martes, 28 de septiembre de 2010

Intermedio

Después de unas actuaciones musicales (ejem.... ^_^U) y mientras termino de preparar el siguiente post, aprovecho para dejaros otro par de pinceladas del viaje.
En primer lugar, tal como os dije, mi reportaje más a fondo y con más fotos sobre el Museo Internacional del Manga de Kioto, que es mi colaboración de Octubre para la revista Foro Esther, y que podéis leer y descargar aquí (páginas 34 a 37). Os recomiendo echarle un vistazo porque es muy interesante, y no precisamente porque lo haya escrito yo, sino porque es un lugar que merece realmente la pena.

Por otra parte, os enlazo aquí mis post sobre los famosos Kit-Kat japoneses de sabores edición limitada que he escrito para nuestro blog colectivo Wonka 70% que muchos de vosotros ya conocéis (otros no, pero es que no soy de autoanunciarme mucho). Este es el más reciente, y este otro el anterior que hice sobre el tema. Desde luego, esto de las ediciones limitadas que hay por allí es curioso como poco, y a decir verdad, yo me he puesto como el kiko con el pretexto de catar y documentarme para el blog.
Y como lo prometido es deuda, os dejo un poquito de musiquilla. Esta vez la cantante Mika Nakashima interpretando uno de sus temas más famosos, "Glamourous Sky" , compuesto por Hyde, en versión unplugged. Uf, me encanta esta mujer.

miércoles, 22 de septiembre de 2010

¡"Inglorious"! Gran Première

Me vais a permitir una breve pausa en la crónica de mi viaje para hacerme eco de este evento, que creo que bien lo merece.

Han sido un trabajo dilatado durante meses (lo creáis o no) y lleno de vicisitudes varias: "platós" escasos de espacio, falta de personal (en más de la mitad de las escenas nos filmamos a nosotras mismas), llevar ropa de abrigo en pleno verano, pelotas desinfladas que no botan, cámaras de fotos grabando sujetas con un par de libros, ataques de alergia al desempolvar un tocadiscos viejo, e incluso alguien que ha tenido que soportar estoicamente con su melena quemada sin poder pasar por peluquería para evitar fallos de raccord. La dureza del cine.

Pero lo hemos pasado muy bien preparándolo (cada una en una punta de España), y mejor aun lo hemos pasado viendo el resultado y la pinta que tenemos (somos más monas en realidad, o eso espero). No ganaremos el Globo de Oro a la mejor interpretación (ni a otras cosas) desde luego, aunque si somos simpáticas igual ganamos el Oscar.

Con ustedes, el estreno mundial del videoclip "Inglorious" simultáneamente en los blogs del Equipo Aiba, que somos Claire, Zelgadiss y una servidora (aunque aquí parezcamos más Manolo, Paco y Ramón XD). Ríanse a gusto.



Clicar aquí para verlo a tamaño grande.

Gracias a la amiga en la sombra por convertirse en ayudante de dirección a tiempo parcial y regar los cristales de su terraza para "darle más realismo", a su marido y gran amigo mío por prestarme su salón para algunas escenas, a mi cuñada por prestarme la pelota desinflada sin saber aun para qué era, a la familia de mis compañeras de equipo por facilitarles la tarea y, sobre todo, a la pericia como montadora de Claire, que ha posibilitado que el resultado se parezca mínimamente al original.


Y finalmente agradecimientos a nuestros homólogos masculinos en el video "Glorious", que son Ryo, Tadayoshi (*) y Subaru, del grupo Kanjani8, por la inspiración para decidirnos a hacer chorradas como esta, especialmente al último, que casualmente cumple hoy 29 añitos. Y son añitos y no añazos, porque el tronado melenudo este es realmente diminuto de estatura, aunque su voz cuando no canta baladas moñas sea tan grande como para llenar un teatro él solo, creedme.

(*) Al padre de Tadayoshi también le doy las gracias por las brochetas de pollo de su restaurante yakitori, que no tienen nada que ver con la realización de este video, pero estaban de muerte.

sábado, 18 de septiembre de 2010

Llegada a Kioto, Museo del Manga, Pontochō y Fushimi Inari Taisha, o el ataque de los mosquitos asesinos (Parte II)

Este año cambiamos de compañía aérea, y volamos con Lufthansa, que coordinaba el trayecto con la All Nippon Airways (ANA), y tengo que decir que el cambio fue excelente por lo que respecta a ambas compañías, así que si puedo elegir, para la próxima me apunto de nuevo a ellas (ya sé que los aviones de la Japan Airlines son más bonitos, pero qué le vamos a hacer).
La intención era dormir como una marmota todo lo que pudiera, pero descubrir la magnífica pantalla táctil que tenían los asientos, con un surtido de juegos, una programación y un canal de pelis niponas divino, nos hizo estar en vela medio viaje viendo películas como esta. Leches, que llevábamos meses esperando para encontrar “Ningen Shikkaku” en internet y casi gritamos al encontrarla allí. Total, como seis horas con los auriculares y los ojos vidriosos ya. Es lo que pasa con dos cinéfilas en un avión. Curiosidad: canal de audio de grandes éxitos en versión cajita de música. Casi muero (de risa) al oir “Crazy Moon” de Arashi en ese plan XDD.


Aterrizamos en Tokio y el sol prometía juerga, aunque nada comparado con lo que nos esperaría los días siguientes. Tomamos un Shinkansen Hikari (tren bala) bien tempranito, con nuestros asientos convenientemente reservados el día anterior. Es famosa, y yo lo confirmo, la red de transportes japonesa y su eficacia. La mejor que he conocido en casi todos los aspectos, seguida de Alemania. Lo mejor es que nunca te quedas sin billete, pues, además de la gran cantidad de trenes que salen al día atravesando el país y de lo larguísimos que son, tienen varios vagones convenientemente indicados exclusivamente para pasajeros sin reserva de asiento. Esto quiere decir en gaditano “el que lo coja, pa él”, y si no has tenido tiempo de reservar o simplemente se han agotado los asientos reservados, pues entras allí con tu billete y punto. Incluso en el hipotético caso de que estuviera lleno y te tocara ir de pie, podrías viajar el día y la hora deseada, lo cual me hace recordar la antelación de semanas con la cual suelo tener que comprar un mísero billete para alguno de los dos únicos trenes diarios hasta Madrid.


En fin, el vagón comodísimo y con un espacio tremendo entre asientos, pero con una pequeña pega: no tiene espacio para almacenar maletas grandes durante el trayecto, o al menos no lo encontramos. No me explico el por qué de esto pero el caso es que teníamos que llevar nuestras maletas con nosotras, que sí, que caben, pero eran o las maletas o mis piernas, y ganaban las maletas, así que estuve todo el trayecto desde Tokio hasta Kioto con una postura absurda.


En Kioto, exceptuando dos líneas de metro que dividen a la ciudad en cuatro cuartos, el nutrido ramillete de líneas de bus se convierten en el principal medio de transporte, pero aun así los trayectos a pie se me hicieron un mundo, y Tokio se me antojaba más manejable a pesar de ser muchísimo más extensa, aunque no niego que el clima y el agotamiento físico pudieron respaldar en esta apreciación. Eso sí, los mapas engañan una barbaridad en cuanto a distancias.

Como teníamos cuatro horas por delante antes de poder tomar posesión de nuestra habitación, y andar por la calle era lo más parecido a pasear por dentro de un horno crematorio, optamos por adelantar una de las visitas programadas: el Museo Internacional del Manga de Kioto. No solo es un sitio interesantísimo y agradable, sino que se está muy fresquito, lo cual era en ese momento una necesidad vital para mí.


No me extenderé aquí porque ya lo describo detalladamente en mi artículo del próximo número de la revista Foro Esther que ya enlazaré por aquí para que lo veáis, pero es realmente un museo-biblioteca muy completo que bien vale la visita para cualquiera que aprecie el noveno arte y las artes gráficas en general, adaptado para todas las edades, con montones de actividades y un Fénix grandísimo de Osamu Tezuka (pendiente tengo mi monográfico sobre él) para que los admiradores como yo babeemos y nos hagamos una foto. Porque no solo hay tradición y templos en Kioto.


Después de comer e instalarnos en nuestro hotel (creo que este hotel merecerá otro post aparte), y dado que ya no era hora de ir a visitar ciertos lugares y, sin embargo, un momento estupendo para recorrer otros, volvimos a tomar un tren, esta vez con destino al apeadero del Fushimi Inari Taisha, al sureste de la ciudad.

Igual por nombre no os suena a algunos de vosotros, pero si os pongo una escena en la mente, es posible que os suene a algunos más. Una película, “Memorias de una geisha”. Sayuri de niña corriendo por un túnel precioso de toriis rojas. Pues ese lugar.



El año pasado ya mencioné a la diosa Inari, y es que en Japón se calcula que hay unos 30000 santuarios sintoístas dedicados a ella, con sus características figuras de zorros de piedra, y este es uno de los más importantes. Inari se consideraba inicialmente protectora de las cosechas y del arroz, pero con el tiempo evolucionó para relacionarse con la riqueza y la prosperidad en los negocios. Es por ello que el sendero boscoso recorre casi 5 kilómetros bajo miles de estas torii alineadas, que son donaciones de agradecimiento de particulares o de grandes empresas.



Las primeras estructuras de este complejo de santuarios se levantaron en el año 711, si bien cuando cobró importancia fue ya en el periodo Heian, en el que Kioto fue la capital del país. Después, a lo largo de los siglos, han sufrido varias reconstrucciones y cambios de ubicación hasta llegar al aspecto actual.



Mi apreciación personal es que lo que son los santuarios del Fushimi Inari Taisha no son en sí mismos ni más ni menos bellos que muchos otros que se pueden visitar en cualquier punto del país. Lo realmente espectacular es el paseo por esos senderos que discurren entre montañas. Hicimos caso a la recomendación leída en alguna parte de transitar por ellos hacia el anochecer, cuando caen las sombras y el aire se torna misterioso, casi mágico y un poco fantasmagórico.


Fue un paseo indescriptible, capaz de estimular la mente para que imagine decenas de historias, románticas, de terror y de cualquier clase, y a buen seguro que a esa hora estaba mucho más tranquilo que a otras, cuando las hordas de excursiones concertadas invaden cualquier lugar visitable. A esa hora te cruzas con el suficiente número de seres humanos como para no acojonarte mucho, sin que estorben a la hora de sentirte en conexión con el lugar y de llevarte horas intentando sacar una foto, no ya que plasme mínimamente el espíritu del paisaje, sino simplemente de que se vea algo. Madre mía, qué difícil es sacar fotos de noche y qué bien me hubieran venido unos cuantos consejos sobre toquetear parámetros de la cámara. Sé de alguien que se horrorizará por dos cosas: por los crímenes perpetrados con mi cámara, y por no estar allí para hacer fotografías como dios manda.




Es una experiencia ciertamente relajante a pesar de la fauna. Y cuando hablo de la fauna hablo de los mosquitos. Amigos, los mosquitos del Fushimi Inari son unos chupasangres profesionales de primera, ¡y no los cursis de los Cullen! Pero qué digo, esos no eran mosquitos, sino avionetas, a juzgar por las señales que me dejaron. Ni siquiera mi siempre eficaz frasco de repelente me sirvió absolutamente de nada, porque los mosquitos se cachondearon de él en toda mi cara. Casi pude oir sus carcajadas y los codazos que se daban unos a otros mientras se descojonaban de mi inútil capa de Aután. Y profesionales, ¿eh? Porque ni me di cuenta hasta que no vi a posteriori que me habían dejado las piernas como un cristo.

Hoy, veinticinco días después, aun tengo marcas de las picaduras, y no estoy exagerando. A pesar de ello, si regreso a Kioto alguna vez (que regresaré), intentaré volver a dar el paseo, para verlo con otra luz diferente. A ser posible en otra época del año diferente también.



Siendo aun bastante temprano, aun teníamos tiempo de ver otro de esos lugares con encanto que definitivamente merecen ser vistos, y también de noche: el Pontochō.


El Pontochō se centra en un largo y estrecho callejón totalmente flanqueado por tradicionales restaurantes y bares de estilo japonés, y cuya iluminación depende casi exclusivamente de los farolillos o letreros luminosos de estos locales. Su resplandor anaranjado en contraste con la oscuridad del la calle le confieren cierta atmósfera de algo prohibido pero muy elegante. Otra imagen que me hubiese gustado plasmar mejor en fotografías.



La sensación de estar en un lugar con aroma a antiguo se refuerza al encontrarte con parejas jóvenes paseando en yukata, o al cruzarte incluso con alguna que otra geisha auténtica dirigiéndose a su cita. Hay que resaltar que las geishas no suelen llevar ese maquillaje y peinado tan recargados que os vendrá a muchos a la imaginación. Esa apariencia suele estar reservada a las maiko o aprendices de geisha. Las normas básicas de comportamiento indican que no hay que molestarlas ni hacerles foto directamente, así que como buena turista que soy, cumplí.


El aspecto exterior de los establecimientos tiene esa sencillez increíblemente bella de la arquitectura japonesa, con algunos detalles propios de Kioto según nos explicó Naomi-san.


Pero un momento. ¿No os he hablado de Naomi-san? Pues es alguien que conocimos allí. Algunos recordaréis del año pasado la historia del señor mayor que nos ayudó a encontrar una ruta de vuelta alternativa a Tokio, y que nos cantó en medio del tren “Malagueña salerosa” de paso. Fue una anécdota divertida y un buen ejemplo de la enorme amabilidad de los japoneses, para nada un hecho puntual.

Estábamos Claire y yo en una estación de metro dudando qué ruta y qué parada nos convenía para ir al Pontochō, y creo que ya he comentado alguna vez que allí casi no se puede dudar sin que alguien te ofrezca su ayuda, aunque tú no la pidas. Puede que no todo el mundo esté de acuerdo con lo que digo, pero mi experiencia es que aquí no me ha pasado nunca, y en otros países muy muy puntualmente, y no de esta forma.

Naomi-san nos vio allí paradas estudiando nuestro esquemático plano de transportes y ella probablemente volvía de trabajar. Aparentaba estar cercana a los cuarenta (aunque me resulta difícil precisar, porque allí todo el mundo me parece más joven de lo que es), y vestía con mucha elegancia. Nos preguntó con una gran sonrisa y en un inglés un poco renqueante que hacia dónde íbamos, y resolvió que desde aquel sitio era un poco complicado explicarnos cómo llegar, ya que había que hacer transbordo y callejear un poco. Así que ni corta ni perezosa dijo “venid conmigo”, y dio media vuelta, llevándonos hasta el mismísimo lugar, en dirección contraria hacia la que ella iba inicialmente y, como ya he dicho, con transbordo y paseo incluido, una media hora de trayecto.

Durante el camino hablamos de esto y aquello, de que era nuestra segunda visita al país pero la primera vez en Kioto, que estábamos intentando aprender el idioma y, no sé cómo, acabamos hablando como no de Arashi, porque para variar a ella también le gustaban, y al final en ese país siempre salen a relucir estos hombres por alguna parte. Cualquier día saldrán en los billetes de mil yen. Y también tuvimos nuestro momento canción, por supuestísimo. Naomi-san vio el colgantito de Totoro que llevo en el móvil y le entusiasmó. Alucinó con que las películas de Ghibli fueran relativamente populares en España, y al final acabamos canturreando las tres la cancioncilla de “Mi vecino Totoro” partidas de risa en mitad del tren.


Bueno, una vez que llegamos le pedimos que, ya que había venido hasta allí, se quedara un poco con nosotras mientras veíamos aquello, cosa que hizo encantada, y de esa forma disfrutamos de un buen paseo mientras nos explicaba algunas cosas y hacíamos fotos. Cuando tuvo que marcharse intercambiamos tarjetas para enviarle las fotos y nos despedimos. Una persona realmente simpática y servicial.

Como siempre, la calidez humana se convierte en lo mejor del día.



Y el momento musical de este post nos lo trae el gran John Williams con uno de los extraordinarios temas que compuso para “Memorias de una geisha”.


domingo, 12 de septiembre de 2010

Maldito Sol (Parte I)

Tadaima! (traducción: ¡Ya estoy en casa!)

Por si alguien tenía dudas, realmente he vuelto.

Me debato ahora entre amenazas de muerte contradictorias. Unas para que explique mi viaje con todo detalle, y otras para que no se me ocurra llevarme otra vez hasta diciembre sacando más capítulos que “Arrayán”. Siento decir a los segundos que han ganado los primeros. O sea, que preparáos.

Este año hemos pasado, además de por Tokio, por Kioto, Osaka, Nara, Kobe y algún que otro lugar lejano (absurdo para la humanidad, de vital importancia para nosotras) a la par que interesante al que hemos llegado en tren sin saber muy bien como. Hemos hecho turismo, muchísimo turismo histórico-friki-gastronómico-socio-cultural, hemos conocido a un montón de gente, hemos hecho cola (sí, señores, esta vez no nos hemos colado), hemos saltado y gritado en un concierto, hemos hecho deporte, nos hemos metido en fregados en los que la mirada de la gente parecía decir “qué hacen aquí estas dos pobres extranjeras, deben haberse perdido”, nos han atacado los animales salvajes, y he bebido agua, muuuuuuucha agua.

Porque el calor ha sido inhumano los primeros días en Kioto, aunque simplemente brutal los posteriores. En vez de echar monedas a las máquinas de agua parecía que estaba enviciada a las tragaperras. Una botella tras otra. Y tengo un bronceado albañil que tendríais que verme. Sinceramente, me sobró un poco del maldito sol durante estas dos semanas, porque casi pudo conmigo.

¿Las fotos? Pues para el próximo post, que aun estoy revisando las 3000 y pico que hemos sacado.

En esta ocasión intentaré complementar cada post con algún clip musical de la mucha música que ha sonado en mi mente y en mis oídos durante todos estos días, y que por un motivo u otro son la perfecta banda sonora del tema en cuestión, así podréis leer, ver las fotos, escuchar la música, o pasar de mi blog y no hacer ninguna de esas cosas.
Así que os dejo con el rock de los Orange Range y su Malvado Sol: “Ikenai Taiyou”.