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miércoles, 12 de enero de 2011

Nara o... (glups) El ataque de los ciervos asesinos (Parte IX)

Que Kioto era la antigua capital de Japón es un hecho de sobra conocido, pero que antes de eso la capital era Nara (del año 710 al 784), es algo que aquí en occidente no sabe tanta gente (si no nos sabemos las capitales europeas, imaginaos las asiáticas). Nara es más pequeña, más tranquila y menos famosa que Kioto, pero un agradable paseo por ella es algo que un viajero debe intentar no perderse, tanto por sus parajes naturales como por la belleza de sus monumentos (ocho de los cuales están declarados como Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO) y la importancia de su legado histórico.

La mayor parte de los lugares de interés de la ciudad se concentran en el Nara Kōen o parque natural de Nara, que extiende sus 520 hectáreas a los pies del monte Wakakusa, por lo que si no se dispone de más tiempo, en medio día se puede hacer un recorrido a pie bastante satisfactorio, aunque si se tiene el día completo mejor que mejor. Nada más llegar a la estación de tren de Nara hay una ventanilla de información turística con un personal amabilísimo que proporciona planos en español y consejos prácticos sobre la ruta a seguir.

Y la ruta comienza aquí, con este personaje. Porque no lo he comentado, pero otra cosa por la que Nara es famosa es por sus ciervos. A mí desde luego no se me van a olvidar.


Y no hay unos cuantos, hay varias centenas de ellos campando a sus anchas, con la tranquilidad de que aquello es realmente suyo, y tan cómodos entre la naturaleza como entre la civilización.



Aquí podéis verme intentando hacer amistades.



El camino es más que agradable mientras nos dirigimos a la Nandai-mon, con jardines preciosos a derecha e izquierda.


Mirad, un cervatillo sonriendo.


Y aquí tenemos la Nandai-mon, que es una grandísima puerta de madera a unos doscientos metros de la entrada al recinto del templo (el templo está un poco más lejos). Lo siento, Claire, pero se te nota cantidad que estás estirada de puntillas.


Según reza en varias guías de viaje: “el lugar invita a pasear relajadamente entre sus árboles y sus mansos ciervos”, “sus ciervos dóciles merodean por el parque”, “también es posible comprar comida de ciervo (galletitas preparadas por los vendedores) para alimentarlos y con paciencia acariciar a estos animales, los cuales están tan acostumbrados a la gente que se dejan tocar”.

Bien, este es el momento en que se me ocurrió la fatídica idea de comprar galletitas para los mansos ciervos. No os fijéis en mis piernas hinchadas del calor y con unas ronchas de mosquitos como monedas de diez céntimos, secuela de días anteriores (ver excursión al Fushimi Inari Taisha). Como veis, tengo un emisario a mi lado que observa la operación.


Ahora se lo cuenta a sus colegas.


Espérate chiquillo, que guardo la cámara y abro las galletas.


He dicho que os esperéis a que abra el paquete, no vengáis todos a la vez que estáis muy serios y me acojono.


Uy... la cosa se pone fea, y hay dos machos con bastante mala leche, y uno de ellos va armado y bien armado.


Os ahorro las escenas del “ataque”, porque básicamente la fotógrafa en ese momento se estaba descojonando a gusto mientras yo me acordaba de la madre que parió a Bambi, aprovechando que allí nadie entendía español.


En las fotos se me ve partida de risa, y la verdad es que lo estaba, pero también pasé unos momentos un poquillo tensos. En los instantes que no recogen las fotos, tenía a todos esos completamente pegados a mí, tan solo porque se dieron cuenta de que llevaba galletas (¡sin abrir!), y los dos machos empezaron a embestirme con la cornamenta, y creedme si os digo que la cornamenta del mayor, que me llegaba a la altura del hombro, imponía, y daba fuerte, que me dejó una marca roja durante un buen rato. Y menos mal que soy alta, porque a Claire le sobrepasaba y le hubiera saltado un ojo, pero ella estaba a un montón de metros XD.


Total, que aquí está el ‘bocao’ babeado que me dejó de recuerdo, que casi me parte la camiseta el muy c...... Menuda fuerza tenía el puñetero.


De todas formas, a pesar de que os aseguro que no he exagerado nada, que no se diga que pierdo la fe en los animalillos y que les doy mala prensa, que todo hay que decirlo, y exceptuando eso, estaban ahí pasando tres kilos de la gente y es verdad que se dejaban acariciar algunos (si no llevabas galletas ¬¬).


Llegamos pues a la citada puerta Nandai-mon, que está protegida por dos guardianes Niō con cara de pocos amigos (ya me podían haber protegido a mí). Estas tallas del siglo XIII son consideradas de las mejores del mundo, y parece que te van a soltar un rugido de un momento a otro.


Y alcanzamos por fin el templo budista Tōdai-ji y su monumento principal, la “joya de la corona”, que es el pabellón Daibutsu-den y el Gran Buda de su interior. La primera estampa que se ve del pabellón al entrar en el recinto es bellísima, y los colores del día la hacían aun más bonita.


El Daibutsu-den es el edificio de madera más grande del mundo, y eso que la actual reconstrucción (fue destruido dos veces por el fuego), que data de 1709, es solo dos tercios del tamaño original.


Quizás así visto no parezca tan grande, pero a medida que te acercas… Fijaos en el tamaño de la gente.


Y el Gran Buda de su interior, que también ha pasado lo suyo (hasta perdió la cabeza en un terremoto), saludando a la cámara para los lectores de este blog.


Esta regia estatua de bronce impone bastante respeto, y está flanqueada por Koumokuten y Tamonten, dos guardianes celestiales del periodo Edo. A mí me ha gustado la idea esa de tener siempre dos guardianes. Yo he pensado en contratar a los hermanos Golf & Mike, que también parecen fieros, pero no sé qué pensaría mi padre si los coloco a los lados de la puerta de mi habitación.


Para que os hagáis idea del tamaño del Buda, en el pabellón está este gran pilar de madera con un hueco del tamaño de uno de los orificios de su nariz. Se dice que quien logra pasar a través de él logra la iluminación, pero esto no es posible más que para niños. A mí no es ya que no me pase el culo, sino que no me da el ancho de hombros ni para empezar.


Una cosa que no me gustó, porque nada es perfecto, fue ver un gran tenderete de souvenires en el interior, justo al lado de la estatua. En un sitio donde se debe entrar con respeto no me parece que tener a un vendedor de Hello Kitty y de llaveros de pequeños Budas con cuernecitos de ciervo sea lo más apropiado. Al menos lo podían haber situado en otro lugar un poco más alejado.

Continuando el paseo hacia la zona más boscosa, llegamos casi por casualidad a dos pabellones que estaban un poco más apartados, el Sangatsu-dō y el Nigatsu-dō, que significan el salón de Marzo y Febrero respectivamente. Y digo que casi por casualidad porque me planteé acampar para el resto de mis días junto a la máquina de agua helada.

Primero vimos este de Sangatsu-dō, que es muy sencillito pero muy mono. En la foto no se ve, pero la pequeña torii de piedra que tiene delante, los arbolitos floridos que lo enmarcan y bambi paseando por ahí hacen un conjunto realmente encantador.


El Nigatsu-dō estaba tapado por este primero, e increíblemente casi se nos escapa a pesar de que es bastante más grande y llamativo.


Esta no es la pizarra con el menú del día, sino una de estas fuentes purificadoras que tanto me gustan a la entrada de los santuarios. Sigo sin saber lo que pone, pero me alegra comprobar que ya soy capaz de identificar algunos caracteres, como por ejemplo los que indican el nombre de Nigatsu.


A esas horas apetecía muy poco subir escaleras, pero era una perspectiva demasiado bonita para no subir a verlo.



Y desde arriba la recompensa está en forma de fantásticas vistas del Nara Kōen y de la ciudad de Nara.


La terraza del Nigatsu-dō es un lugar que invita a quedarse durante un buen rato contemplando el valle sobre que se emplaza la antigua capital. Están recomendadas las vistas al anochecer, pero la verdad es que con estas me doy por satisfecha.


Intentar hacer sonar esto apropiadamente no es tan fácil como parece. El año pasado me pasé de fuerte, y este año no conseguía ni que medio se escuchara.


¿Me cabrá esta lámpara en el salón de casa?


Y ya metidas en terreno de bosques, proseguimos la ruta por esos senderos llenos de pequeños santuarios, faroles y puentecitos a los pies de la ladera del Wakakusa.


Una refrescante vista desde el puente. Estos parajes sombríos son un auténtico alivio a la 1 de la tarde.


Y mientras nos dirigíamos al santuario Kasuga Taisha yo continué intentando arreglar mis rencillas diplomáticas con la manada de ciervos.


El Kasuga Taisha es un importante santuario sintoísta fundado en el siglo VIII por la familia Fujiwara, un poderosísimo clan cercano al Emperador. Según la tradición, cada veinte años se reconstruía totalmente, aunque el actual permanece desde 1863.


Este santuario es famoso por sus aproximadamente 3000 faroles de bronce y piedra, que se encienden dos veces al año (febrero y agosto) en el festival de los faroles, Mantōrō. Tiene que ser espectáculo increíble. Lástima que fue diez días antes de nuestra visita.



Finalmente emprendimos el camino de regreso a la ciudad, quedando en relaciones cordiales con estos muchachos.


Aprovechamos antes de comer para admirar esta pagoda de cinco alturas que es la más antigua de Japón, y está justo al salir del parque.


La verdad es que siempre lo comento, pero me parece un lujo contar con esa naturaleza tan cerca de la ciudad. No existe realmente distancia. Es como si de pronto te vas de tiendas, y pasas de ver el Zara a encontrarte en el bosque, así que a la vuelta, y sin darnos cuenta, estábamos metidas de lleno en las calles comerciales de Nara, donde Claire posa como la más chic de las turistas junto a los jóvenes de la ciudad, más cómodos que nadie con sus vestimentas veraniegas..



Y para rematar el relato de un día precioso os dejo esta belleza de tema musical apropiadísimo del maestro Joe Hisaishi, llamado "Summer" de la película "El verano de Kikujiro (Kikujiro no natsu)". Solo espero que el día que me encuentre a este señor sepa el japonés suficiente como para decirle en su idioma que es mi ídolo.





viernes, 18 de septiembre de 2009

Capítulo 6: El museo Ghibli.


Creo que una de las primeras veces que me planteé la posibilidad de viajar a Japón alguna vez fue hace años, cuando alguien daba una conferencia sobre su estancia allí y habló sobre el Museo Ghibli. Me quedé enganchada viendo las fotos y pensé "algún día tengo que ir a verlo in situ". Es por eso que tenía muy claro que ir a ese museo era para mí una cita ineludible, y fue lo primero que hice tras comprar el billete dos meses antes de ir, y antes incluso de tener alojamiento, porque las entradas solo se pueden solicitar por anticipado y con cierta antelación. Esto y la limitación del número de visitantes al día (en un sitio leí que 100 y en otro que 200, así que vamos a dejarlo en 150) se debe a que los fundadores quieren preservar la filosofía del museo como lugar para relajarse y estar en contacto con la naturaleza sin aglomeraciones, el mismo espíritu que desprenden las películas de Studio Ghibli.

¿Pero qué es Studio Ghibli? Pues es uno de los estudios de películas de animación más importantes del mundo, fundado por los directores Isao Takahata y Hayao Miyazaki (creador de Heidi y otros dibujitos de nuestra infancia), responsables de películas emblemáticas y obras maestras como "La tumba de las luciérnagas" , "El viaje de Chihiro" , "La princesa Mononoke" , "El castillo ambulante" , la reciente "Ponyo en el acantilado" o "Mi vecino Totoro" , cuyo personaje se ha convertido en símbolo de los estudios y del museo. Los filmes que salen de esta factoría son célebres y admirados su emotividad, el derroche de imaginación de sus historias, por sus valores ecológicos y humanos, y por sus valores artísticos, ya que en plena era digital continúan haciendo los dibujos y la animación a mano y de forma artesanal en un 95%.


Y dicho esto, vuelvo al museo, que se encuentra en Mitaka, una población bastante apacible de la periferia de Tokio. Allí de la misma estación de tren sale un microbús hacia el museo cada diez minutos. No es fácil confundirse ya que está decorado de forma llamativa con motivos muy del estilo Ghibli. Otra opción era la de atravesar el parque Inokashira, que tiene una entrada directa al museo, dando un paseo de 15-20 minutos, que es lo que me hubiera gustado hacer si no hubiera estado lloviznando.

Nada más llegar este era el aspecto del museo. En la recepción te entregan una entrada que es digna de conservar, ya que es un trozo de una de sus películas, y un plano del recinto.


Desde luego el diseño es una delicia, una mezcla entre antiguo y futurista que te hace sentir como dentro de un cuento. Escaleras de caracol, vidrieras de colores, ascensores de hierro, butacones con orejeras, puertas en miniatura... Buena parte de ello se puede ver en este video, incluido el gatobús de Totoro (¿por qué sólo te podías subir si eras de primaria o menor? Jo...).




Lo primero que visitamos fue una sala oscura que es la que nos muestra la parte técnica de la animación, llena de vitrinas con maquetas, cámaras con luz estroboscópica, efectos ópticos y muestras de animación proyectadas con juegos de lentes y espejos.

Después de dudar entre coger el ascensor o subir la mini escalera de caracol (y de hacer las dos cosas), pasamos a lo que fueron mis salas favoritas del museo, que son recreaciones de los estudios y los despachos de los dibujantes. Es una lástima que no permitiesen hacer fotos del interior porque aquello daría para bastantes instantáneas, y solo he encontrado estas pequeñísimas imágenes.



Es una gozada pasear entre las mesas llenas de lápices gastados, papel arrugado, pinturas, muebles llenos de libros, paredes tapizadas de recuerdos, fotografías, bocetos, acuarelas. Es como si llevaran décadas allí y los artistas hubieran salido un momento dejándolo todo por medio.

En el ala contraria del museo estaban las exposiciones temporales, que actualmente son una sobre Wallace & Gromit, los geniales personajes británicos de animación stop-motion, y una bastate más amplia sobre el proceso de creación de "Ponyo en el acantilado", en la que podías hacer pequeñas animaciones con los dibujos que había en cada rincón, tocar una maqueta de Ponyo encerrada en una burbuja que era blanda y estaba llena de agua (porque allí prácticamente todo es interactivo y se puede tocar), o admirar una urna gigantesca que contenían las pilas y pilas de miles de dibujos empleados en la realización de Ponyo.

De lo que sí conseguí sacar foto disimuladamente es de la cristalera de la cúpula, con el efectivo método de colocar la cámara en mis rodillas y disparar sin mirar.


Otro lugar donde no había nadie vigilando obviamente era en los servicios, y creedme cuando digo que merecían el reportaje.

Después de pasar por la librería y por la tienda de regalos, y de reprimir las ganas de saquearlas por completo, volvimos a bajar para ver el cortometraje inédito que proyectan en el Saturn Theater , una pequeña sala de proyecciones inspirada en las antiguas salas de cine.

Es el momento de explorar el exterior. Se pueden subir las escaleras de caracol para buscar la estatua del robot.


O simplemente contemplar una buena vista del patio y los alrededores del parque Inokashira.



Descansar y relajarte en cualquiera de los rincones tan bonitos que tiene la terraza, o tomarte un café precioso y una tarta con una pintaza tremenda...







Y para terminar os muestro algunos de los tesoros que me traje de allí, de entre los muchos que dejé atrás.


No podía dejar de venir con un auténtico Totoro de peluche, siendo yo coleccionista de Totoros, que los tengo por todas partes. Para la próxima me traeré los pequeñines. Además traje trozos de película de "El viaje de Chihiro" preparados para usarse de marcapáginas. Además de pegatinas y una chapa con el escudo del museo. Se me olvidó meter en la foto el juego de postales con acuarelas de rincones del museo y este DVD del famoso concierto que dio Joe Hisaishi con motivo del 25º aniversario de su colaboración con Studio Ghibli.


Y me di el capricho de esta reproducción en miniatura del castillo ambulante de la película del mismo título. Es metal, por lo que pesa bastante, y se le abren las piezas del castillo como si fueran diminutos cajoncitos, al igual que se desmonta por pisos. Es mi joya de la corona junto con esto:


Es un libro de casi seiscientas páginas con todo el storyboard de "El viaje de Chihiro". Lo tenían de todos los largometrajes del estudio, así que me costó un poco decidirme por uno.

No voy a tener más remedio que volver. Igual para entonces me dejan subirme al gatobús...