miércoles, 3 de noviembre de 2010
sábado, 18 de septiembre de 2010
Llegada a Kioto, Museo del Manga, Pontochō y Fushimi Inari Taisha, o el ataque de los mosquitos asesinos (Parte II)
Aterrizamos en Tokio y el sol prometía juerga, aunque nada comparado con lo que nos esperaría los días siguientes. Tomamos un Shinkansen Hikari (tren bala) bien tempranito, con nuestros asientos convenientemente reservados el día anterior. Es famosa, y yo lo confirmo, la red de transportes japonesa y su eficacia. La mejor que he conocido en casi todos los aspectos, seguida de Alemania. Lo mejor es que nunca te quedas sin billete, pues, además de la gran cantidad de trenes que salen al día atravesando el país y de lo larguísimos que son, tienen varios vagones convenientemente indicados exclusivamente para pasajeros sin reserva de asiento. Esto quiere decir en gaditano “el que lo coja, pa él”, y si no has tenido tiempo de reservar o simplemente se han agotado los asientos reservados, pues entras allí con tu billete y punto. Incluso en el hipotético caso de que estuviera lleno y te tocara ir de pie, podrías viajar el día y la hora deseada, lo cual me hace recordar la antelación de semanas con la cual suelo tener que comprar un mísero billete para alguno de los dos únicos trenes diarios hasta Madrid.
En fin, el vagón comodísimo y con un espacio tremendo entre asientos, pero con una pequeña pega: no tiene espacio para almacenar maletas grandes durante el trayecto, o al menos no lo encontramos. No me explico el por qué de esto pero el caso es que teníamos que llevar nuestras maletas con nosotras, que sí, que caben, pero eran o las maletas o mis piernas, y ganaban las maletas, así que estuve todo el trayecto desde Tokio hasta Kioto con una postura absurda.
En Kioto, exceptuando dos líneas de metro que dividen a la ciudad en cuatro cuartos, el nutrido ramillete de líneas de bus se convierten en el principal medio de transporte, pero aun así los trayectos a pie se me hicieron un mundo, y Tokio se me antojaba más manejable a pesar de ser muchísimo más extensa, aunque no niego que el clima y el agotamiento físico pudieron respaldar en esta apreciación. Eso sí, los mapas engañan una barbaridad en cuanto a distancias.
Como teníamos cuatro horas por delante antes de poder tomar posesión de nuestra habitación, y andar por la calle era lo más parecido a pasear por dentro de un horno crematorio, optamos por adelantar una de las visitas programadas: el Museo Internacional del Manga de Kioto. No solo es un sitio interesantísimo y agradable, sino que se está muy fresquito, lo cual era en ese momento una necesidad vital para mí.
No me extenderé aquí porque ya lo describo detalladamente en mi artículo del próximo número de la revista Foro Esther que ya enlazaré por aquí para que lo veáis, pero es realmente un museo-biblioteca muy completo que bien vale la visita para cualquiera que aprecie el noveno arte y las artes gráficas en general, adaptado para todas las edades, con montones de actividades y un Fénix grandísimo de Osamu Tezuka (pendiente tengo mi monográfico sobre él) para que los admiradores como yo babeemos y nos hagamos una foto. Porque no solo hay tradición y templos en Kioto.
Después de comer e instalarnos en nuestro hotel (creo que este hotel merecerá otro post aparte), y dado que ya no era hora de ir a visitar ciertos lugares y, sin embargo, un momento estupendo para recorrer otros, volvimos a tomar un tren, esta vez con destino al apeadero del Fushimi Inari Taisha, al sureste de la ciudad.
Igual por nombre no os suena a algunos de vosotros, pero si os pongo una escena en la mente, es posible que os suene a algunos más. Una película, “Memorias de una geisha”. Sayuri de niña corriendo por un túnel precioso de toriis rojas. Pues ese lugar.
El año pasado ya mencioné a la diosa Inari, y es que en Japón se calcula que hay unos 30000 santuarios sintoístas dedicados a ella, con sus características figuras de zorros de piedra, y este es uno de los más importantes. Inari se consideraba inicialmente protectora de las cosechas y del arroz, pero con el tiempo evolucionó para relacionarse con la riqueza y la prosperidad en los negocios. Es por ello que el sendero boscoso recorre casi 5 kilómetros bajo miles de estas torii alineadas, que son donaciones de agradecimiento de particulares o de grandes empresas.
Las primeras estructuras de este complejo de santuarios se levantaron en el año 711, si bien cuando cobró importancia fue ya en el periodo Heian, en el que Kioto fue la capital del país. Después, a lo largo de los siglos, han sufrido varias reconstrucciones y cambios de ubicación hasta llegar al aspecto actual.
Mi apreciación personal es que lo que son los santuarios del Fushimi Inari Taisha no son en sí mismos ni más ni menos bellos que muchos otros que se pueden visitar en cualquier punto del país. Lo realmente espectacular es el paseo por esos senderos que discurren entre montañas. Hicimos caso a la recomendación leída en alguna parte de transitar por ellos hacia el anochecer, cuando caen las sombras y el aire se torna misterioso, casi mágico y un poco fantasmagórico.
Fue un paseo indescriptible, capaz de estimular la mente para que imagine decenas de historias, románticas, de terror y de cualquier clase, y a buen seguro que a esa hora estaba mucho más tranquilo que a otras, cuando las hordas de excursiones concertadas invaden cualquier lugar visitable. A esa hora te cruzas con el suficiente número de seres humanos como para no acojonarte mucho, sin que estorben a la hora de sentirte en conexión con el lugar y de llevarte horas intentando sacar una foto, no ya que plasme mínimamente el espíritu del paisaje, sino simplemente de que se vea algo. Madre mía, qué difícil es sacar fotos de noche y qué bien me hubieran venido unos cuantos consejos sobre toquetear parámetros de la cámara. Sé de alguien que se horrorizará por dos cosas: por los crímenes perpetrados con mi cámara, y por no estar allí para hacer fotografías como dios manda.
Es una experiencia ciertamente relajante a pesar de la fauna. Y cuando hablo de la fauna hablo de los mosquitos. Amigos, los mosquitos del Fushimi Inari son unos chupasangres profesionales de primera, ¡y no los cursis de los Cullen! Pero qué digo, esos no eran mosquitos, sino avionetas, a juzgar por las señales que me dejaron. Ni siquiera mi siempre eficaz frasco de repelente me sirvió absolutamente de nada, porque los mosquitos se cachondearon de él en toda mi cara. Casi pude oir sus carcajadas y los codazos que se daban unos a otros mientras se descojonaban de mi inútil capa de Aután. Y profesionales, ¿eh? Porque ni me di cuenta hasta que no vi a posteriori que me habían dejado las piernas como un cristo.
Hoy, veinticinco días después, aun tengo marcas de las picaduras, y no estoy exagerando. A pesar de ello, si regreso a Kioto alguna vez (que regresaré), intentaré volver a dar el paseo, para verlo con otra luz diferente. A ser posible en otra época del año diferente también.
Siendo aun bastante temprano, aun teníamos tiempo de ver otro de esos lugares con encanto que definitivamente merecen ser vistos, y también de noche: el Pontochō.
El Pontochō se centra en un largo y estrecho callejón totalmente flanqueado por tradicionales restaurantes y bares de estilo japonés, y cuya iluminación depende casi exclusivamente de los farolillos o letreros luminosos de estos locales. Su resplandor anaranjado en contraste con la oscuridad del la calle le confieren cierta atmósfera de algo prohibido pero muy elegante. Otra imagen que me hubiese gustado plasmar mejor en fotografías.
La sensación de estar en un lugar con aroma a antiguo se refuerza al encontrarte con parejas jóvenes paseando en yukata, o al cruzarte incluso con alguna que otra geisha auténtica dirigiéndose a su cita. Hay que resaltar que las geishas no suelen llevar ese maquillaje y peinado tan recargados que os vendrá a muchos a la imaginación. Esa apariencia suele estar reservada a las maiko o aprendices de geisha. Las normas básicas de comportamiento indican que no hay que molestarlas ni hacerles foto directamente, así que como buena turista que soy, cumplí.
El aspecto exterior de los establecimientos tiene esa sencillez increíblemente bella de la arquitectura japonesa, con algunos detalles propios de Kioto según nos explicó Naomi-san.
Pero un momento. ¿No os he hablado de Naomi-san? Pues es alguien que conocimos allí. Algunos recordaréis del año pasado la historia del señor mayor que nos ayudó a encontrar una ruta de vuelta alternativa a Tokio, y que nos cantó en medio del tren “Malagueña salerosa” de paso. Fue una anécdota divertida y un buen ejemplo de la enorme amabilidad de los japoneses, para nada un hecho puntual.
Estábamos Claire y yo en una estación de metro dudando qué ruta y qué parada nos convenía para ir al Pontochō, y creo que ya he comentado alguna vez que allí casi no se puede dudar sin que alguien te ofrezca su ayuda, aunque tú no la pidas. Puede que no todo el mundo esté de acuerdo con lo que digo, pero mi experiencia es que aquí no me ha pasado nunca, y en otros países muy muy puntualmente, y no de esta forma.
Naomi-san nos vio allí paradas estudiando nuestro esquemático plano de transportes y ella probablemente volvía de trabajar. Aparentaba estar cercana a los cuarenta (aunque me resulta difícil precisar, porque allí todo el mundo me parece más joven de lo que es), y vestía con mucha elegancia. Nos preguntó con una gran sonrisa y en un inglés un poco renqueante que hacia dónde íbamos, y resolvió que desde aquel sitio era un poco complicado explicarnos cómo llegar, ya que había que hacer transbordo y callejear un poco. Así que ni corta ni perezosa dijo “venid conmigo”, y dio media vuelta, llevándonos hasta el mismísimo lugar, en dirección contraria hacia la que ella iba inicialmente y, como ya he dicho, con transbordo y paseo incluido, una media hora de trayecto.
Durante el camino hablamos de esto y aquello, de que era nuestra segunda visita al país pero la primera vez en Kioto, que estábamos intentando aprender el idioma y, no sé cómo, acabamos hablando como no de Arashi, porque para variar a ella también le gustaban, y al final en ese país siempre salen a relucir estos hombres por alguna parte. Cualquier día saldrán en los billetes de mil yen. Y también tuvimos nuestro momento canción, por supuestísimo. Naomi-san vio el colgantito de Totoro que llevo en el móvil y le entusiasmó. Alucinó con que las películas de Ghibli fueran relativamente populares en España, y al final acabamos canturreando las tres la cancioncilla de “Mi vecino Totoro” partidas de risa en mitad del tren.
Bueno, una vez que llegamos le pedimos que, ya que había venido hasta allí, se quedara un poco con nosotras mientras veíamos aquello, cosa que hizo encantada, y de esa forma disfrutamos de un buen paseo mientras nos explicaba algunas cosas y hacíamos fotos. Cuando tuvo que marcharse intercambiamos tarjetas para enviarle las fotos y nos despedimos. Una persona realmente simpática y servicial.
Como siempre, la calidez humana se convierte en lo mejor del día.
Y el momento musical de este post nos lo trae el gran John Williams con uno de los extraordinarios temas que compuso para “Memorias de una geisha”.
domingo, 12 de septiembre de 2010
Maldito Sol (Parte I)
Por si alguien tenía dudas, realmente he vuelto.
Me debato ahora entre amenazas de muerte contradictorias. Unas para que explique mi viaje con todo detalle, y otras para que no se me ocurra llevarme otra vez hasta diciembre sacando más capítulos que “Arrayán”. Siento decir a los segundos que han ganado los primeros. O sea, que preparáos.
Este año hemos pasado, además de por Tokio, por Kioto, Osaka, Nara, Kobe y algún que otro lugar lejano (absurdo para la humanidad, de vital importancia para nosotras) a la par que interesante al que hemos llegado en tren sin saber muy bien como. Hemos hecho turismo, muchísimo turismo histórico-friki-gastronómico-socio-cultural, hemos conocido a un montón de gente, hemos hecho cola (sí, señores, esta vez no nos hemos colado), hemos saltado y gritado en un concierto, hemos hecho deporte, nos hemos metido en fregados en los que la mirada de la gente parecía decir “qué hacen aquí estas dos pobres extranjeras, deben haberse perdido”, nos han atacado los animales salvajes, y he bebido agua, muuuuuuucha agua.
Porque el calor ha sido inhumano los primeros días en Kioto, aunque simplemente brutal los posteriores. En vez de echar monedas a las máquinas de agua parecía que estaba enviciada a las tragaperras. Una botella tras otra. Y tengo un bronceado albañil que tendríais que verme. Sinceramente, me sobró un poco del maldito sol durante estas dos semanas, porque casi pudo conmigo.
¿Las fotos? Pues para el próximo post, que aun estoy revisando las 3000 y pico que hemos sacado.
En esta ocasión intentaré complementar cada post con algún clip musical de la mucha música que ha sonado en mi mente y en mis oídos durante todos estos días, y que por un motivo u otro son la perfecta banda sonora del tema en cuestión, así podréis leer, ver las fotos, escuchar la música, o pasar de mi blog y no hacer ninguna de esas cosas.
domingo, 6 de junio de 2010
Érase una vez en la India

martes, 25 de mayo de 2010
Tchang! (o Museo Hergé 2ª parte)
Hergé no consideraba que su alter ego sobre el papel fuera únicamente Tintín, a pesar de que imprimiera en él su pasado como boy scout y su gran sueño de viajar. Según él, Hergé está en un montón de personajes, y así él mismo se podía ver en un momento dado tan torpe como los Hernández y Fernández (Dupond y Dupont) o incluso tan crítico como el perro Milou. Además de eso, otros numerosos secundarios se inspiran directamente en gente real, como el caso del profesor Tornasol y el científico Auguste Picard que ya comenté anteriormente.
Pero quizás el personaje más valioso para él fuera el de Tchang, el pequeño adolescente chino que apareció como secundario por primera vez en “El Loto Azul” y más tarde en “Tintín en el Tíbet”. Y pienso que posiblemente lo fue porque la persona que lo inspiró, Tchang Tchong-jen (o Zhang Chongren, según transcripciones) era realmente importante para él.
Tchang nació en Shangai en 1907 y creció en un orfanato, después de que sus padres murieran siendo él muy pequeño. A la edad de siete años ingresó en una escuela de arte perteneciente a un organismo religioso francés, donde aprendió dibujo además del idioma, y esto sentaría las bases del resto de su educación y de su vida.
La formación en el arte occidental que recibió allí le abriría nuevas perspectivas y así, en 1931 dejó su China natal para ingresar en la Academia de Bellas Artes de Bruselas, donde se convierte en pupilo del escultor Égide Rombaux, figura que le marcaría notablemente. Tchang siempre destacó entre los alumnos por sus cualidades artísticas y también por sus costumbres impecables (incluso trabajando en el taller rara vez se le podía ver siquiera con el nudo de la corbata flojo).

Pero a pesar de sus maneras tranquilas y pausadas, su mente era muy inquieta, y supo aprovechar plenamente su estancia en Europa. Tchang comenzó a recorrer el continente para empaparse de sus costumbres y de la historia de su arte inspirándose en él, y de esta forma el pequeño chino, tímido y discreto, dejó paso a un joven sociable y seguro de sí mismo, secretario y portavoz de la Asociación de estudiantes chinos de Bélgica, con el objetivo de recopilar el mayor número de noticias y opiniones diversas sobre China a fin de obtener y difundir una información lo más veraz, además de velar por la buena imagen y la moralidad de los jóvenes chinos en Europa.

En la ciudad universitaria de Lovaina, tiene la ocasión de conocer al padre Gosset, joven capellán de los estudiantes chinos, de espíritu abierto y tolerante, apasionado por las cuestiones de educación y lector del periódico Le vingtième siècle y de su suplemento infantil Le petit vingtième, en el que Hergé publicaba las aventuras de Tintín.
Gosset era gran admirador del estilo narrativo de Hergé, pero cuando tuvo conocimiento de que su próxima historia se desarrollaría en China se preocupó, ya que hasta entonces sus a pesar de todo bienintencionadas aventuras en el Congo o en América estaban llenas africanos infantiles y pieles rojas crédulos y gritones: los estereotipos de alguien que no conoce bien lo que describe. El clérigo no quería que “sus” chinos fueran retratados como exóticos personajes de caricatura, sirviendo de mero decorado para resaltar las hazañas de un joven europeo, así que decidió escribir al autor para ofrecerle su ayuda.
Hergé se manifestó visiblemente interesado y se reunió con el capellán, el cual le presentó varias personas y le dio las señas de Tchang recomendándole encarecidamente que le escribiera. Y así, en 1934 se conocieron Hergé y Tchang. La simpatía fue mutua al instante, y Hergé se mostró ávido de destruir sus prejuicios y las imágenes erróneas fruto del conocimiento parcial de la historia china que se tenía en Europa. Las largas conversaciones versaron sobre historia, geografía, arte, literatura, filosofía y religión, pero también sobre decenas de anécdotas y sobre la realidad de cómo era el día a día de los auténticos chinos. Así Hergé encontró una motivación inesperada para emprender su próximo trabajo, y de estas tertulias fue naciendo el argumento de “El Loto Azul”.

En una entrevista el autor dijo: “Es con ‘El Loto Azul’ que descubrí un mundo nuevo. Descubrí una civilización que ignoraba completamente y, al mismo tiempo, tomé conciencia de una especie de responsabilidad. Es a partir de ese momento que comencé a buscar documentación, a interesarme verdaderamente por la gente y los países a los que enviaba a Tintín, para ser honesto con mis lectores. ¡Todo gracias a mi encuentro con Tchang! También le debo el haber comprendido mejor el sentido de la amistad, de la poesía, de la naturaleza... Era un joven excepcional. Él me hizo descubrir y amar la poesía china, la escritura china: ‘el viento y el hueso’, el viento de la inspiración y el hueso de la firmeza gráfica. Para mí, esa fue una relevación.”

Hay una viñeta en la que los Hernández y Fernández tratan de infiltrarse de incógnito por Shangai, pero van disfrazados de una forma chillona y tópica, con adornos de dragones y coleta, mientras todo el mundo se ríe de ellos a sus espaldas. Imagináos si alguien viene aquí a infiltrarse con sombrero cordobés o traje de flamenca.

Es por todo esto y por más cosas que esta aventura supuso un punto de inflexión en la historia de Tintín. Se puede decir que fue creada a cuatro manos, ya que son obra del artista Tchang todas las inscripciones sobre los muros, los carteles publicitarios, los estandartes, los letreros de las tiendas, las placas indicadoras de las calles, algunas decoraciones típicamente chinas, toda la escritura en chino de los diálogos y varios elementos más. Creo que si realmente pudiéramos entender lo que dice, esos rótulos, sacaríamos mucha más sustancia de la historia porque están llenos de mensajes y reivindicaciones.

La compenetración en el trabajo fue perfecta, y la colaboración resultó un éxito tanto para los lectores como a nivel personal. Tanto es así que Hergé le propuso a Tchang firmar conjuntamente el álbum. Esto fue un gesto inédito en Hergé que no volvió a repetirse, a pesar de que tuvo otros colaboradores importantes en su obra posterior. Sin embargo Tchang declinó la oferta por modestia, aunque también por prudencia ante la incierta situación política que tendría que enfrentar en su futuro regreso a Shangai.
Pero vuelvo a su alter ego de las viñetas, al pequeño huérfano chino. Hergé realmente quiso reflejar en Tchang la personalidad noble de su amigo, y en su amistad con Tintín la de ellos dos. Su encuentro en la ficción recuerda muchísimo a sus primeras conversaciones. De todos los personajes recurrentes que Tintín conoció alrededor del mundo este es, sin duda, por el que muestra más ternura. Por supuesto, siempre salen las mentes aburridas de este mundo queriendo ver matices homosexuales y bla bla bla. Los hay que solo ven sexo en todas partes y se salen por los Cerros de Úbeda.
El auténtico Tchang terminó sus estudios y retornó a su tierra en 1936, donde tuvo ocasión de exponer su obra, además de montar un taller y una prestigiosa academia de arte. Sin embargo, cuando estalló la terrible guerra chino-japonesa al año siguiente, Hergé perdió contacto con él. Un intento de viaje a China en 1939 se frustró con la Segunda Guerra Mundial, así que tardarían más de cuarenta años en volver a verse.

Mientras tanto la vida de Tchang estuvo llena de dificultades. Los vientos de la llamada Revolución Cultural soplaban con fuerza, y toda expresión de arte que no fuera netamente china era rechazada como enemiga. Esto debió resultar muy frustrante para alguien que había conocido mundo y tenía la mente abierta de este artista. Se vio forzado a guardar las formas públicamente, además de limitar su obra a paisajes locales y temáticas costumbristas.


Sin embargo en su propia academia se sentía seguro, y hablaba a sus alumnos de sus sueños y de las maravillas que había conocido en carne propia. Debió ser algo muy muy triste y desalentador cuando en 1966 una treintena de jóvenes, entre los que reconoció a muchos de sus alumnos, irrumpieron en su casa y su taller, saqueándolo todo, rompiendo y quemando cartas, libros y fotos, rasgando acuarelas, rompiendo esculturas o marcándolas con una cruz de pintura roja, y llevándose las figuras en bronce para fundirlas. En la entrada de su casa, ya inhabitable, colgaron un gran cartel con advertencias en contra del traidor y contra-revolucionario Tchang Tchong-jen.
No entraré en detalles para narrar toda la soledad, las humillaciones y los problemas que sufrió con la justicia, pero se vio reducido a ser un barrendero que se “reeducaba” con tareas tan absurdas como hacer caligrafía de rodillas durante horas.
A finales de los años 70 Tchang pudo volver a su profesión vocacional y se puso al frente de la Academia de las Bellas Artes de Shangai recibiendo también el reconocimiento que la comunidad artística de su país le había negado.
Pero su amigo Hergé no dejó de intentar encontrarlo. En 1960 se publicó el álbum “Tintín en el Tíbet”, en el que el reportero recibe la terrible noticia de un accidente aéreo sobrevolando el Himalaya. El joven Tchang iba en ese avión y no se habían encontrado ningún superviviente. Sin embargo Tintín tiene la firme convicción de que su amigo está vivo y viaja hasta el Tíbet para encontrarle.
Esta es otra aventura inusual dentro de la colección, ya que no se trata de ninguna lucha contra enemigos, sino una emotiva búsqueda, reflejo de la real. En ella podemos ver una de las dos únicas ocasiones en que Tintín llora.


En 1973, Hergé y su segunda esposa viajan a Taiwan, en un intento de acercarse y proseguir la búsqueda. Con este viaje Hergé cumple su sueño de conocer personalemente parte de la cultura que le enseñó su amigo, pero fracasó en su intento por reencontrarse con él.
Fue a finales de esa década, de forma totalmente casual cuando tuvo alguna señal de vida de Tchang. En una cena coincidió con un hombre chino al que preguntó si por casualidad conocía a un artista llamado Tchang Tchong-jen, ¡y resultó que sí! Hergé trató inmediatamente de ponerse en contacto por medio del correo, pero las cartas se perdieron o fueron devueltas en la aduana, al igual que el paquete en el que le enviaba dedicado un ejemplar del álbum que habían creado juntos.
No fue hasta 1981 cuando el gobierno Francés invitó a Tchang, que llegó a París acompañado de uno de sus hijos, y por fin ambos pudieron reunirse, cuarenta y cinco años después.

Las imágenes del encuentro fueron emitidas en televisión, y unos días después se emitó un programa especial en el que se entrevistó en directo a los dos amigos y al capellán Gosset, y que tuve ocasión de ver proyectado en el Museo Hergé.
Como se puede ver, la viñeta que hay a sus espaldas es realmente apropiada: “Estaba seguro de que finalmente te encontraría. Ah… ¡qué feliz soy!” “¡Tintín! ¡Si supieras cuánto te he recordado!”.
El padre de Tintín estaba visiblemente deteriorado por las depresiones y por la enfermedad que la causaría la muerte dos años más tarde. Tchang obtuvo la ciudadanía francesa en 1985 y se instaló allí hasta su muerte en 1998, a los 91 años.
En Shangai se puede visitar un museo dedicado a su memoria, y un número de sus obras pueden contemplarse en varios museos de su país natal. Sin embargo a mí me ha resultado extremadamente difícil encontrar algo de su trabajo por internet y me parece una pena que sea una figura tan desconocida aquí.
Me siento muy afortunada de haber conocido su historia y sus obras gracias a la completísima exposición temporal que se pudo visitar en el Museo Hergé hasta el pasado mes de abril. En ella se repasaba el contexto histórico y cultural del asombroso Shangai en el que nació el artista, el proceso de creación de “El Loto Azul” y su propia obra personal. Nos quedamos literalmente anonadados con la calidad de su trabajo y su sensibilidad.

Maravillosas las piezas dedicadas a su esposa como esta acuarela o un busto bellísimo que había a su lado y que parecía que iba a hablar.

Sobrecogedoras también algunas de sus esculturas rotas y marcadas con la pintura roja. Me resultaría difícil escoger, pero creo que mi favorita era esta escultura titulada “Refugiados”.

Es imposible que la fotografía pueda transmitir lo mismo (además está de espaldas y no se ve el rostro del niño), pero os aseguro que pone los pelos de punta. Como estaba prohibido hacer fotos, os dejo este pequeño reportaje en el que se puede ver algo.
Y esta es la resumida historia humana y no política que he conocido del pequeño Tchang, al que el capitán Haddock lo mismo llamaba Tching que Tchong, o al que creía que nombraban cuando alguien estornudaba XD.

Toda la información de este post ha salido de mis recuerdos sobre lo que me contaron las grabaciones del Museo Hergé, y del libro “Tchang! Como la amistad mueve montañas”, escrito por Jean Michel Coblence y Yifei Tchang, hija del artista. Lo malo es que solo está editado en francés y neerlandés, pero es más que interesante y altamente recomendable.
domingo, 4 de abril de 2010
En el Acantilado Rojo con Tony y Takeshi

Y encima de todo tiene un reparto de lo más sonado, que fue una de las cosas que me tenían tan pendiente desde que tuve las primeras noticias sobre el rodaje. Entre otros, Chen Chang (que es el bandido malote pero guay que se beneficia a Zhang Ziyi en "Tigre y Dragón", o el silencioso preso de la romántica y extraña peli coreana "Breath" ), el japonés Shido Nakamura (el teniente Ito de "Cartas desde Iwo Jima" de Eastwood, que como puede verse aquí, también demostró su sentido del humor en uno de los Shukudai de los que hablaba hace dos post), y sobre todo mis dos actores asiáticos favoritos, que son Takeshi Kaneshiro y Tony Leung Chiu Wai (no confundir con Tony Leung Ka Fai que es otro actor).
¿Qué decir de Takeshi aparte de lo obvio (nota: para mí lo obvio en este caso es que está muy bueno, no sé para el resto). Lo tengo fichado desde bastante antes de que me diera por Japón, lo cual es relativamente reciente, aunque hace muchos años que me interesa la cultura asiática en general, y el cine asiático en particular, y de verdad os juro que también me gusta por sus dotes interpretativas. Este taiwanés de 37 años de padre japonés (de ahí su nombre) domina el chino mandarín, cantonés y taiwanés, además del japonés e inglés, lo que le ha permitido elegir sus proyectos con más libertad, y a todas luces que ha sabido hacerlo bastante bien, construyéndose una carrera más que digna combinando cine y algo de televisión. En su currículum están sus trabajos con el director de culto Wong Kar-Wai o con Zhang Yimou (que es uno de mis favoritos también), y eso es algo que, además de pasearte por muchos festivales, da cierto caché. Siempre he pensado que es difícil para un actor guapo desprenderse de esa etiqueta y que se le considere en serio. Pero superar esto sí que tiene mérito XD.
Estrictamente celoso de su intimidad, cuando no es por un motivo profesional rara vez trasciende dónde, cuándo y con quién va o viene. Sin embargo es una suerte (para mí) que se deje ver el (fantástico) pelo muy a menudo en grandes campañas publicitarias de las marcas más prestigiosas. Da lo mismo que anuncie Olympus , que Biotherm, Toyota, Ericsson, o que salga por triplicado en el famoso cortometraje comercial de Sony Vaio (mirad, Aiba Team, también he encontrado un anuncio con Shimura-San). ¡Es que lo vende tan bien que se lo compraría todo!
Ufff... Volviendo al cine, y aparte de su personaje de "hombre del tiempo" espabilado en "Acantilado Rojo", me quedo con su papel de amante rechazado pegándose un atracón de piña en lata en "Chungking Express",

con el arrogante Jin de "La Casa de las Dagas Voladores",
o con el joven soñador del drama musical "Perhaps Love".


Me quedo con el poli de barrio de "Chungking Express",

con el agente infiltrado de "Infernal Affairs" (alucinante su duelo interpretativo con Andy Lau, más apasionante que el de DiCaprio-Damon, donde va a parar),

con el perfecto caballero de "In the mood for love" por el que ganó el premio en Cannes,

personaje que volvió a encarnar en cierto modo en "2046",

con el cabr*nazo morboso de "Lust, Caution",

y con el héroe Espada Rota de "Hero" .

Y con esto zanjo mi deuda con estos dos, y despido dejándoos esta canción perteneciente a la banda sonora de "Red Cliff".
