viernes, 24 de diciembre de 2010

De alojamientos, de educación y de un flechazo (Parte VIII).

Una de las cosas por la que la gente ha mostrado más curiosidad y me ha preguntado más es por las habitaciones de estilo japonés y por cómo es exactamente eso de dormir en un futón en el suelo. Así que me parece oportuno hacer una parada en las excursiones bajo el sol para enseñaros algo de eso.

Nuestra idea era hospedarnos en un ryokan tradicional, con toda la experiencia que eso conlleva. Sin embargo, por motivos prácticos y monetarios escogimos un hotel normal y corriente. Pero bueno, normal y corriente con habitaciones estilo japonés, que para nosotras era un requisito casi imprescindible, aunque de puertas para afuera pareciera un hotel occidental.

Este era el aspecto de nuestro cuarto, que era bastante amplio. En la zona que está detras de los paneles de papel hay espacio para dormir dos o incluso tres personas, un armario empotrado, unos percheritos, una mininevera.



Una habitación japonesa tradicional tiene, entre otras características, el piso recubierto de tatami. Los suelos son por lo general de madera, y el tatami son unas piezas de esterilla de paja de arroz, aunque ahora también las hay sintéticas. Estas piezas de esterilla ribeteadas con una especie de tela brocada, suelen medir 90x180 centímetros, que viene a ser el espacio para que duerma una persona. Estas dimensiones son más o menos constantes hasta el punto de que el tatami se utiliza como medida de superficie en la arquitectura japonesa. Su disposición dentro de la habitación tiene una serie de reglas y, además, como muchos sabéis, no se puede pisar calzado, sino necesariamente descalzo o con calcetines.

De todas formas lo normal en un hogar japonés y en algunos otros lugares, es que hay que quitarse los zapatos de la calle para entrar, sea cual sea el tipo de suelo, lo cual estaréis conmigo en que es una medida muchísimo más higiénica que lo que hacemos aquí. Es decir, pasear toda la mierda de la calle por nuestra casa.

Y este es el futón donde yo dormía, con su cobertor y su almohada, preparado para ser usado.



Y aquí tenéis el detalle entramado y el ribeteado del tatami y del futón. El acolchado de un buen futón como este, unido al ya amortiguado suelo cubierto de tatami proporcionan una superficie lo suficientemente cómoda como para descansar bien. Yo me levantaba nueva, desde luego.


Y aquí abajo, el aspecto de nuestra habitación recién levantadas. Se puede decir que desayunábamos literalmente en la cama. Podéis ver mi futón convenientemente doblado, ya que están diseñados para plegarlos fácilmente y ser guardados, dejando una habitación despejada y preparada para ser utilizada plenamente durante el día. Al fondo la pequeña entradita donde hay que descalzarse y calzarse antes de entrar o salir.



Y en esa entradita, a un lado teníamos nuestro pequeño y completo cuarto de baño, con retrete de esos modernos con botoncitos y chorritos de todas clases,



y al otro lado un amplio armario empotrado con cabida para guardar un montón de futones, cobertores y juegos de cama. Vamos, que la habitación, aparte de tener un aspecto impecabilísimo, es perfecta para una fiesta de pijamas. Anda que no cabe gente ahí...



Además de nuestra habitación, el hotel disponía de varios salones comunes de este estilo, donde se sirven desayunos tradicionales japoneses que nosotras no teníamos incluido en nuestra reserva. La verdad es que yo no me sentía con ganas de tomarme un pescadito y una sopa a las 8 recien levantada, pero veíamos a los clientes salir de allí con sus cómodas yukatas que el propio hotel proporciona en cada habitación.

Pero lo más interesante fue contar con un sentō para los clientes. El sentō es un baño colectivo de estos que casi todos habéis visto en películas o en dibujos animados (siempre me acuerdo de Shin-chan enseñando el culo en uno de ellos), con su zona de limpieza, donde tienes banquitos, grifos y duchas, y un gran baño central de agua caliente para relajarse, al que se debe entrar bien limpio. Así que, a pesar de tener nuestra ducha privada, en un par de ocasiones optamos por bajar a relajarnos al sentō. Como éramos novatas en esto, aunque teníamos nociones de su funcionamiento, tuvimos que preguntar algunas cosillas para evitar hacer el ridículo. Bueno, más bien envié a Claire a que preguntara, que para eso soy la mayor XDDD.



Comprenderéis que no podíamos dejar de documentar todo esto pero, como por cuestiones de intimidad unos baños no son el mejor lugar para ponerte a hacer fotos, aprovechamos un momento en el que no había nadie. Debajo de esa mancha negra, estoy yo sonriendo.



El hotel también organizaba ceremonas del té, de la que ya hablaré en otro post, pero en este me centraré en otras cosas. Nuestro hotel estaba situado en una calle tranquila que desembocaba en una gran avenida de edificios altos y anchas aceras con locales comerciales, pero justo en la esquina por donde teníamos que pasar todos los días había un colegio bastante grande.

Aquí os dejo la vista del colegio que teníamos desde nuestra ventana, para que os hagais una idea.


Cada mañana salíamos del hotel alrededor de las 8 y teníamos que pasar por la puerta del centro. Imagino que la hora de entrada debían ser las 8 y media porque a esa hora nos cruzábamos con oleadas de niños de todas las edades camino del cole. Pero lo sorprendente, aparte de lo monísimos que están con los uniformes, es que cada día delante de la puerta de entrada al recinto había un nutrido grupo de escolares de entre 12 y 14 años trabajando ordenadamente. Limpiaban la puerta, barrían el acerado y arreglaban y regaban los parterres de flores. Pero no sólo del recinto escolar, sino de todo el trozo de vía pública que rodeaba al colegio.

La verdad es que aquel espectáculo nos parecía genial y nos dejaba con la boca abierta. A mi vuelta del viaje le pregunté sobre esa cuestión a mi profesora, y me explicó que allí la costumbre es que los propios alumnos se encarguen del cuidado y limpieza del propio colegio. No hay personal recogiendo las basuras que los niños dejan, sino que se organizan grupos y turnos de tareas, para limpiar patios, baños, aulas, etc, etc. Me parece admirable que una sociedad inculque el sentido de responsabilidad y de civismo de esa forma, y que sea algo completamente asumido. Aquí dile a un niño que recoja un papel del suelo, que enseguida te vendrá un padre a quejarse, cuando no a agredir al profesor de turno. Por desgracia me resulta impensable ver en España algo como lo que veía allí a diario.

La educación, el respeto y el civismo, sin duda es algo que hay que aprender desde muy pequeño, y en lo que todo el mundo, padres, comunidad y colegios, deben estar unidos.


¿El flechazo? Pues fue en una estación de tren urbano. El día amenazaba lluvia y a nuestro lado una joven madre esperaba el tren con sus tres hijos pequeños. El más chiquitín tan solo era un bebé y lo tenía colgado en una mochilita, y el mayor no tendría más de cuatro años, con su uniforme de escuela infantil, pantaloncito corto y gorro. Preciosos. La señora iba cargada no sólo con su bebé, sino con una gran bolsa y con los bártulos escolares de los otros dos además de un paraguas. El mayor nos observaba seriamente con esa curiosidad y con ese descaro propio de los niños pequeños. En esto que a la madre se le cayó el paraguas y yo se lo recogí al ver que le costaba bastante moverse. Me dio las gracias e inmediatamente se dirigió al niño mayor y le susurró que nos diera también las gracias. Entonces el niño desplegó la más maravillosa de las sonrisas y nos dijo "arigatou (gracias)" con una gran y respetuosa reverencia. Claire y yo soltamos un "¡Ooooooooooooooh! ¡¡Qué monooooooooooo!! (¿Me lo puedo quedaaaaar?)". Derretidas nos dejó a las dos. Enamoraditas nos quedamos el pequeñito. Tal exclamación soltamos y tal cara de tontas se nos quedó que la gente de alrededor se sonreía mirándonos.

Definitivamente nos dejó marcadas para todo el día. Pero, ¿no es fantástico encontrar cosas así? ¿Podéis comprender por qué nos engancha tanto ese país?

Y para no perder la costumbre, os dejo una de las canciones que nos acompañaron en nuestro viaje. En esta ocasión, de nuevo otra cosa totalmente distinta. Se trata del grupo Weaver, para mí una de las revelaciones más interesantes del 2010 en el pop japonés. Weaver son Yuji Sugimoto como voz principal y piano, Toru Kawabe a los coros y la batería, y Okuno Shouta, también a los coros y al bajo. Me encantó el sonido de sus tres voces con el ritmo de su música, llena de energía y un puntito melancólica. Tanto, que me volví de allí con su disco en la maleta. Con ustedes.... pues no sé cómo se llama esta canción porque no sé leerlo (todavía), pero escuchadla.






Ah, y Feliz Navidad a todos, y Feliz día del "Masakismo" a mis amigas de "El Equipo Aiba"!!!

viernes, 17 de diciembre de 2010

"To sleepe, perchance to Dreame; ay, there's the rub".

Muchos recordaréis ese corral de comedias lleno a rebosar durante la representación de "Romeo y Julieta" en la película "Shakespeare in love". Aquel teatro se llamaba "The Rose", un nombre precioso para un teatro dicho sea de paso. "The Rose" acogió a la compañía de la que William Shakespeare formaba parte, Lord Chamberlain's Men, hasta que estos construyeron "The Globe" , un teatro mayor y más espléndido, en 1599, a tan solo unos metros de distancia.

Me gusta el teatro, creo que eso queda claro. Me gusta el teatro en general y, además de otros autores, me gusta Shakespeare en particular, y mucho. Así pues, el Globe era una cita pendiente y pospuesta durante algunos años. Después de un estupendísimo almuerzo junto al Támesis en "The Anchor", un precioso y amplísimo local histórico de ambiente marinero, y uno de los pubs más antiguos de Londres, nada mejor que una visita como postre.


Pero os podeis imaginar que, después de tantos siglos, este precioso corral de comedias no es el primitivo en el que se estrenaron tantos clásicos de la literatura universal, sino una magnífica reconstrucción del original.

El proyecto fue una iniciativa de un actor y director estadounidense llamado Sam Wanamaker, apasionado de la obra del bardo. Wanamaker en su primera visita a Londres en los años 50 se decepcionó tanto de no poder encontrar ni rastro del viejo teatro, que centró sus esfuerzos y se dedicó durante décadas a recaudar ayudas y a levantar de nuevo un edificio que simboliza lo indecible en el mundo de la escena. Sin embargo no consiguió ver su sueño cumplido ya que murió cuatro años antes de su inauguración en 1997.


Por razones urbanísticas de peso, cuatrocientos años después era imposible la reconstrucción justamente en el mismo emplazamiento del antiguo edificio, así que el actual está a unos 230 metros del lugar original, dentro del mismo distrito de Southwark, junto a la orilla sur del río y a dos pasos de la Tate Gallery y del Millenium Bridge que cruza hasta la Catedral de Saint Paul. Aunque por aquel entonces aquella era una zona fuera de la ciudad, ya que los teatros no dejaban de ser un lugar mal visto y frecuentado por una patulea de los más variopinta.


Las visitas son cada media hora, y están dirigidas por un guía la mar de simpático y con una dicción impecable que a mí me parecía que era clavadito a Neil Hannon (de hecho no mientras que estoy escribiendo esto no paro de canturrear "The National Express".

El Globe es una preciosidad, y realmente mucho más espacioso de lo que puede parecer. De hecho su aforo supera los 2000 espectadores. El tour ofrece la oportunidad de conocer cómo era realmente un teatro de la época, qué tipo de personas acudían, qué precios pagaban (entre 1 y 6 peniques, y sin comisión por gastos de gestión al comprar la entrada) y dónde se situaban según su posición social.


Gracias a un meticuloso trabajo de investigación se ha conseguido recrear el aspecto original de la forma más fiel posible, utilizando tanto materiales como técnicas de construcción de la época para garantizar una experiencia más realista.

El escenario es absolutamente espectacular, decorado muy al gusto de entonces, con grandes columnas pintadas imitando el mármol. Las distintas trampillas en el suelo y en el techo permitían jugar mucho con los efectos visuales, y los balcones del fondo servían tanto para acoger a los músicos, como a los espectadores de la alta sociedad que no deseaban ser vistos, como para formar parte de la misma representación.




Realmente desde este graderío se tiene una visibilidad estupenda, pero al no ser un recinto techado, hace un frío que pela (unos 6 o 7ºC bajo cero de nada con el airecito de la orilla del río), así que las funciones se limitaban a las estaciones cálidas, de mayo a octubre, al igual que hoy día. Porque el Globe no solo se visita, sino que es un teatro en perfecto funcionamiento, donde se representan obras clásicas, principalmente de Shakespeare, al más puro estilo de la época isabelina. Es decir, música en directo, iluminación y efectos visuales de lo más artesanales (creo que no hay funciones nocturnas) y nada de micros. La experiencia completa, vamos.

Además, tiene un calendario con una programación de distintas actividades y talleres sobre la época de Shakespeare, que tienen una pinta divertidísima. Ponerse vestidos de época o una exhibición de espadas parece de lo más atractivo.


El Globe original se incendió en 1613. Su tejado de juncos prendió rapidísimamente y no se pudo salvar, así que un año más tarde se construyó otro Globe con tejas en lugar de juncos, y en el que Shakespeare ya casi no tenia nada que ver. Pero si el teatro ya era una actividad mal vista, unas décadas después ni os cuento, y en 1642 los Puritanos cerraron definitivamente sus puertas. Esta reconstrucción de 1997 es la del primer Globe, solo que en esta ocasión han tenido la precaución de instalar entre los juncos y sistema de antiincendios por aspersión que esperemos que no tenga que funcionar nunca.



Oh, y esa tienda de regalos.... Madre mía, que yo me hubiera traido la mitad. Preciosidades y detalles originales. Ya en su día (la tienda sí la había visitado antes) me compré un juego de imanes con insultos de la obras de SHakespeare que me encanta y que están pegados en mi nevera XD, y esta vez me he traido un par de libros y una camisetas chulísima de Hamlet, que deseando estoy de que llegue el calor para ponérmela. Una visita interesantísima y amena que recomiendo muchísimo (más que perder una hora y 20 libras en esa estafa de Museo de Cera).

Bueno, y como no me sé ninguna canción de la época isabelina, voy a dejar la canción que está en mi cabeza, o sea, "The National Express".



lunes, 6 de diciembre de 2010

La triste historia de Tako-chan (Parte VII)


Después de la tradicional Kioto, la vecina Osaka suponía un gran contraste. No porque no se pueda hacer visita histórica en ella, que se puede, como en el resto del país, pero como nuestra visita sería breve, lo que más nos atraía ver de ella era su lado más urbano, moderno y, por qué no decirlo, chillón.

Al final fuimos dos veces, en la tarde-noche, aprovechando las estupendas conexiones tren que tiene toda la zona del Kansai que nos permitía tomar un tren prácticamente cada 5-10 minutos hasta pasada la medianoche (recordemos que allí oscurece, se come y se hace todo más temprano que en España, igual que en casi todo el mundo).

Osaka es la tercera urbe más poblada de Japón, después de Tokio y Yokohama. Siempre he leido que la gente de esa región son como los andaluces de Japón: se les supone más alegres, abiertos y simpáticos. Pero no creo demasiado en las generalizaciones por experiencia propia, y he conocido a mucha gente simpatiquísima y campechana en Tokio y en Kioto, así que sus diferencias en eso no son tantas hasta donde yo conozco (que no es mucho). Sin embargo de alguna forma Osaka se siente distinta, incluso de su vecina Kioto.

Por motivos frikis y sentimentales nuestro mayor objetivo era conocer el distrito de Nanba, que es un hervidero rebosante de vida al sur de la ciudad. Nada más dar con la zona nos encontramos con esta declaración de intenciones que hicimos nuestra antes de explorar sus calles.



Bajo la apariencia de una ciudad normal y corriente, Japón siempre te sorprende con detallitos originales, desde una farola con forma humana hasta una especie de noria incrustada en un edificio, y una mezcla de estilos bastante inclasificable.





En una calle interior fuimos a encontrar la sucursal de Osaka de una tienda que nos encanta y que descubrimos el año pasado en Tokio: Mandarake. Alucinamos porque esta era mucho más grande y surtida que la que conocíamos y con varias plantas más. Mandarake es en principio una tienda de cómics. Una inmensa tienda de cómics, con metros y metros de pasillos y estanterías, incluso en la calle, donde encontrar absolutamente de todo, nuevo y viejo. Pero no solo eso, sino que allí puedes encontrar cualquier muñequito, juguete antiguo o rareza de colección, merchandising oficial, viejas ediciones limitadas y DVDs descatalogadísimos de los grupos más famosos, y bueno... Nosotas agarramos el cesto y empezamos a echar dentro, y a soltarlo, y a volvernos locas intentando calcular lo que podíamos o no llevar de allí, ya que la posibilidad de comprarnos la tienda entera quedó descartada.





Nada, no sé cómo me las apaño que al final en Japón siempre voy cargando con una bolsa de compras de peso considerable. ¡No es culpa mía! ¡Es que lo venden muy bien!

En el corazón de Nanba está el Dōtonbori. ¿Y qué es eso? Pues es ocio, es gente joven con estilismos imposibles, son luces chillonas, es un cangrejo gigante que se mueve, son anuncios inmensos, es un atleta corriendo, es olor a takoyaki... Es una locura.



El cangrejo en cuestión pertenece a una marisquería (como buena ciudad portuaria que es Osaka)y es un bicho gigante que mueve sus patas incrustado en la pared, el pobrecito jejeje. Y muy cerquita de él está el anuncio del corredor de Glico.




Glico es una marca japonesa muy famosa de caramelos, dulces y galletas, que es la que fabrica, entre otras cosas, los palitos Pocky, conocidos aquí como Mikado. El primer caramelo que fabricó Glico (palabra que deriva de glycogen, o glucógeno, que es la molécula de reserva energética de glucosa del organismo) estaba calculado para que aportara la cantidad de calorías exacta para que un hombre de 1,65m y 55 kilos de peso (por aquel entonces todo el mundo era mucho más bajito) corriera 300 metros.



De ahí procede el logo del corredor, y así se construyó en 1919 este popular anuncio luminoso donde el atleta simula correr sobre una pista azul, y allí sigue, conservándose igual de joven que siempre, y más famoso que el toro de Osborne en nuestras carreteras.

Osaka tiene cosas más importantes,evidentemente, pero cuando pienso en ella en mi mente siempre aparecen el cangrejo y el atleta. Y la oferta de sitios para comer del Dōtonbori, claro.




Entre tanta oferta quisimos probar el okonomiyaki de Osaka. El okonomiyaki es un plato a medio camino entre la tortilla y la pizza para que nos entendamos, preparado a la plancha con muchísimos ingredientes al gusto, y servida tradicionalmente con varias salsas y con katsuobushi, que son finísimas virutas de atún seco que dan al conjunto el aspecto de que alguien haya afilado sus lápices encima del okonomiyaki.


Huele y sabe divinamente, aunque nos hubiera gustado que nos trajesen los ingredientes para prepararlo nosotras mismas, que es algo muy típico, y para eso nuestra mesa era una plancha con sus espátulas y todo. Pero nos lo trajeron ya cocinado, lo que quizás evitó un desastre culinario.

Al día siguiente regresamos a la ciudad, para ver y comer algunas cosas más. Porque no os voy a engañar, me he hartado de comer en Japón.

Ese día tuvimos ocasión de subirnos a uno de esos vagones de tren solo para mujeres, como bien viene indicado en el andén. Es una medida utilizada en horas punta para evitar los abusos de los típicos sobones del transporte público. ¿Quién no se ha encontrado alguna vez en una situaicón de esas de "sí, sé que este vagón está abarrotado, pero este tío se está pegando demasiado a mi espalda"? Claro, que hoy día se podía preparar el tipo que cometiera tal osadía, que le iba dar un mortífero codazo "accidental" que se iba a acordar toda su vida.



Nos apeamos en la estación del Castillo de Osaka, que me encantó por su decoración acorde con el lugar.





Mi gran espinita en el corazón fue llegar tarde para poder visitarlo, ya que es un monumento importantísimo de la ciudad cuya construcción data del siglo XVI y tiene una larguísima historia en sus muros. Al menos conseguí hacerle una foto desde fuera, cosa bastante complicada porque está en el interior de un parque, y tuvimos que darnos una buena caminata a oscuras para encontrar algún sitio desde donde poder hacer la foto sin que lo taparan los árboles.



Para quitarme el disgusto volvimos al fascinante Dōtonbori a comer takoyaki en un puesto callejero. Porque si no has comido takoyaki en un puesto callejero no has estado en Osaka.



Los takoyaki son como buñuelos de pulpo (tako significa pulpo) cocinados en unas planchas especiales con huecos para formar las bolitas. En una tiendecita de allí me compré esto.




Es la historia de amor entre la pulpita Tako-chan y un Takoyaki con su salsa por encima y todo. Lo mejor es que tienen un imán en su interior, y cuando los sueltas se dan besito. ¿No es una monada? XDDDD. Lo malo es que no es una historia de amor con final feliz, porque acto seguido nos zampamos una bandejita de seis takoyaki. Lo siento por Tako-chan, pero el Takoyaki estaba riquísimo... aunque su venganza fue que me quemé toda la lengua.



Y así terminó nuestra breve visita a Osaka. En esta ocasión la única canción que me es posible poner para cerrar esta entrada "Sukiyanen Osaka" de los Kanjani8, que para eso son de allí, y es una declaración de amor a la ciudad que está inspirada en ese ambientazo un poco loco del Dōtonbori (en el videoclip salen incluso disfrazados de tenderos de puestos de comida XD). Es una canción tontorrona tremendamente pegadiza, ideal para entonarla de fiesta con alguna copa encima. Yo no me tomé ninguna, pero no miento al decir que me pasé todo el tiempo canturreándola. Ah, !y tiene bailecito! Así que nada, aquí os dejo la canción original.

Gracias por volver de nuevo, el negocio va bien, todo un éxito. Gracias por volver de nuevo, vamos a comer, beber, dormir y seguir riendo, hoy, mañana y pasado mañana. ¡Cómo me gustas, Osaka!









jueves, 2 de diciembre de 2010

Me dueeele la caaara...

Lo sé, hace un siglo que no actualizo mi blog, pero todo tiene una explicación. En este caso, una serie de explicaciones, entre las que se encuentra el hecho de que llevo tres semanas con el ordenador fuera de servicio y tengo que utilizar este prestado.

Aparte de eso, lo de la última semana ha sido por causas mayores. Causas mayores del tipo ocio, quiero decir, porque de una semana para otra decidí quitarme el gusanillo de volver a Londres.

Allí me esperaba un frío bestial (20º menos de los que me han hecho hoy aquí) que me han hecho pasearme disfrazada de Kenny. Solo se me veian los ojos cuando soplaba un poco de aire gélido. Me dolia la cara y creia que se me iban a caer las orejas, pero para todo hay que tener suerte, y ni me llovió, ni nevó ni nada que me impidiera caminar y, a pesar de que tuve que estar un par de horas metida en el avión de vuelta sin que este despegara porque lo estaban descongelando (literalmente), no me ha pillado el cierre de aeropuertos.

Siempre recordaré el 2010 como el año en que he sufrido las temperaturas más extremas de frío y calor de toda mi vida. Aunque no lo parezca aquí por mi cara, ni por la de estos elfos. El histrionismo minimiza el frío, comprobado.

Allí en Londres estaba todo precioso en plena campaña pre navideña. Demasiada gente, eso sí, pero allí es lo de siempre. Además de aprovechar para ver algunas cosas que no conocía, que siempre hay, tuve mi cita ineludible. Algo de lo que no puedo prescindir si voy allí, como bien sabe cualquiera a poco que me conozca.

El primer día, nada más bajarme del avión me esperaban estos chicos de Jersey en el Prince Edward Theatre, un teatro bastante grande y bonito por dentro. Después de que se me quedara la mano muerta al hacer esta foto, perfeccioné la técnica de la fotografía con cámara compacta y guantes polares. Todo un reto.

"Jersey Boys" cuenta la historia de Frankie Valli y los Four Seasons, un grupo del que no sabía nada, pero que tienen en su carrera más éxitos populares de los que yo podía imaginar.
Iba escuchando una canción tras otra mientras pensaba "¡Ostras!, ¿y esta también es de ellos?". Montones, como por ejemplo esta, con decenas de versiones como esta. La verdad es que el argumento se me antojó un poco pesado, pero todo el ritmo del que carecía la historia, le sobraba en el aspecto musical. Los protagonistas eran realmente muy buenos (el actor principal hizo un trabajo muy difícil imitando la voz peculiar de Frankie Valli), y los mejores números, que fueron en la segunda parte, me hicieron olvidar un poco el tedio de la primera. Un musical de los de salir bailando del teatro.



Al día siguiente la cita era en el Royal Drury Lane, con Oliver Twist, Artful Dodger y el viejo Fagin. Qué decir de "Oliver!". Pues que es todo un acierto, un musical con mayúsculas de los que llenan de principio a fin, con unos números geniales y un montaje escénico impresionante. Los niños de la obra son la leche, sobre todo el que hacía de Artful Dodger que se come la obra con papas, y mirad que yo no soy muy fan de los niños artistas. Pero el gran lujazo fue contar con Kerry Ellis interpretando el personaje de Nancy. Ya la vi hace algunos años haciendo de Elphaba (o sea, de mí) en "Wicked" y de Fantine en "Les Miserables" y, ufff..., no recordaba ya la voz tan increible que tiene. Con los vellos de punta cuando canta "As long as he needs me".



Y finalmente mi deseado reencuentro con "Les Miserables". Me gusta este musical con locura. Tanto que no he sido capaz de plantearme siquiera el verlo en Madrid, de puro miedo, y eso que he mirado el reparto y tiene algunos actores muy buenos, sobre todo el que hace de Javert, que es mi personaje favorito. No podía dejar de celebrar su 25º aniversario, y su música me ha vuelto a hacer llorar.



El nuevo montaje me ha gustado mucho y resulta más dinámico, y creo que el reparto en general ha sido incluso mejor que el que vi la vez anterior, algo que se me hacía muy difícil imaginar. Inmensísimos Norm Lewis como Javert, Killian Donnelly como Enjolras y el niño que hace de Gavroche (que no sé cual tocaba ese día). Y sí, le tengo que dar la razón a Julio con la voz de Samantha Barks, que está mejor de lo que me parecía en los videos, y que además de guapísima puede hacer una Eponine a la altura de nuestra amada Lea Salonga.



Por cierto, que oficialmente el que hacía de Jean Valjean era Simon Bowman, un señor con un estilo que no es de mi devoción. Ya estaba yo dispuesta a interrumpir la función para espetarle "señor Bowman, que sepa usted que ni a Sergio Aran ni a mí nos gustan sus gorgoritos una leche, y que el hecho de que dejara abandonada a Lea Salonga en Saigon está muy feo. A Miss Salonga no se le hace tal agravio". Pero ese día le tocó a un tal Jonathan Williams. Se libró por eso, tsk.


¡Quiero más!
Londres, ciudad de teatros. En la que la gente no espera a que cambie al semáforo para cruzar, sino que está atenta a la señal del brazo de Freddie Mercury para salir pitando.


Un momento... no, igual no era eso.

Sea como sea, mereció la pena, y para terminar dejo el trailer de la próxima aventura de las Crónicas de Narnia, "The Voyage of the Dawn Trader", que siempre fue mi libro favorito de la saga, y que da la casualidad de que era el tema central de la fantástica decoracion navideña de Regent Street.








Uf, el próximo post vuelvo a Japón, para quitarme un poco el frío antes de proseguir con Londres.

sábado, 13 de noviembre de 2010

Bajando la cuesta hasta Gion: Sannen-zaka y Ninnen-zaka (Parte VI)

¿Recordáis la callecita en cuesta aquella donde ese buen monje permanecía impasible bajo todo el peso del calor? Pues la volvimos a subir. Toma ahí fuerza de voluntad. Dos días después de aquella prueba de fuego (nunca mejor dicho) regresamos, pero esta vez no para subir al Kiyomizu dera, sino para dar un paseo absolutamente indispensable por las callejuelas de Sannenzaka y Ninnenzaka.


Dichas callejuelas son el camino más famoso para subir hasta el famoso templo, o también bajar de él. Nosotras optamos por subir por ese camino más corto y viejo conocido hasta el comienzo de Sannenzaka, y de ahí recorrerla reposadamente cuesta abajo después de rehidratarnos y de hacer el descanso pertinente. Allí sentadas en un banco nos encontramos casualmente con el chico tan amable que nos hizo la foto en el castillo de Nijo, que proseguía su ruta en solitario y nos saludó más feliz que una perdiz. Kioto es grande, pero el mundo es muy pequeño.



Las calles de Sannenzaka y Ninnenzaka significan literalmente pendiente de los dos años y de los tres años. Una de tantas leyendas dice que si te caes en sus calles llenas de escalinatas y pavimentadas de piedra, tienes dos o tres años de mala suerte. Suerte que el suelo es bien firme y uniforme (no como más de un pavimento de por aquí, que a las dos semanas de estar colocado tienen las losas sobresaliendo y bailando, y me siento como Indiana Jones pasando la segunda prueba del Santo Grial).



Ambas calles pertenecen al distrito de Higashiyama (montaña del este), y discurren paralelamente a las montañas que no se pierden de vista en ningún momento, ya que todas las edificaciones son de muy poca altura, lo que hace fácil olvidar que la gran urbe está a pocas manzanas de ahí. Una estampa y unas perspectivas muy inspiradoras tanto para la fotografía como para el dibujo o la pintura, y algún que otro artista trabajaba sentado en algún escalón.



Arquitectónicamente es un lugar valiosísimo, ya que las casas y las calles conservan el estilo del Japón de hace siglos. Un aspecto absolutamente encantador que recuerda a la época feudal y a las películas de samurais. Prácticamente toda la calle son casas de madera que funcionan como tiendas de artesanía y recuerdos, cerámica, restaurantes tradicionales y casas de té.

Aquí tenemos a Claire esperando a los otros seis samurais.



Y en una de las tiendas me encontré a un viejo amigo esperando el autobús (pobre, no sabrá que las calles son peatonales y que por allí no pasa ninguna linea). El establecimiento era magnífico, por cierto, y eran varias tiendas comunicadas entre sí en el interior. La dedicada a las películas Ghibli me dejó bloqueada. ¿Sabéis esa sensación de entrar en una tienda y pensar "me lo llevo todo"? Pues eso mismo.


También compré varios accesorios y prendas de ropa tradicional. Estoy encantada con una cosa de estas que me traje, que se llama jinbei, y que son hipercómodos y fresquitos para el verano. Me refiero a la ropa. Y además se usan tanto para andar por casa como para salir a la calle en plan cómodo. No desentonaría nada aquí por lo que podéis ver.


Toda esa zona está llena de templos y santuarios, que estoy segura de que deben ser preciosos, pero es imposible visitarlos todos, así que para no perder de vista nuestro objetivo nos centramos en las calles aledañas.



No digáis que no queda chic esta parejita tan mona paseando con sus kimonos. ¿Pero cómo es posible que ella vaya así de perfecta? Porque vamos a ver, con el calor, el sudor y la humedad del ambiente, a los diez minutos mis pelos eran ya un desastre, y mi cara brillaba como si acabara de salir del gimnasio de hacer dos horas de bici elíptica o algo así. Pero no, el peinado de esta chica (y de otras que vi), perfecto, y su rostro no reflejaba en absoluto las adversidades climáticas de Kioto. Como diría Zelgadiss, ¡estos japoneses son una raza superior y nos llevan años de ventaja! XD. O eso, o Shiseido es mejor marca de lo que yo pensaba.


Llegadas aquí, el camino se ensancha,las calles tienen un aspecto más elegante y los jinrikisha aguardan apostados al comienzo de la calle preparados para transportar clientes. Desaparecen las tiendas de recuerdos, y los ryokan o casas de hospedaje tradicionales ocupan su lugar. Un auténtico lugar de lujo para alojarse sin duda alguna. Esta vez no pudo ser, pero prometo que alguna vez me hospedaré en uno de ellos.




Y finalmente desemboca todo en el parque Maruyama (quién le iba a decir a este chico que le iban a poner un parque en su ciudad natal XDDD).


A un lado del parque y a los pies de la montaña, nos topamos con el Yasaka-jinja, un santuario considerado como el protector del distrito de Gion.


Miramos a nuestro alrededor buscando a alguien que nos hiciera una foto, aunque todos parecían haber huido a cobijarse en algo de sombra. Pero, ¿a que no sabéis a quién nos encontramos? Pues a nuestro amigo el que nos habíamos encontrado ya dos veces por Kioto XD. Nos vimos de lejos y nos saludó con la mano tan sonriente como siempre. Le hice un gesto con la cámara, y aquí que se acercó a hacernos de nuevo de fotógrafo XD. Qué majo.


Y desde allí se puede contemplar cómo se extiende el distrito de Gion y la avenida Shijo, con sus clásicas aceras cubiertas con marquesinas llenas de vida.


Solía ser lugar lleno de geishas, pero la vida moderna se ha hecho paso en el barrio, como así lo demuestra la presencia de la eterna tienda Lawson de 24 horas. Señores, en Japón, donde hay civilización moderna, hay Lawson.


Como véis nos dan la bienvenida a los turistas en nuestro idioma y todo.


Sin embargo, a pesar de que su encantao tradicional está muy contaminado, siguen quedando calles como Hanami-koji donde uno puede seguir imaginando historias del pasado. Aunque en este caso sea con ruido de coches.


Y terminamos aquí el recorrido más histórico de la ciudad de Kioto, junto al río Kamo (que a mí personalmente me recuerda muchísimo al lugar en el que Domyoji tira el colgante de Saturno tras discutir con Makino, y luego se mete hasta las rodillas para buscarlo en el dorama "Hana Yori Dango", qué bonito, por dios :___).(/div)



Y bueno, la selección musical de hoy vuelve a ser clásica en cierto modo. Esta vez traemos un tema del compositor Masaru Sato, autor de la música de la película clásica de Akira Kurosawa "Yojimbo", que viene al pelo de todas esas calles salidas del decorado de una peli de samurais.