Nuestra primera mañana en Kioto empezó de forma desalentadora climatológicamente hablando, y a las 8 de la mañana, al salir del bendito aire acondicionado de nuestra habitación, ya hacía ese calor inhumano que temíamos.
La ciudad de Kioto, como territorio urbano moderno que es en buena parte, no me pareció nada fuera de lo común, sin embargo alberga la mayor concentración de puntos de interés histórico y monumental que jamás haya conocido, y rincones realmente deliciosos para los sentidos. Desde 1994 forman parte de los lugares designados como
Patrimonio Mundial por la UNESCO nada menos que trece templos budistas, tres santuarios sintoístas y un castillo de esta ciudad, pero al menos tiene el triple de monumentos y lugares maravillosos que te dejan con la boca abierta igualmente. Todos ellos cuentan con unos jardines impresionantes o se encuentran enclavados en unos parajes de una naturaleza espectacular, o simplemente parecen el decorado de una película. Es imposible dar abasto ni en dos días, ni cinco, ni una semana creo yo. Sencillamente tiene demasiado atractivo que visitar, y eso sin incluir algunos otros lugares no menos interesantes fuera del ámbito más histórico o tradicional.
Visto lo visto, vistas algunas distancias de un sitio a otro y visto el calor insoportable, tuvimos que asumir que no completaríamos NI DE COÑA el programa que nos habíamos marcado, ya de por sí muy resumido en comparación con lo que Kioto ofrece, así que tuvimos que priorizar, porque nos gusta visitar los sitios en condiciones, saboreándolos, y nada de eso de que te lleven hasta la puerta, te suelten y corre que en 15 minutos nos recogen y nos llevan a otra parte. Es decir, si me faltan cosas, pues… más incentivo para volver, ¿no?
Así que marcamos los puntos más emblemáticos, esos que no te puedes ir sin ver, so pena de darte cabezazos contra la pared, y empezamos por el famoso Pabellón Dorado o Kinkaku-ji.
Su nombre formal es en realidad Rokuon-ji, o templo del Jardín de los Ciervos, pero de esos no vimos ni uno. Nuestra experiencia con los ciervos fue en otro momento y en otro lugar que ya os contaré. El pabellón original fue mandado a construir por el shogun Yoshimitsu Ashikaga en 1397, que lo utilizó como casa de retiro espiritual después de ordenarse él mismo sacerdote.
Y digo yo, que vivir en aquella época tendría muchísimos inconvenientes, pero uno de ellos no debía ser el de tener vecinos molestos pared con pared, porque menudas parcelitas que tienen todos estos edificios. El camino que conduce a la primera de las entradas es una avenida arbolada que hace difícil recordar que apenas a una manzana hay asfalto y semáforos. Ese verde transmite sensación de frescor, ¿verdad? Pues mentira cochina, que la camiseta ya estaba para exprimirla.
Puede que seáis como yo, que me gusta conservar las entradas como recuerdo, pero esta concretamente me parece la mar de bonita. Dan ganas de enmarcarla y ponerla en el recibidor de casa, entre el paragüero y el espejo de mirarse de reojo en el último minuto. Lo mismo resulta que dice que está prohibido pisar el césped y pegar chicles en el dorado de la pared pero, como aun no sé leerlo, a mí me parece muy estético.
Los jardines de paseo ofrecen una de tantas estampas de postal que tiene este país. El fondo del decorado está dominado por el
monte Kinugasa de Kioto, aunque no se aprecie desde el ángulo de estas fotos. Y especifico de Kioto porque aunque parezca increíble, hay nada menos que ocho montes llamados Kinugasa en todo Japón. Ya me hubiese gustado a mí que cuando estudiaba geografía en el colegio la cosa hubiera sido en plan
“los ríos españoles son el Tajo, el Tajo, el Tajo, el Tajo, el Guadalquivir, el Tajo y el Guadalquivir”. Vive Dios que la cosa hubiera sido más sencilla.
El estanque central es de una perfección pasmosa, y no es capricho que su nombre sea
Kyōko-chi o espejo de agua. Es un reflejo impecable de cada uno de los elementos que componen el paisaje y el mismo estanque, como esas rocas dispersas cuya disposición nada tiene de casual.
Al fondo del estanque está el Kinku-ji, aunque a primera vista parece que flota en el centro. Lo primero que sorprende es la pureza deslumbrante de sus paredes cubiertas de oro. El edificio consta de tres plantas, cada una de ellas con un nombre propio y con un estilo decorativo diferente, cosa que me tengo que creer porque realmente no se puede entrar en él, y el techo está coronado por la figura de un fénix de bronce, que siento que no se ve demasiado bien en la foto.
Realmente lo que vemos hoy día, como tantas cosas, es una reconstrucción que data de 1955, idéntica a la original incendiada cinco años antes por un monje budista que estaba obsesionado con el templo y no andaba muy equilibrado. Como curiosidad, la historia de este incendio se encuentra novelada en la obra
“El Templo del Pabellón de Oro”, del escritor clásico
Yukio Mishima.
Otra curiosidad del pabellón es que fue una fuente de inspiración importante para la construcción del conocido como
Ginkaku-ji o Pabellón de Plata, monumento también muy conocido de la ciudad. Cuando el nieto del Shogun Yoshimitsu lo mandó construir, tenía en mente recubrirlo de plata, pero los trabajos se demoraron y a su muerte nadie los llevó a cabo. Este hombre no debía saber que la plata se pone negra, y a ver quién iba a ser el guapo que iba a pasarle a eso el pañito con
Sidol.
Aquí me tenéis intentando alcanzar la iluminación mediante el poco eficaz sistema de acertar la monedita en el cuenco.
Pero a pesar de no haberla encontrado nos fuimos más que satisfechas de allí, deseando poder contemplar algún día su estampa con todo el esplendor de la nieve.
Desde allí optamos por dirigirnos al templo
Ryōan-ji, o templo del dragón tranquilo, también declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. ¿Y qué tiene este templo que no tengan otros? Pues uno de los
karesansui más famosos del mundo.
¿Y ‘ezo’ qué ‘eh’ lo que ‘eh’? Pues es un jardín seco, lo que conocemos popularmente en occidente como jardín zen, aunque esa no sea una denominación correcta.
A pesar de que el templo fue fundado en 1450, justo a mitad del
periodo Muromachi, el jardín fue añadido a finales del siglo IV, como extensión de los salones del edificio principal, y tal como es costumbre en este tipo de paisajismo, está compuesto por arena, grava perfectamente rastrillada, musgo y rocas, dispuestos según los principios estéticos de simplicidad característicos del budismo zen.
Los
karesansui representan escenas, y contemplarlos es como mirar un cuadro, por lo que sus dimensiones son limitadas para facilitar la observación del conjunto. En este caso, el autor de su diseño es desconocido y nunca dijo qué era lo que representaba su escena. Así que este mar de grava blanca y sus quince rocas han dado pie a muchísimas interpretaciones. Se dice que estos jardines son un medio para la meditación, y que a través de la contemplación silenciosa se pueden resolver los enigmas que encierra la distribución de las mismas. Se han barajado significados de todo tipo, concretos o abstractos, e incluso científicos han tratado de desentrañar la clave de su disposición con métodos matemáticos, pero lo que sí es cierto es que el efecto de su contemplación es relajante.
Al otro lado del salón también hay otro jardincillo cuyo verdor tiñe literalmente la luz, y no es menos relajante que el anterior. Y en verdad apetece descalzarte y sentarte sin pensar mucho en el tiempo pero, en algún momento hay que continuar.
Además de estos rincones para la meditación, el Ryōan-ji tiene otros rincones tanto o más bellos, ideales para pasear mientras decides si este ángulo es más bonito que el anterior. Francamente, no puedo imaginar la visita a lugares así con los viejos carretes de doce fotos como único equipamiento.
El jardín del
estanque Kyoyo-chi fue diseñado antes de que el zen se consolidara en Japón, y contrasta con la austeridad de los jardines de rocas. Al igual que en el Kinkaku-ji, ofrece otra imagen especular del cielo de Kioto, esta vez adornada con cientos de
flores de loto.
Y así se nos fue casi la mañana entera sin darnos cuenta, pero antes de continuar hay que hacer una parada con un poco de música.
Y esta vez os ofrezco una canción de un estilo un poquito exótico para nosotros. Aunque se parezca a la música que tiene mi juego del mahjong de la Nintendo, fue el primer single y primer éxito del grupo pop Kanjani8. Sí, los de nuestro videoclip debut ^_^U, pero poco tiene que ver este tema con aquél. Esta es una canción de género enka, que engloba todo tipo actualización basada en ritmos folklóricos y tradicionales variados (en este caso un estilo Kawachi Ondo, de la región de Kansai, que me corrija mi profesora si me lee y me estoy equivocando). Hasta el baterista del grupo sale tocando unos taiko en lugar de su batería habitual.
La letra es un canto a su región y se me metió en la cabeza cantidad de veces mientras paseaba por Kioto. Y cuando a mí se me pega esta canción me dan ganas de ponerme kimono y unirme al baile. Anda que tampoco han cambiado nada estos…
Con ustedes, ¡"Naniwa Iroha Bushi"!
Sora! Yoi toko sassa no yoi sassa!