



Además de lo que teníamos en mente, en nuestras pequeñas incursiones en el Lawson del barrio compramos todas aquellas porquerías que nos llamaran la atención para su debida degustación, como las patatas con sabores de verduras y hortalizas que no estaban nada mal. Aunque lo que me hubiera gustado realmente era saquear los interminables mostradores de confitería de lujo de los almacenes Takashimaya de Shinjuku.
Tampoco podía faltar la visita a un restaurante de sushi. Una cosa es que no lo coman todo el rato y otra que nos fuéramos sin probar algo tan típico, aunque a mí no me atrajese especialmente. El lugar elegido fue el Pinkotona, un restaurante bastante chic de Roppongi Hills, zona pijísima por antonomasia después de Ginza. Era un lugar encantador con un enorme mostrador giratorio doble por donde circulaba la comida más bonita que he visto nunca. Tras la barra, varios maestros de sushi encargados de que siempre hubiera un buen surtido disponible, o para preparar al momento y de forma espectacular cualquier pieza de sushi de la carta que le indicases.
Delante de cada asiento tenías tu salsa de soja, un bote con té matcha y un reluciente grifo de agua hirviendo para prepararte todo el té que quisieras. Platos de seis colores y seis precios diferentes, del blanco a 150 yenes hasta el negro a 650 (los de atún rojo).
Tengo que aclarar que, salvo excepciones, no soy muy aficionada al pescado, así que no lo comí en todo el viaje, y menos crudo. Por eso opté por escoger sushi de cosas que no fueran pescado, ya que lo había de verduras, de huevo, de tofu e incluso de rosbif. Hay que decir que una vez probado , con lo bueno que estaba, era un crimen ver pasar el plato por delante y no repetir. Exquisito todo, y nos fuimos cenaditas por menos de 8 euros.
Parecíamos turistas gastronómicas de lo más serias, sin embargo confesaré aquí mismo que todo ello no era más que una tapadera para un plan ulterior relacionado con nuestro frikismo común. Veréis...




Si hubiéramos tomado la línea JR en lugar de la Tobu, habríamos llegado a la otra estación de Nikko, toda de madera, que es la más antigua de Japón, pero con nuestro pase tenía que ser necesariamente esa ruta.
Al bajar de nuestro tren teníamos que tomar un microbús que atravesaba el río y te dejaba a los pies de la estatua-fuente de Shodo Shonin para iniciar el itinerario.
Dudamos si bajar dando un paseo por los alrededores antes de subir a los templos, porque el sendero que se abría delante de nosotras era de lo más atractivo, discurriendo en pendiente paralelo al río hasta las pozas de Ganman-ga-fuchi. Finalmente decidimos abandonar la idea, ya que los templos cerraban a las cuatro y media, y las pozas ni se divisaban, pero dice la leyenda que si cuentas las estatuas sagradas que bordean el camino nunca te sale el mismo número, y aparecen y desaparecen a su antojo, e incluso alguna de ellas sonríe por ello. Vamos, que se cachondea de tí. La versión oficial es que son setenta, pero me gusta más la otra versión y alguna vez regresaré para comprobarlo.
Dicho esto, nos acercamos al primero de los templos, el Rinno-ji, anteriormente llamado Shihonryu-ji, fundado en el año 766. Su pabellón principal es el más grande de Nikko y es famoso por albergar las imágenes doradas del Buda Amida, Kannon Senju y Kannon Bato, de unos ocho metros de altura.

Tras el pabellón nos encontramos con un jardín de estilo Shoyoen que me hizo plantearme cómo es posible que existan esas maravillas y yo solo tenga una maceta seca en mi casa.
Es una suerte que esté tan bien marcado el camino de un templo a otro, porque allí se pierde fácilmente la orientación, y simplemente sigues hacia delante, pero no sabría señalar hacia qué lado quedaba nuestro punto de partida. Pero, mira por dónde, el pequeño quiosquito rojo que se ve en esta avenida de cedros es nada menos que una oficina de correos ideal para echar todas las postales que llevaba encima.

El camino llevaba hasta el Santuario Tosho-gu, que fue construido como mausoleo por Iemitsu para su abuelo Tokugawa Ieyasu, del que ya hablé aquí.
La arquitectura de este conjunto es, como casi todo en Nikko, una mezcla de estilos budista (hiperdecorativos) y sintoísta (más sencillitos). El primer acceso es una gran tori de granito y el segundo una puerta Niomon flanqueada por dos acojonantes estatuas de Nio, una vocalizando la primera letra del sánscrito y otra la última.
Una vez en el interior del patio que distribuye todas los pabellones y dependencias del Tosho-gu, aparte de unos almacenes, una pagoda de cinco plantas, una fuente, una biblioteca de sutras, un campanario y algunas cosillas más (todo sagrado), lo que más llama la atención es el establo (sagrado también), que se supone que cobija a un caballo donado por el gobierno de Nueva Zelanda. Igual estaba de vacaciones porque no parecía estar dentro. El establo llama la atención porque es de madera sin pintar, al contrario que todo lo demás en Nikko, que está pintado, dorado o laqueado. Tan solo está decorado con un relieve de los tres monos sabios, Kikazaru, Iwasaru y Mizaru. Son los de arriba.

Desde allí abajo se tiene una perspectiva realmente majestuosa del santuario y es, probablemente el más espectacular de todos los que vimos. Frente a la tori de madera y las escalinatas sellamos nuestra promesa de volver, y dejamos nuestra tablilla con nuestro deseo conjunto, y en verdad no podríamos haber escogido mejor lugar ni más simbólico.
En lo alto del penúltimo tramo de escalones estaba el elemento arquitectónico más característico del Tosho-gu, que es la puerta Yomeimon, tan decorada y tan 'sencilla' como vendida en el Ikea. La fastuosidad de esa puerta merece una parada larga para observar los detalles de los relieves con atención porque es un auténtico espectáculo visual. Tanto es así, que una de sus columnas está hecha boca abajo deliberadamente para no enfadar a los espíritus celosos por tanta perfección.
Lo curioso es que todo esto fue construido en dos años, por nada menos que 15.000 artesanos de todo el país que tallaron, pintaron, doraron y laquearon cada centímetro de superficie. Yo sé de una que lleva cinco años de reformas, y solo se trata de alicatar aquí y allí. Pero claro, no tiene 15.000 peones.
Nos dirigimos al Santuario Futara-san, para lo que volvimos a salir pues por la tori de granito, desde donde abruma el panorama de la avenida de cedros que se abre a tus pies.

A todo esto, ya eran pasadas las 4 de la tarde y sin almorzar, pero no podíamos ni plantearnos la pausa a pesar de los rugidos de protesta de nuestro estómago, así que unas patatitas y para adelante. Al fin y al cabo solo nos quedaba un santuario por visitar, el Santuario Taiyuin-byo, que era el más escondido de todos.
Es difícil describir la sensación de transitar por este camino, pero se puede decir que te envuelve. Te envuelven las sombras densas, el color verde, el aire fresco y extra húmedo, y el sonido de los arroyuelos y de los insectos (que ya dije que sonaban diferente a los de aquí).

Nos íbamos encontrando puertas, fuentes y escalinatas que indicaban que sí, que nos acercábamos a la meta, pero cuando crees que llegas arriba, a tu lado se abre otra nueva escalinata u otra nueva puerta que lo desmiente.
Subiendo es imposible dejar de mirar hacia atrás, porque a medida que el terreno se hace más elevado ganas el privilegio de curiosear las áreas que no están abiertas al público y forman parte del recinto privado de los monjes.

Por fin cruzamos la puerta Yashamon, justo a la hora. De hecho fuimos las últimas en entrar y solo quedaban dentro tres o cuatro personas. Aun así nos dio tiempo a descalzarnos y a verlo por dentro, así como encontrar la tumba de Iemitsu. Este shogun no solo fue el hizo de Nikko lo que es hoy día, sino que fue el que inició la política aislacionista que imperó en Japón durante doscientos años. Aislarse no es bueno pero, en cierto modo, eso marcó el destino y la forma de ser de lo que es el país actualmente, así que quizás debería haberle dado las gracias.
Aprovechamos para comprar algo de artesanía local, cuya especialidad es la madera, y con bastante pena nos dimos cuenta de que quedaba poco para que pasara el último autobús de vuelta, y allí había mil cosas por ver, pero imposible en un día.

Después de pasarnos por la tienda de la cadena de televisión y salir con sendas camisetas de Goku, y de que Clara se comprara nada menos que cinco tazones que llevaba buscando ni se sabe cuanto, nos llegó la hora de la cita para la exposición (sí señor, te daban cita, y para varias horas), y acabamos jugando a esto , que era al fin y al cabo lo que queríamos. Los chicos encargados de la sala y del juego creo que nos miraban con cierta compasión y asombro, preguntándose qué hacían tres extranjeras que no saben ni papa de japonés, chorreando de cabeza a pies, cargadas de bolsas, y haciendo cola para jugar a un juego de la tele de allí. ¡Pues el tonto, por supuesto! El lema es "si no haces el tonto no resulta ni la mitad de divertido". Intentaron explicarnos el mecanismo del juego y nosotras en plan "sí, sí, si ya sabemos... :D".
Se puede considerar que la frikada del día estaba cumplida, y así la tachamos de la lista.
La otra cosa que queríamos visitar en Odaiba era el Oedo Onsen Monogatari, un famoso complejo de aguas termales al aire libre ambientado en la época Edo, en el pretendíamos pasar parte del día paseándonos en yukata y bañándonos en estanques de piedra con agua calentita. Obviamente esa idea estaba descartada desde que salimos de casa, así que tendrá que ser en otra ocasión. ¡Pero me chifla la web oficial del Oedo Onsen con su musiquita enka! :D
No podíamos volver a casa sin hacernos por lo menos la foto delante de la estampa más emblemática de Odaiba, que es el Rainbow Bridge con la réplica de la Estatua de la Libertad delante, a pesar de que ese día no se apreciara el precioso atardecer que suele verse desde ahí. No es precisamente nuestra mejor foto, pero me gusta. Parecemos muy relajadas y contentas, y contentas estábamos un rato, pero relajadas no tanto, porque en la pasarela elevada donde estábamos, el viento arrastraba y azotaba que daba gusto, motivo por el cual no nos acercamos más a la estatua.
En fin, que me cayó más agua que en toda mi vida, y no me importó demasiado, y ni así pegué ni un pequeño estornudo. Por suerte no fue un tifón como el que ha azotado hoy la región, y a pesar de todo lo pasamos bien, porque todo lo que se moja se acaba secando, aunque los zapatos tardaran dos días en hacerlo a la puerta del hotel, y los calcetines tuviera que tirarlos...







Por supuesto el Yoyogi tiene el elemento espiritual representado por su templo sintoísta, que es el Meiji-jingu.
Este templo suele utilizarse con cierta frecuencia para la celebración de bodas de tipo tradicional, aunque cada vez se ven menos hoy día. No sé si porque deben resultar más caras o qué, pero parece que las familias con cierto nivel son las que siguen manteniendo este rito tradicional. Siguiendo con la suerte que nos acompañó casi todo el viaje, tuvimos la fortuna de toparnos con el reportaje fotográfico de una de estas bodas, y allí estaban todos los paseantes como nosotras dejando constancia del evento.


