martes, 27 de octubre de 2009

Esto es una historia de chico conoce a chica...

..., pero no es una historia de amor, sino una historia sobre el amor.


Con esta premisa empieza 500 Days of Summer (500 Días juntos), con lo que ya nos da una idea de que no es exactamente lo mismo de siempre. En realidad la historia es más vieja que el mundo, pero contada con un planteamiento algo diferente del habitual, lo que le aporta cierta originalidad.

La historia de Tom y Summer es agridulce, pero sumamente agradable, de las que te ganan el corazoncillo y te arrancan la sonrisa.
Me encantaron sus protagonistas Joseph Gordon-Levitt (¿me lo puedo quedar?) y Zooey Deschanel, las referencias cinéfilas y musicales (se nota que el director se ha llevado toda la vida haciendo videos musicales, y además escucha la misma música que escucho yo, lo cual es otro aliciente para mí). Me divirtió mucho reconocerme en muchos de los pensamientos y actitudes de Tom (he preguntado que si me lo puedo quedar) y me fascinó la ropa de Summer.

Dejo un video musical de una de las canciones que se oyen durante la película, que hace mucho que no escuchaba. Puro optimismo. "Mushaboom" de Leslie Feist.

sábado, 24 de octubre de 2009

Capítulo 11: Tres turistas gastronómicas (I): catando bajo la lluvia

Hay cantidad de gente que cuando se entera de que piensas ir a Japón (no sabréis nunca cuánta hasta que no comencéis a hablar con los demás de vuestro futuro viaje), automaticamente cree que vas a China, advirtiéndote de todas las cosas, ciertas o no, buenas y malas (casi siempre malas), que "saben" sobre aquello, como que tendrás que comer todos los días en un McDonald's ('Macdonardo' para los locales XD) si no quieres alimentarte de insectos y perros fritos.

Y es que, señores, la ignorancia es mucha, sobre todo en geografía. Si hablas de japoneses, te mencionan a los chinos. Si hablas de los coreanos, te mencionan a los chinos. Si te pones la coleta muy tirante, creen que eres china. Si hablas de los Tailandeses, más chinos. Si mencionas a los Vietnamitas, para qué os cuento. Es como si cuentas que vas a viajar a París y todo el mundo os hablara del muro de Berlín.

Señora A: - "Oye, me he acordado de tí, ¡no veas las inundaciones que hay en China!".
Pensamiento de Elphaba: - "¡¿?!"

Señora B: - "¡Hola! ¿Tú no ibas a China? ¿Ya has vuelto?"
Elphaba: - "Pues no... ni siquiera he ido..."

Señora C: - "Ah, ¿pero que has estado en Japón? Mi sobrina también ha estado en China. ¡Hay que ver cómo están allí!".
Elphaba: - "........."

Por otra parte hay también mucha (muchísima) gente que, aunque sepa más o menos que Japón no está en China, cree que la dieta cotidiana nipona se basa exclusivamente en pescado crudo. Como si los españoles comiésemos paella a diario, vamos. Es por ello que la comida es de las cosas que más inquieta a la gente antes de ir. No era nuestro caso. No sé bien por qué, pero si en las series siempre salen cantidad de escenas de comida, en los programas de televisión no se quedan cortos, y en la mitad de los programas que veo, los presentadores o los invitados acaban comiendo o cocinando algo, en plan "Con las manos en la masa", y realmente algunas cosas tienen una pinta estupenda.

Cada una teníamos un listado de platos que queríamos probar, como el arroz hayashi o el katsukare. El arroz siempre estaba presente de alguna forma, y lo cierto es que también lo cocinan riquísimo, incluso cuando es en blanco. Yo soy muy sopera, así que también estaba de enhorabuena porque la mayoría de los menús incluían un cuenco de sopa que, exceptuando la de miso, nunca llegué a saber de qué era, únicamente que tenían verduras flotando.


En general la mitad de las veces no solíamos saber exactamente lo que estábamos pidiendo. Bueno, al menos era capaz de distinguir la palabra 'cerdo' en una carta, pero teníamos la ventaja de que muchos menús tienen foto, y también ayudaban los típicos escaparates con comida falsa a la hora de escoger restaurante.


Claire, por su parte, probó casualmente el unadon (anguila o unagi con arroz) y tanto le gustó que llegó a repetir varias veces durante nuestra estancia.

Asimismo, siendo dulcera como soy, llevaba en mente el propósito de degustar los dangos (que no nos gustaron demasiado, pero creo que fue en parte porque compramos unos de elaboración industrial que no eran muy buenos), los dorayakis rellenos de anko o pasta de judías rojas dulces, que me volvían loca y me zampaba a diario (agoté las existencias en el Lawson me parece a mí), o el meronpan, que es una especie de pan dulce con una corteza ligeramente crujiente y un suave sabor a melón, porque está elaborado con jugo o esencia de esa fruta. Encontré delicioso el meronpan, yo que suelo renegar de la fruta mezclada con el dulce, y encima casi tuve que ir tapándome los ojos para no ver el resto de la bollería exquisita que tenían en aquella tienda. Menuda vista y menudo aroma, que sería la envidia de la cadena Mallorca.


Además de lo que teníamos en mente, en nuestras pequeñas incursiones en el Lawson del barrio compramos todas aquellas porquerías que nos llamaran la atención para su debida degustación, como las patatas con sabores de verduras y hortalizas que no estaban nada mal. Aunque lo que me hubiera gustado realmente era saquear los interminables mostradores de confitería de lujo de los almacenes Takashimaya de Shinjuku.

Tampoco podía faltar la visita a un restaurante de sushi. Una cosa es que no lo coman todo el rato y otra que nos fuéramos sin probar algo tan típico, aunque a mí no me atrajese especialmente. El lugar elegido fue el Pinkotona, un restaurante bastante chic de Roppongi Hills, zona pijísima por antonomasia después de Ginza. Era un lugar encantador con un enorme mostrador giratorio doble por donde circulaba la comida más bonita que he visto nunca. Tras la barra, varios maestros de sushi encargados de que siempre hubiera un buen surtido disponible, o para preparar al momento y de forma espectacular cualquier pieza de sushi de la carta que le indicases.


Delante de cada asiento tenías tu salsa de soja, un bote con té matcha y un reluciente grifo de agua hirviendo para prepararte todo el té que quisieras. Platos de seis colores y seis precios diferentes, del blanco a 150 yenes hasta el negro a 650 (los de atún rojo).


Tengo que aclarar que, salvo excepciones, no soy muy aficionada al pescado, así que no lo comí en todo el viaje, y menos crudo. Por eso opté por escoger sushi de cosas que no fueran pescado, ya que lo había de verduras, de huevo, de tofu e incluso de rosbif. Hay que decir que una vez probado , con lo bueno que estaba, era un crimen ver pasar el plato por delante y no repetir. Exquisito todo, y nos fuimos cenaditas por menos de 8 euros.



Parecíamos turistas gastronómicas de lo más serias, sin embargo confesaré aquí mismo que todo ello no era más que una tapadera para un plan ulterior relacionado con nuestro frikismo común. Veréis...

domingo, 18 de octubre de 2009

Basterds



Soy consciente de que un director como Quentin Tarantino desata tanto pasiones como odios, y supongo que ninguna de las dos cosas son buenas a la hora de juzgar. Lo bueno es dejarte llevar por lo que te gusta en ese momento sin que el ser fan o antifan acérrimo te condicione a la hora de disfrutar, y lo mejor de esto es que las decepciones son menos dolorosas, y las sorpresas positivas más sorprendentes, y más positivas. Habrá quien diga que es una mierda, pero para mí que Tarantino se ha superado, y con creces. Mucho he tardado yo en ir a ver "Malditos Bastardos", pero si llego a saber lo contenta que iba a salir, voy antes.

La verdad es que no sé por dónde empezar porque no me gusta meterme en tecnicismos de los que no sé en realidad, pero me parece que Tarantino ha confeccionado una película genial, con una guión de primerísima calidad y un lujazo de intrepretaciones, entre las que no creo que Brad Pitt sea ni lo mejor ni lo más importante a pesar de la imagen de las promociones. La trama me ha parecido apasionante, y tiene algunos de las mejores diálogos que ha hecho para mi gusto, consiguiendo momentos intensísimos y de un peso dramático que no me esperaba en él, e incluso más escalofriantes que los momentos de violencia explícita. No deja de lado su habitual humor negrísimo, pero en la balanza final para mí han pesado más los momentos serios.


Es posible que esta se vaya a convertir en una de esas películas en las que tendré muchas escenas favoritas, aunque ahora mismo las que me vienen a la mente más a menudo son la del comienzo, en casa del lechero, y la de la taberna francesa. Hay que saborearlas, sin más.


En cuanto al reparto creo que los que se comen con papas la peli sin ninguna duda son el austriaco Christoph Waltz y la francesa Mélanie Laurent, que dan vida al inquietante coronel Hans Landa y a la tenaz Shosanna Dreyfus respectivamente, y espero con todas mis ganas que su trabajo en esta película no quede en una mera anécdota, sino que tenga la ocasión de verles más a menudo por la pantalla. Para Brad Pitt exijo un cambio de doblador, por piedad, que este ya empieza a oler, y es lo que tengo que soportar hasta ver la versión original.


Creo que fue Anele la que comentó que esta, al principio, no le parecía una de Tarantino, pero que al poco te das cuenta de que sí. Está llena no solo de su característico humor negro y de sus diálogos potentes, sino de sus guiños ultra cinéfilos (me encantaría poseer un bagaje peliculero suficiente como para apreciarlos debidamente), su delirio por la música, e incluso encuentra una ocasión para plasmar su fetichismo por el pie femenino.

La banda sonora es magnífica, pero no porque incluya música de Schifrin o Morricone. Es fácil hacer un refrito de temas bonitos, pero no todos consiguen que esos temas que fueron hechos para otras historias se fundan y se conviertan en el alma de su propia película. Y oye, menudo lujazo que ese alma sean cosas como 'The green leaves of summer', o 'Un amico', o 'Rabbia e tarantella'. Por no hablar del atrevimiento de usar una canción de David Bowie para una de las escenas cruciales de una película de la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo es la canción perfecta para ello. Lo pensé en el cine, y lo reafirmo ahora que he leido la letra. Como si don Bowie se la hubiera escrito a medida.

Se dice que presenta la historia de una forma poco rigurosa y excesivamente violenta. Yo creo que la rigurosidad aquí no tiene importancia, porque es demasiado obvio que es una ficción y no se trata de lo que pasó, sino de que podía haber pasado, al menos en la imaginación de muchos. Un poco bestia tampoco voy a negar que es, pero desde luego ni de lejos más que los anteriores filmes del director, y en cualquier caso estoy bastante segura de que en la realidad sucedieron cosas así y mucho peores.


Entusiasmada me tiene.

lunes, 12 de octubre de 2009

Capítulo 10: Nikko

Cuando proyectamos este viaje tuvimos claro que, aunque nos apetecía conocer muchas otras cosas de Japón, no queríamos un viaje de esos de visitar muchísimos lugares en muy poco tiempo, y de paso no ver bien ninguno de ellos. Tokio tiene muchísimo que ver y que vivir, y no queríamos prescindir de nada de ello, al menos en la medida de lo posible, así que decidimos que acotaríamos la estancia a la capital, y que tan solo haríamos una excursión propiamente dicha (aunque luego improvisamos alguna más sin saberlo). El lugar escogido: Nikko.

Nikko (日光市) es un pueblo de la prefectura de Tochigi situado a unos 140 km al norte de Tokio, entre unas montañas que es difícil imaginar más verdes. Hace más de 1200 años el sacerdote budista Shodo Shonin cruzó el río Daiya, sobre dos serpientes gigantes según dice la leyenda, de camino al monte Nantai. Como resultado de eso fundó el primer templo de Nikko, el Rinno-ji, y en el lugar donde supuestamente atravesó el Daiya la dos serpientes se transformaron en el puente Shinkyo. Hoy día Nikko acoge un conjunto valiosísimo de templos y santuarios que están considerados como Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, y la lectura de los caracteres con que se escribe su nombre significan esplendor. Así que haceos una idea de lo que prometía el sitio.

Había muchos trenes que partían de la capital hasta Nikko, pero optamos por comprar un pase bastante económico que incluía el trayecto ida-vuelta y la entrada a los templos y santuarios principales. Su validez es para dos días, pero nosotras íbamos a ir y a volver en la misma jornada. El tren Tobu que teníamos que coger salía de Asakusa, y creo que debía parar en absolutamente todos los pueblos, pedanías y apeaderos de la región de Kanto, porque tardaba dos horas y cuarenta minutos en llegar a su destino (cuestión de precios). La ventaja de todo eso es que en aquel paseo tuvimos el privilegio de contemplar y fotografiar unos paisajes sin desperdicio desde el mismo instante en que abandonamos el territorio urbano. También dio tiempo a escribir unas postalillas y a dormir un rato, todo hay que decirlo.


La frase del recorrido fue la siguiente: "yo me imagino vestida con uniforme de colegiala de esos de marinerito, atravesando estos campos en el asiento de atrás de la bici del chico". No revelaré quién fue la autora de esta gran frase porque la que no lo dijo lo pensó. Sí señores, hemos visto muchos doramas.

Si hubiéramos tomado la línea JR en lugar de la Tobu, habríamos llegado a la otra estación de Nikko, toda de madera, que es la más antigua de Japón, pero con nuestro pase tenía que ser necesariamente esa ruta.

Al bajar de nuestro tren teníamos que tomar un microbús que atravesaba el río y te dejaba a los pies de la estatua-fuente de Shodo Shonin para iniciar el itinerario.


Dudamos si bajar dando un paseo por los alrededores antes de subir a los templos, porque el sendero que se abría delante de nosotras era de lo más atractivo, discurriendo en pendiente paralelo al río hasta las pozas de Ganman-ga-fuchi. Finalmente decidimos abandonar la idea, ya que los templos cerraban a las cuatro y media, y las pozas ni se divisaban, pero dice la leyenda que si cuentas las estatuas sagradas que bordean el camino nunca te sale el mismo número, y aparecen y desaparecen a su antojo, e incluso alguna de ellas sonríe por ello. Vamos, que se cachondea de tí. La versión oficial es que son setenta, pero me gusta más la otra versión y alguna vez regresaré para comprobarlo.



Dicho esto, nos acercamos al primero de los templos, el Rinno-ji, anteriormente llamado Shihonryu-ji, fundado en el año 766. Su pabellón principal es el más grande de Nikko y es famoso por albergar las imágenes doradas del Buda Amida, Kannon Senju y Kannon Bato, de unos ocho metros de altura.


Tras el pabellón nos encontramos con un jardín de estilo Shoyoen que me hizo plantearme cómo es posible que existan esas maravillas y yo solo tenga una maceta seca en mi casa.


Es una suerte que esté tan bien marcado el camino de un templo a otro, porque allí se pierde fácilmente la orientación, y simplemente sigues hacia delante, pero no sabría señalar hacia qué lado quedaba nuestro punto de partida. Pero, mira por dónde, el pequeño quiosquito rojo que se ve en esta avenida de cedros es nada menos que una oficina de correos ideal para echar todas las postales que llevaba encima.


El camino llevaba hasta el Santuario Tosho-gu, que fue construido como mausoleo por Iemitsu para su abuelo Tokugawa Ieyasu, del que ya hablé aquí.
La arquitectura de este conjunto es, como casi todo en Nikko, una mezcla de estilos budista (hiperdecorativos) y sintoísta (más sencillitos). El primer acceso es una gran tori de granito y el segundo una puerta Niomon flanqueada por dos acojonantes estatuas de Nio, una vocalizando la primera letra del sánscrito y otra la última.


Una vez en el interior del patio que distribuye todas los pabellones y dependencias del Tosho-gu, aparte de unos almacenes, una pagoda de cinco plantas, una fuente, una biblioteca de sutras, un campanario y algunas cosillas más (todo sagrado), lo que más llama la atención es el establo (sagrado también), que se supone que cobija a un caballo donado por el gobierno de Nueva Zelanda. Igual estaba de vacaciones porque no parecía estar dentro. El establo llama la atención porque es de madera sin pintar, al contrario que todo lo demás en Nikko, que está pintado, dorado o laqueado. Tan solo está decorado con un relieve de los tres monos sabios, Kikazaru, Iwasaru y Mizaru. Son los de arriba.



Desde allí abajo se tiene una perspectiva realmente majestuosa del santuario y es, probablemente el más espectacular de todos los que vimos. Frente a la tori de madera y las escalinatas sellamos nuestra promesa de volver, y dejamos nuestra tablilla con nuestro deseo conjunto, y en verdad no podríamos haber escogido mejor lugar ni más simbólico.


En lo alto del penúltimo tramo de escalones estaba el elemento arquitectónico más característico del Tosho-gu, que es la puerta Yomeimon, tan decorada y tan 'sencilla' como vendida en el Ikea. La fastuosidad de esa puerta merece una parada larga para observar los detalles de los relieves con atención porque es un auténtico espectáculo visual. Tanto es así, que una de sus columnas está hecha boca abajo deliberadamente para no enfadar a los espíritus celosos por tanta perfección.


Lo curioso es que todo esto fue construido en dos años, por nada menos que 15.000 artesanos de todo el país que tallaron, pintaron, doraron y laquearon cada centímetro de superficie. Yo sé de una que lleva cinco años de reformas, y solo se trata de alicatar aquí y allí. Pero claro, no tiene 15.000 peones.

Nos dirigimos al Santuario Futara-san, para lo que volvimos a salir pues por la tori de granito, desde donde abruma el panorama de la avenida de cedros que se abre a tus pies.


A todo esto, ya eran pasadas las 4 de la tarde y sin almorzar, pero no podíamos ni plantearnos la pausa a pesar de los rugidos de protesta de nuestro estómago, así que unas patatitas y para adelante. Al fin y al cabo solo nos quedaba un santuario por visitar, el Santuario Taiyuin-byo, que era el más escondido de todos.

Es difícil describir la sensación de transitar por este camino, pero se puede decir que te envuelve. Te envuelven las sombras densas, el color verde, el aire fresco y extra húmedo, y el sonido de los arroyuelos y de los insectos (que ya dije que sonaban diferente a los de aquí).


Nos íbamos encontrando puertas, fuentes y escalinatas que indicaban que sí, que nos acercábamos a la meta, pero cuando crees que llegas arriba, a tu lado se abre otra nueva escalinata u otra nueva puerta que lo desmiente.
Subiendo es imposible dejar de mirar hacia atrás, porque a medida que el terreno se hace más elevado ganas el privilegio de curiosear las áreas que no están abiertas al público y forman parte del recinto privado de los monjes.


Por fin cruzamos la puerta Yashamon, justo a la hora. De hecho fuimos las últimas en entrar y solo quedaban dentro tres o cuatro personas. Aun así nos dio tiempo a descalzarnos y a verlo por dentro, así como encontrar la tumba de Iemitsu. Este shogun no solo fue el hizo de Nikko lo que es hoy día, sino que fue el que inició la política aislacionista que imperó en Japón durante doscientos años. Aislarse no es bueno pero, en cierto modo, eso marcó el destino y la forma de ser de lo que es el país actualmente, así que quizás debería haberle dado las gracias.

Aprovechamos para comprar algo de artesanía local, cuya especialidad es la madera, y con bastante pena nos dimos cuenta de que quedaba poco para que pasara el último autobús de vuelta, y allí había mil cosas por ver, pero imposible en un día.



Quiero ver los colores rojos de Nikko en otoño y los cedros cubiertos de nieve en invierno. No solo tengo que visitar las pozas de Ganman-ga-fuchi, sino muchos templos y santuarios más apartados, el jardín botánico, coger el autobús hasta el Parque Nacional de Nikko para ver las montañas sagradas, el lago Chuzen-ji, la cascada Kegon con su caída de 95 metros y alguna de las otras cuarenta y siete cascadas, o quedarme al menos una noche en uno de los famosos e impresionantes balnearios de Kinugawa con onsen de aguas termales naturales al aire libre y, por qué no, dejarme caer por el Nikko Edomura, un parque temático que recrea la vida en una ciudad del periodo Edo, en el que incluso puedes alquilar la indumentaria para pasearte vestido para la ocasión.


Creo que necesitaré el pase de cuatro días...

viernes, 9 de octubre de 2009

Capítulo 9: 雨の中で歌う A.K.A. El Tifón.

Esto se pronuncia algo así como "ame no... nosequé", y significa "cantando bajo la lluvia", que me ha parecido muy apropiado para este post, en el que el agua acompañó alguno de nuestros momentos más frikis.

Decía que empezó a llover, pero un poquitín de agua no amilana a tres mitómanas con ganas de exprimir la ciudad, así que dije "¿porqué no vamos a Shinjuku a buscar el hotel de 'Lost In Translation'?". Nos armamos con nuestros fantásticos paraguas de plástico de 300 yenes y para allá que nos adentramos por la zona oeste del distrito, donde se concentran los mayores rascacielos de grandes empresas, así como las oficinas del ayuntamiento de Tokio.


Allí oscurecía a las seis de la tarde, así que entre la hora, las nubes negras y que los horarios de oficinas ya habían terminado, no dejaba de impresionar esa larga avenida de torres gigantescas, casi amenazadoras, con cada vez menos transeuntes. Y cada vez más agua, con goterones de los que pesan.


De alguna manera identificamos el edificio, porque a mí se me antojan todos muy parecidos, y entramos en él, ya bastante pasadas por agua. El edificio del Park Hyatt de Tokyo no pertenece solo al hotel, y su recepción está a partir de la planta 9 si no me equivoco. El vestíbulo era tan grande que creo que si planto allí unos cartoncitos y monto allí mi vivienda no lo iban a notar. Total, por unos metritos... El caso es que aquello era de todo menos simétrico. Había varios pasillos, ascensores, escaleras normales y escaleras mecánicas que NO subían a todas partes. Lo miramos y remiramos todo, miramos los planos, subimos, bajamos, salimos por la puerta de atrás, nos seguimos mojando... y nada. No tuvimos narices de encontrar por dónde se subía al puñetero hotel. Quizás había que dar tres golpes en la pared y decir la contraseña para que se nos iluminara el camino. Quizás tenía sistema de seguridad para no dejar que las tres desharrapadas empapadas rompiéramos la armonía del entorno.

Pero bueno, allí estuvimos, y esta es la cutre foto que conseguimos pese al viento, el agua a mares y la oscuridad.


Chapotear por las aceras de Shinjuku oeste fue lo más parecido a andar solo por el mundo, desde luego. La noche no estaba para más visitas, y nuestras ropas y zapatos empapados tampoco, así que nos fuimos a casa con el propósito de explorar otro día la otra parte del distrito, la que sirvió para inspirar la estética de "Blade Runner".


A la mañana siguiente la cosa estaba peor, climatológicamente hablando, porque el tifón estaba en pleno apogeo y el fortísimo viento hacía que cayera agua desde los cuatro costados. Probablemente no era el mejor día para ir a Odaiba, una isla artificial en plena bahía de Tokio, prácticamente dedicada al ocio. Pero como somos así, pues nos montamos en el tren elevado Yurikamome y nos fuimos a la bahía a 'disfrutar' del tifón en todo su esplendor.


En realidad teníamos varios motivos para no dejar pasar esa jornada. Uno de ellos era la réplica del robot Gundam de 18 metros construida para conmemorar los treinta años de la serie, y que solo estaría hasta ese mismo día. La figura en cuestión se movía, echaba humo y se iluminaba espectacularmente por la noche. Esta fue una de las pocas cosas que nos fue imposible ver, porque el viento y el agua hacían casi imposible caminar hasta allí.

El segundo de los objetivos, y el más frikazo de todos, era visitar el edificio de la Fuji TV, y ese sí fue posible. ¿Y qué pintamos nosotras en la Fuji TV? Pues que a estas alturas las tres estamos bastante más al corriente de la programación televisiva japonesa que de la de aquí, y no hablo solo de los doramas con que últimamente doy la tabarra. Precisamente también ese día terminaba una exposición temporal interactiva del VS Arashi (¿Arashi? ¿Arashi? Mmm.. ¿de qué me suena?), un programa que me zampo todas las semanas sin falta. Así que allí estábamos por los pasillos de la Fuji en modo cateto: "¡mira! ¡fulanito de tal! ¡foto! ¡foto!". Claro que fulanito de tal era un cartel o una figura de cartón, pero qué ilusión hace encontrarse a Oguri Shun a tamaño gigante promocionando su última peli... XDDD

Zelgadiss es que tiene sus más y sus menos con él.

Después de pasarnos por la tienda de la cadena de televisión y salir con sendas camisetas de Goku, y de que Clara se comprara nada menos que cinco tazones que llevaba buscando ni se sabe cuanto, nos llegó la hora de la cita para la exposición (sí señor, te daban cita, y para varias horas), y acabamos jugando a esto , que era al fin y al cabo lo que queríamos. Los chicos encargados de la sala y del juego creo que nos miraban con cierta compasión y asombro, preguntándose qué hacían tres extranjeras que no saben ni papa de japonés, chorreando de cabeza a pies, cargadas de bolsas, y haciendo cola para jugar a un juego de la tele de allí. ¡Pues el tonto, por supuesto! El lema es "si no haces el tonto no resulta ni la mitad de divertido". Intentaron explicarnos el mecanismo del juego y nosotras en plan "sí, sí, si ya sabemos... :D".


Se puede considerar que la frikada del día estaba cumplida, y así la tachamos de la lista.


La otra cosa que queríamos visitar en Odaiba era el Oedo Onsen Monogatari, un famoso complejo de aguas termales al aire libre ambientado en la época Edo, en el pretendíamos pasar parte del día paseándonos en yukata y bañándonos en estanques de piedra con agua calentita. Obviamente esa idea estaba descartada desde que salimos de casa, así que tendrá que ser en otra ocasión. ¡Pero me chifla la web oficial del Oedo Onsen con su musiquita enka! :D


No podíamos volver a casa sin hacernos por lo menos la foto delante de la estampa más emblemática de Odaiba, que es el Rainbow Bridge con la réplica de la Estatua de la Libertad delante, a pesar de que ese día no se apreciara el precioso atardecer que suele verse desde ahí. No es precisamente nuestra mejor foto, pero me gusta. Parecemos muy relajadas y contentas, y contentas estábamos un rato, pero relajadas no tanto, porque en la pasarela elevada donde estábamos, el viento arrastraba y azotaba que daba gusto, motivo por el cual no nos acercamos más a la estatua.



En fin, que me cayó más agua que en toda mi vida, y no me importó demasiado, y ni así pegué ni un pequeño estornudo. Por suerte no fue un tifón como el que ha azotado hoy la región, y a pesar de todo lo pasamos bien, porque todo lo que se moja se acaba secando, aunque los zapatos tardaran dos días en hacerlo a la puerta del hotel, y los calcetines tuviera que tirarlos...

miércoles, 7 de octubre de 2009

Si funciona, funciona.


Hoy he visto la última de Woody Allen, "Whatever works (Si la cosa funciona)" . La estrenaron este viernes y no tenía ni idea de ello, y aunque es verdad que estoy un poco despistadilla últimamente con el tema de estrenos, tampoco puedo evitar acordarme de la tabarra que dieron en los medios con el estreno del coñ... .. del filme "Vicky Christina Barcelona".

Menos mal que esta me ha servido para levantarme la moral respecto a Allen, porque la otra me dejó una apatía tal que creo que no soportaría otro tropezón por el estilo.

No voy a hacer una sinopsis del argumento porque no me apetece, y además se puede leer en todas partes. No es redonda ni tampoco cuadrada ;-) , la fotografía es exactamente la misma de siempre, y la banda sonora procede probablemente de la quinta balda de la estantería del salón de Woody Allen, así que solo os digo que la película es tierna, cascarrabias (toma prosopopeya), pesimista, optimista, cercana y muy divertida. Vuelve Nueva York. Un Nueva York de barrio, más luminoso que nunca. Vuelven las estupendas interpretaciones, incluyendo a una Patricia Clarkson que no tengo ni idea de si está en su mejor momento porque siempre la he conocido así, pero que me parece fantástica haga lo que haga. Y si la cosa funciona, pues no hay que plantearse más, y a ser feliz se ha dicho.


Y si hay algo que me guste casi tanto como ver una peli buena en el cine, es que antes me pongan un trailer bien chulo. La vez anterior también tuve suerte y me tocaron las dos pelis de Ricardo Darín, pero esta vez también me puse a dar saltitos en la butaca porque proyectaron el trailer de "Red Cliff (Acantilado Rojo)" de John Woo. ¿Y por qué tan contenta? Pues porque ya pensaba que esta no venía por occidente (en Asia ya está estrenada la secuela), porque me encantan las pelis de chinos antiguos batallando, y porque me entusiasman esos dos actores que son Takeshi Kaneshiro y el pequeño gran Tony Leung (al que le debo un post).

Ea :)

sábado, 3 de octubre de 2009

Capítulo 8: Llevadme a Takeshita-dori, que luego tengo una boda en el parque Yoyogi

Como he dicho otras veces, en el Tokio lleno de contrastes uno puede llegar atraido por las tradiciones, la historia y las costumbres más arcaicas, o puede ir para sumergirse en el paraíso de la modernidad, el culto a lo joven y la moda más extravagante. Nosotras íbamos por las dos cosas y, en verdad, es difícil separarlas porque van muy de la mano, y en ello reside buena parte de su encanto.
De lo primero ya os he enseñado un poco. Respecto a lo segundo es inevitable hablar de Harajuku y de Takeshita-dori.




Harajuku es un distrito al suroeste de Tokio que se ha convertido en uno de los lugares de referencia de todo eso que he comentado. Allí se dan cita todo tipo de grupos y tribus urbanas, a lucir sus indumentarias de gótico, de lolitas, de muñecas y de las cosas más extravagantes que se os ocurran. Nada resulta exagerado ni demasiado extraño allí.


Y si hay una calle que no podíamos perdernos para respirar la esencia de Harajuku, esa es Takeshita-dori.


En esta calle peatonal se concentra un nutrido grupo de tiendas de moda joven de chico y chica, alejado de las grandes franquicias internacionales, donde es posible comprar atuendos discretos y menos discretos, pero siempre a la última. Bolsos, sombreros, paraguas, pelucas, zapatos, y medias a cual más original, Hello Kittys de mil formas, cientos de colgantes para el móvil (entonces comprendes porqué allí llevan tantas pamplinas colgadas en sus teléfonos, porque hay verdaderas monadas) y hasta una tienda de tutús de colores. Pero si atractivos son sus establecimientos, no menos llamativos son sus dependientes.


Sin embargo no solo hay ropa en Takeshita-dori. El culto a lo joven se manifiesta también en sus tiendas dedicadas al fenómeno pop idol, o lo que es lo mismo, a los ídolos de la música pop, que es algo profundamente arraigado en la sociedad japonesa (como ya describí en los post del concierto de Arashi), y que no distingue sexos ni edades. Vamos, que es lo más normal del mundo ver a señoras de cincuenta años comprando fotos y llaveritos de cantantes y actores de veinticinco. Quien no ha visto una tienda de esas por dentro no se puede ni imaginar lo que hay allí. Vamos, que el sistema de compra es coger una tarjetita y un lápiz y anotar números de referencia en plan Ikea, no os digo más.
Por no hablar de las tiendas de reventa, que tienen los tickets objeto del deseo en vitrinas con su cotización correspondiente. Es decir, se supone que esto es ilegal incluso allí, ¿no?
Además, vayas el día que vayas, y a cualquier hora, siempre hay gente (¿es que no tienen que ir a clase o trabajar?).

Es un mundo aparte totalmente adictivo, y aunque una persona no vaya atraida por ese tipo de cosas, no puede hacer otra cosa que ver y alucinar. Nosotras fuimos tres veces a Takeshita-dori, y siempre acabamos saliendo con una bolsa en la mano, y creo que no me equivoco al suponer que si llegamos a estar más días en Tokio, hubieramos vuelto a ir, y a salir con más bolsas (y la habitación con síndrome de Diógenes seguía llenándose cada vez más, y cada vez más, y sus ocupantes murieron sepultadas...).


El domingo tenía Harajuku un ambientazo genial. No sabemos qué tipo de festividad sería, pero tal y como salimos del planeta pop de Takeshita, nos encontramos con un desfile larguísimo y animadísimo en la avenida de Omote-sando.


Decenas de agrupaciones folclóricas de bailes y canciones tipo enka, con muchísimo ritmo y colorido, se dirigían al Parque Yoyogi, a cuya entrada había montado un escenario.


Es difícil escoger entre tanto parque, tan diferentes entre sí, pero el Yoyogi me gustó especialmente.



Es un bosque inmenso en medio de la ciudad. Cuando te adentras en él pierdes la conciencia de estar en una urbe, porque ni la ves, ni la oyes, ni la intuyes, tanto si miras a los lados del camino como si miras hacia arriba.


Por suerte el día estaba nublado y lloviznaba, porque el aire fresco y húmedo y las sombras le daban la atmósfera perfecta.
No sé a los demás, pero a mí las torii me producen una sensación muy mágica, realmente como si al pasar al otro lado atravesaras 'algo', no sé si me explico, y esta tan grande mucho más.


Por supuesto el Yoyogi tiene el elemento espiritual representado por su templo sintoísta, que es el Meiji-jingu.



Este templo suele utilizarse con cierta frecuencia para la celebración de bodas de tipo tradicional, aunque cada vez se ven menos hoy día. No sé si porque deben resultar más caras o qué, pero parece que las familias con cierto nivel son las que siguen manteniendo este rito tradicional. Siguiendo con la suerte que nos acompañó casi todo el viaje, tuvimos la fortuna de toparnos con el reportaje fotográfico de una de estas bodas, y allí estaban todos los paseantes como nosotras dejando constancia del evento.



Después de eso, como no nos invitaron al banquete, tuvimos que buscar un sitio donde comer. Empresa nada fácil ya que había familias y miembros de las agrupaciones musicales por todas partes, y encima empezó a llover fuerte....



... y no paró hasta día y medio después.