuestro mayor objetivo era conocer el distrito de Nanba, que es un hervidero rebosante de vida al sur de la ciudad. Nada más dar con la zona nos encontramos con esta declaración de intenciones que hicimos nuestra antes de explorar sus calles.
Bajo la apariencia de una ciudad normal y corriente, Japón siempre te sorprende con detallitos originales, desde una farola con forma humana hasta una especie de noria incrustada en un edificio, y una mezcla de estilos bastante inclasificable.
En una calle interior fuimos a encontrar la sucursal de Osaka de una tienda que nos encanta y que descubrimos el año pasado en Tokio: Mandarake. Alucinamos porque esta era mucho más grande y surtida que la que conocíamos y con varias plantas más. Mandarake es en principio una tienda de cómics. Una inmensa tienda de cómics, con metros y metros de pasillos y estanterías, incluso en la calle, donde encontrar absolutamente de todo, nuevo y viejo. Pero no solo eso, sino que allí puedes encontrar cualquier muñequito, juguete antiguo o rareza de colección, merchandising oficial, viejas ediciones limitadas y DVDs descatalogadísimos de los grupos más famosos, y bueno... Nosotas agarramos el cesto y empezamos a echar dentro, y a soltarlo, y a volvernos locas intentando calcular lo que podíamos o no llevar de allí, ya que la posibilidad de comprarnos la tienda entera quedó descartada.
Nada, no sé cómo me las apaño que al final en Japón siempre voy cargando con una bolsa de compras de peso considerable. ¡No es culpa mía! ¡Es que lo venden muy bien!
En el corazón de Nanba está el Dōtonbori. ¿Y qué es eso? Pues es ocio, es gente joven con estilismos imposibles, son luces chillonas, es un cangrejo gigante que se mueve, son anuncios inmensos, es un atleta corriendo, es olor a takoyaki... Es una locura.
El cangrejo en cuestión pertenece a una marisquería (como buena ciudad portuaria que es Osaka)y es un bicho gigante que mueve sus patas incrustado en la pared, el pobrecito jejeje. Y muy cerquita de él está el anuncio del corredor de Glico.
Glico es una marca japonesa muy famosa de caramelos, dulces y galletas, que es la que fabrica, entre otras cosas, los palitos Pocky, conocidos aquí como Mikado. El primer caramelo que fabricó Glico (palabra que deriva de glycogen, o glucógeno, que es la molécula de reserva energética de glucosa del organismo) estaba calculado para que aportara la cantidad de calorías exacta para que un hombre de 1,65m y 55 kilos de peso (por aquel entonces todo el mundo era mucho más bajito) corriera 300 metros.
De ahí procede el logo del corredor, y así se construyó en 1919 este popular anuncio luminoso donde el atleta simula correr sobre una pista azul, y allí sigue, conservándose igual de joven que siempre, y más famoso que el toro de Osborne en nuestras carreteras.
Osaka tiene cosas más importantes,evidentemente, pero cuando pienso en ella en mi mente siempre aparecen el cangrejo y el atleta. Y la oferta de sitios para comer del Dōtonbori, claro.
Entre tanta oferta quisimos probar el okonomiyaki de Osaka. El okonomiyaki es un plato a medio camino entre la tortilla y la pizza para que nos entendamos, preparado a la plancha con muchísimos ingredientes al gusto, y servida tradicionalmente con varias salsas y con katsuobushi, que son finísimas virutas de atún seco que dan al conjunto el aspecto de que alguien haya afilado sus lápices encima del okonomiyaki.
Huele y sabe divinamente, aunque nos hubiera gustado que nos trajesen los ingredientes para prepararlo nosotras mismas, que es algo muy típico, y para eso nuestra mesa era una plancha con sus espátulas y todo. Pero nos lo trajeron ya cocinado, lo que quizás evitó un desastre culinario.
Al día siguiente regresamos a la ciudad, para ver y comer algunas cosas más. Porque no os voy a engañar, me he hartado de comer en Japón.
Ese día tuvimos ocasión de subirnos a uno de esos vagones de tren solo para mujeres, como bien viene indicado en el andén. Es una medida utilizada en horas punta para evitar los abusos de los típicos sobones del transporte público. ¿Quién no se ha encontrado alguna vez en una situaicón de esas de "sí, sé que este vagón está abarrotado, pero este tío se está pegando demasiado a mi espalda"? Claro, que hoy día se podía preparar el tipo que cometiera tal osadía, que le iba dar un mortífero codazo "accidental" que se iba a acordar toda su vida.
Nos apeamos en la estación del Castillo de Osaka, que me encantó por su decoración acorde con el lugar.
Mi gran espinita en el corazón fue llegar tarde para poder visitarlo, ya que es un monumento importantísimo de la ciudad cuya construcción data del siglo XVI y tiene una larguísima historia en sus muros. Al menos conseguí hacerle una foto desde fuera, cosa bastante complicada porque está en el interior de un parque, y tuvimos que darnos una buena caminata a oscuras para encontrar algún sitio desde donde poder hacer la foto sin que lo taparan los árboles.
Para quitarme el disgusto volvimos al fascinante Dōtonbori a comer takoyaki en un puesto callejero. Porque si no has comido takoyaki en un puesto callejero no has estado en Osaka.
Los takoyaki son como buñuelos de pulpo (tako significa pulpo) cocinados en unas planchas especiales con huecos para formar las bolitas. En una tiendecita de allí me compré esto.
Es la historia de amor entre la pulpita Tako-chan y un Takoyaki con su salsa por encima y todo. Lo mejor es que tienen un imán en su interior, y cuando los sueltas se dan besito. ¿No es una monada? XDDDD. Lo malo es que no es una historia de amor con final feliz, porque acto seguido nos zampamos una bandejita de seis takoyaki. Lo siento por Tako-chan, pero el Takoyaki estaba riquísimo... aunque su venganza fue que me quemé toda la lengua.
Y así terminó nuestra breve visita a Osaka. En esta ocasión la única canción que me es posible poner para cerrar esta entrada "Sukiyanen Osaka" de los Kanjani8, que para eso son de allí, y es una declaración de amor a la ciudad que está inspirada en ese ambientazo un poco loco del Dōtonbori (en el videoclip salen incluso disfrazados de tenderos de puestos de comida XD). Es una canción tontorrona tremendamente pegadiza, ideal para entonarla de fiesta con alguna copa encima. Yo no me tomé ninguna, pero no miento al decir que me pasé todo el tiempo canturreándola. Ah, !y tiene bailecito! Así que nada, aquí os dejo la canción original.
Gracias por volver de nuevo, el negocio va bien, todo un éxito. Gracias por volver de nuevo, vamos a comer, beber, dormir y seguir riendo, hoy, mañana y pasado mañana. ¡Cómo me gustas, Osaka!