
Plasencia, Valle del Jerte, bello lugar. Tengo que conocerlo algún día. ¿Cómo? ¿Que acabo de estar dos días allí? Ummm, pues sí, pero conocerla conocerla… no se puede decir que la haya conocido…
Todo comenzó meses atrás cuando I. y yo nos inscribimos a un curso en la UNED sobre un tema “apasionantísimo” (nótense las comillas) movidas por nuestra necesidad imperiosa de adquirir puntos para la bolsa de empleo del Servicio Andaluz de Salud. ¿Y por qué “ese” y no otro? Pues porque era el único que ofrecía la oportunidad de convalidar el trabajo de investigación a cambio de asistir a unos seminarios en Plasencia. ¿Qué guay, no? Oye, pues hacemos de tripas corazón, pagamos la “simbólica” (¡de nuevo comillas!) matrícula en cómodos plazos, aguantamos el tostonazo y de paso conocemos la zona, nos paseamos, y lo pasamos de miedo. No entraré en detalles sobre la situación laboral en el S.A.S. que contribuye a que esos cursos sean un récord de matriculaciones.
Hago uso de la
elipsis para trasladarnos a la mañana de hace tres días. Ay de nosotras, con 41° C de puro fuego a la sombra. El hotel cojonudo, eso sí, en todo el centro histórico de la ciudad.
I. baja a la cafetería y vuelve con la cara desencajada:
- I.: ¡Acabo de encontrarme abajo a Eduardo Noriega tomando café con una ‘mu’ fea! ¡Ay omáaaaaa! ¡Voy a llamar a mi amiga! (nota: omito otro comentario extra que añadió, que quedará entre nosotras XD)
A mí ese hombre me da un poco igual en estos momentos, pero tengo que reconocer que me hizo gracia la idea de que estuviera alojado en nuestro hotel, así que mandé un sms a una amiga:
- SMS de Elphaba: “Eduardo Noriega se aloja en mi hotel. ¿Le pregunto que quién mató a Figueroa?”
- SMS respuesta: “No sé, pero pídele a ver si tiene el teléfono de Fele Martínez, que me mola más”.
Aprovechamos media horita para echar una siesta antes de la primera charla, durante la cual cada vez que se oía una puerta en el pasillo I. se incorporaba y exclamaba “¿Edu? ¡Edu! ¡Es aquí!”, así que imaginad lo que nos cundió el descanso.

Subir con todo el peso del calor la cuesta que conducía hasta la monumental sede de la UNED se nos antojaba como remontar el
Tourmalet o poco menos. Confieso que, aunque las señoras científicas ponentes (de la quinta de
Severo Ochoa más o menos) me producen una sincera admiración por su inteligencia, entusiasmo y capacidad de trabajo que yo jamás tendré, las conferencias de hora y pico llenas de fosforilaciones oxidativas, inhibidores de la proteasa y esfingofosfolípidos varios provocaban más sopor que el
campo de amapolas de Oz. Hubo quien jugó varias partidas o se vio varios capítulos de alguna serie en el portátil, I. se plantó las gafas de sol para aparentar que estaba viva, como
Bernie, y yo leía alguna página del cómic que llevaba en el bolso en cuanto notaba que mis párpados me fallaban.
Bien saben los que me conocen que yo cuando viajo soy incansable, y madrugo y aprovecho hasta el último minuto para explorar hasta lo más recóndito de la zona, pero la verdad es que eso esta vez nos resultó física y anímicamente imposible. El horario del curso ocupaba casi toda la franja útil del día, la temperatura asfixiante hacía insoportable el moverse a más de un metro/hora, y el cansancio acumulado de muchas jornadas doblando turnos de día y noche en el trabajo hicieron el resto. Es tristísimo, sí, pero lo que más hemos hecho en Plasencia es dormir. No hemos sacado ni una sola foto ni visitado un puñetero monumento. Ni fotos tuvimos ganas de hacer, y mira que llevaba la cámara en el bolso. Ah, y no busquéis allí imanes de esos de souvenir catetillo como hago yo siempre, porque debe ser la única localidad en todo el planeta donde no venden.
Y para colmo tuvimos un par de contratiempos rodeados de cierta aura extraña.
El primero d todos en un lugar de tapeo. Nos sentamos para comer, y nada más llegar una amable pareja de ancianitos que sale, y el hombre nos dice sosegadamente con una sonrisa “espero que no os pase como a mi esposa”.
I. y yo nos miramos preguntándonos qué habría querido decir con aquello tan misterioso, porque no parecían descontentos:
“¿será una premonición?”. Bueno, pues nos toman nota y a esto que el local, hasta entonces semi vacío, se empieza a llenar, no nos traen lo nuestro y empiezan a servir a gente que había llegado después. Llamamos a un camarero y le decimos tranquilamente que llevamos más de media hora y tal y cual. Respuesta:
“yo no tengo la culpa, no he sido quien he tomado nota”. Y encima al volver a tomar nota pone pegas diciendo que es que lo que habíamos pedido… era muy entretenido (surtido de croquetas y tosta horneada de
Torta del Casar: elaboradísimo). El estilo español, vamos. El camarero nos dice que intentará acelerar el tema, pero a los veinte minutos y tras comprobar que al resto de los clientes les seguían sirviendo sus croquetas y sus bandejas de tostas, pagamos las bebidas y les dejamos plantado nuestro pedido justo cuando nos lo traían. Una hora perdida estúpidamente.
Conclusión: “¿Sería esto lo que presagiaba el abuelo?”

Segundo contratiempo. Ayer nos pudimos poner en camino de regreso antes de lo previsto, así que nos las prometíamos muy felices con tiempo de sobra para ir tranquilas y estar temprano en casa. Aun recorríamos carreteras extremeñas cuando notamos una vibración extraña en el coche. Podría ser el pavimento, pero como ninguna habíamos tenido percances previos con nuestros coches y no sabíamos a ciencia cierta a qué atribuirlo, decidimos parar en una gasolinera para comprobar que no tuviéramos alguna rueda pinchada o algo. Palpamos, toqueteamos y comprobamos que las cuatro estaban aparentemente llenas y en perfecto estado. Proseguimos, y pareció que la vibración había desaparecido
“era la carretera, seguro”.
Casi una hora más tarde I. hace una observación:
- I.: “¿Te has dado cuenta de la cantidad de coches que hemos visto durante todo el camino parados en el arcén con los triángulos puestos por alguna avería?”
- Elphaba: “Pues sí, la verdad es que me he fijado”.
- I.: “Quilla, no será una premonición, jejeje”.
- Elphaba: “Sí, como la premonición de los dos ancianos del bar, jajaja…”
- Mi coche: “BUM!!!!!!!!!!”
Aun no había terminado de hablar cuando el neumático delantero pegó un sonoro reventón de mil demonios, el guardabarros izquierdo voló enterito por los aires y se perdió en la campiña sevillana, e I. hizo gala de un magnífico dominio de la situación manteniendo el coche derecho y apartándolo rápidamente hacia el arcén antes de que cualquier otro coche nos llevara por delante. Un sustazo de mil pares. Que justamente sucediera cuando decíamos lo que decíamos, mosqueaba más si cabe.
Total, llamada al seguro, llamada del hombre de la grúa, explicaciones que no entendió bien, el gruísta que no nos encuentra, la señora gruísta que me llama para reñirme por decir lo que no dije, hora y media en medio del campo a 42 °C, la botella de agua que parecía ya que contenía
caldo primitivo, el medio paquete de filipinos convertido en mousse, los paseos hasta el puñetero triángulo señalizador que se caía con el viento una y otra vez, el esqueleto blanco impoluto del ex-perro que veía cada vez que iba a poner derecho el p**o triángulo, y yo que solo me acordaba de
“Giro al infierno” de Oliver Stone (a mí es que cualquier situación de la vida me recuerda a alguna peli).
En fin, que algo más tarde de lo previsto, pero llegamos sanas y salvas. Recordad respetar SIEMPRE las distancias de seguridad en la carretera, cosa que raramente suele hacerse, porque probablemente no estaría contando nada de esto si detrás de nosotras hubiera venido algún vehículo.
Ah, tengo que hacer una corrección. Sí sacamos dos fotos durante el viaje:

Perdonad que no hable de fútbol, pero creo que hoy tengo mejores cosas de las que alegrarme.
Epílogo.- Alumnos cargados con maletas, bolsas de quesos y alimentos extremeños varios: (murmullo generalizado). - Señora científica de mala hostia coetánea de Severo Ochoa: “¡Como no esté todo el mundo sentado no reparto los títulos acreditativos!”.
Sí, hombre, solo faltaba eso, que después de todo no nos dieran el título… No te j….