He tardado en parir este post, y soy consciente de que leer un post largo da mucha pereza, pero tenía muchas ganas de contar esta historia, y creo que merece la pena mirar bien cada una de las imágenes que he escaneado y buscado y con las que la he ilustrado. ¡Gracias!
Hergé no consideraba que su alter ego sobre el papel fuera únicamente Tintín, a pesar de que imprimiera en él su pasado como boy scout y su gran sueño de viajar. Según él, Hergé está en un montón de personajes, y así él mismo se podía ver en un momento dado tan torpe como los Hernández y Fernández (Dupond y Dupont) o incluso tan crítico como el perro Milou. Además de eso, otros numerosos secundarios se inspiran directamente en gente real, como el caso del profesor Tornasol y el científico Auguste Picard que ya comenté anteriormente.
Pero quizás el personaje más valioso para él fuera el de Tchang, el pequeño adolescente chino que apareció como secundario por primera vez en “El Loto Azul” y más tarde en “Tintín en el Tíbet”. Y pienso que posiblemente lo fue porque la persona que lo inspiró, Tchang Tchong-jen (o Zhang Chongren, según transcripciones) era realmente importante para él.
Tchang nació en Shangai en 1907 y creció en un orfanato, después de que sus padres murieran siendo él muy pequeño. A la edad de siete años ingresó en una escuela de arte perteneciente a un organismo religioso francés, donde aprendió dibujo además del idioma, y esto sentaría las bases del resto de su educación y de su vida.
La formación en el arte occidental que recibió allí le abriría nuevas perspectivas y así, en 1931 dejó su China natal para ingresar en la Academia de Bellas Artes de Bruselas, donde se convierte en pupilo del escultor Égide Rombaux, figura que le marcaría notablemente. Tchang siempre destacó entre los alumnos por sus cualidades artísticas y también por sus costumbres impecables (incluso trabajando en el taller rara vez se le podía ver siquiera con el nudo de la corbata flojo).

Pero a pesar de sus maneras tranquilas y pausadas, su mente era muy inquieta, y supo aprovechar plenamente su estancia en Europa. Tchang comenzó a recorrer el continente para empaparse de sus costumbres y de la historia de su arte inspirándose en él, y de esta forma el pequeño chino, tímido y discreto, dejó paso a un joven sociable y seguro de sí mismo, secretario y portavoz de la Asociación de estudiantes chinos de Bélgica, con el objetivo de recopilar el mayor número de noticias y opiniones diversas sobre China a fin de obtener y difundir una información lo más veraz, además de velar por la buena imagen y la moralidad de los jóvenes chinos en Europa.

En la ciudad universitaria de Lovaina, tiene la ocasión de conocer al padre Gosset, joven capellán de los estudiantes chinos, de espíritu abierto y tolerante, apasionado por las cuestiones de educación y lector del periódico Le vingtième siècle y de su suplemento infantil Le petit vingtième, en el que Hergé publicaba las aventuras de Tintín.
Gosset era gran admirador del estilo narrativo de Hergé, pero cuando tuvo conocimiento de que su próxima historia se desarrollaría en China se preocupó, ya que hasta entonces sus a pesar de todo bienintencionadas aventuras en el Congo o en América estaban llenas africanos infantiles y pieles rojas crédulos y gritones: los estereotipos de alguien que no conoce bien lo que describe. El clérigo no quería que “sus” chinos fueran retratados como exóticos personajes de caricatura, sirviendo de mero decorado para resaltar las hazañas de un joven europeo, así que decidió escribir al autor para ofrecerle su ayuda.
Hergé se manifestó visiblemente interesado y se reunió con el capellán, el cual le presentó varias personas y le dio las señas de Tchang recomendándole encarecidamente que le escribiera. Y así, en 1934 se conocieron Hergé y Tchang. La simpatía fue mutua al instante, y Hergé se mostró ávido de destruir sus prejuicios y las imágenes erróneas fruto del conocimiento parcial de la historia china que se tenía en Europa. Las largas conversaciones versaron sobre historia, geografía, arte, literatura, filosofía y religión, pero también sobre decenas de anécdotas y sobre la realidad de cómo era el día a día de los auténticos chinos. Así Hergé encontró una motivación inesperada para emprender su próximo trabajo, y de estas tertulias fue naciendo el argumento de “El Loto Azul”.

En una entrevista el autor dijo: “Es con ‘El Loto Azul’ que descubrí un mundo nuevo. Descubrí una civilización que ignoraba completamente y, al mismo tiempo, tomé conciencia de una especie de responsabilidad. Es a partir de ese momento que comencé a buscar documentación, a interesarme verdaderamente por la gente y los países a los que enviaba a Tintín, para ser honesto con mis lectores. ¡Todo gracias a mi encuentro con Tchang! También le debo el haber comprendido mejor el sentido de la amistad, de la poesía, de la naturaleza... Era un joven excepcional. Él me hizo descubrir y amar la poesía china, la escritura china: ‘el viento y el hueso’, el viento de la inspiración y el hueso de la firmeza gráfica. Para mí, esa fue una relevación.”

Hay una viñeta en la que los Hernández y Fernández tratan de infiltrarse de incógnito por Shangai, pero van disfrazados de una forma chillona y tópica, con adornos de dragones y coleta, mientras todo el mundo se ríe de ellos a sus espaldas. Imagináos si alguien viene aquí a infiltrarse con sombrero cordobés o traje de flamenca.

Es por todo esto y por más cosas que esta aventura supuso un punto de inflexión en la historia de Tintín. Se puede decir que fue creada a cuatro manos, ya que son obra del artista Tchang todas las inscripciones sobre los muros, los carteles publicitarios, los estandartes, los letreros de las tiendas, las placas indicadoras de las calles, algunas decoraciones típicamente chinas, toda la escritura en chino de los diálogos y varios elementos más. Creo que si realmente pudiéramos entender lo que dice, esos rótulos, sacaríamos mucha más sustancia de la historia porque están llenos de mensajes y reivindicaciones.

La compenetración en el trabajo fue perfecta, y la colaboración resultó un éxito tanto para los lectores como a nivel personal. Tanto es así que Hergé le propuso a Tchang firmar conjuntamente el álbum. Esto fue un gesto inédito en Hergé que no volvió a repetirse, a pesar de que tuvo otros colaboradores importantes en su obra posterior. Sin embargo Tchang declinó la oferta por modestia, aunque también por prudencia ante la incierta situación política que tendría que enfrentar en su futuro regreso a Shangai.
Pero vuelvo a su alter ego de las viñetas, al pequeño huérfano chino. Hergé realmente quiso reflejar en Tchang la personalidad noble de su amigo, y en su amistad con Tintín la de ellos dos. Su encuentro en la ficción recuerda muchísimo a sus primeras conversaciones. De todos los personajes recurrentes que Tintín conoció alrededor del mundo este es, sin duda, por el que muestra más ternura. Por supuesto, siempre salen las mentes aburridas de este mundo queriendo ver matices homosexuales y bla bla bla. Los hay que solo ven sexo en todas partes y se salen por los Cerros de Úbeda.
El auténtico Tchang terminó sus estudios y retornó a su tierra en 1936, donde tuvo ocasión de exponer su obra, además de montar un taller y una prestigiosa academia de arte. Sin embargo, cuando estalló la terrible guerra chino-japonesa al año siguiente, Hergé perdió contacto con él. Un intento de viaje a China en 1939 se frustró con la Segunda Guerra Mundial, así que tardarían más de cuarenta años en volver a verse.

Mientras tanto la vida de Tchang estuvo llena de dificultades. Los vientos de la llamada Revolución Cultural soplaban con fuerza, y toda expresión de arte que no fuera netamente china era rechazada como enemiga. Esto debió resultar muy frustrante para alguien que había conocido mundo y tenía la mente abierta de este artista. Se vio forzado a guardar las formas públicamente, además de limitar su obra a paisajes locales y temáticas costumbristas.


Sin embargo en su propia academia se sentía seguro, y hablaba a sus alumnos de sus sueños y de las maravillas que había conocido en carne propia. Debió ser algo muy muy triste y desalentador cuando en 1966 una treintena de jóvenes, entre los que reconoció a muchos de sus alumnos, irrumpieron en su casa y su taller, saqueándolo todo, rompiendo y quemando cartas, libros y fotos, rasgando acuarelas, rompiendo esculturas o marcándolas con una cruz de pintura roja, y llevándose las figuras en bronce para fundirlas. En la entrada de su casa, ya inhabitable, colgaron un gran cartel con advertencias en contra del traidor y contra-revolucionario Tchang Tchong-jen.
No entraré en detalles para narrar toda la soledad, las humillaciones y los problemas que sufrió con la justicia, pero se vio reducido a ser un barrendero que se “reeducaba” con tareas tan absurdas como hacer caligrafía de rodillas durante horas.
A finales de los años 70 Tchang pudo volver a su profesión vocacional y se puso al frente de la Academia de las Bellas Artes de Shangai recibiendo también el reconocimiento que la comunidad artística de su país le había negado.
Pero su amigo Hergé no dejó de intentar encontrarlo. En 1960 se publicó el álbum “Tintín en el Tíbet”, en el que el reportero recibe la terrible noticia de un accidente aéreo sobrevolando el Himalaya. El joven Tchang iba en ese avión y no se habían encontrado ningún superviviente. Sin embargo Tintín tiene la firme convicción de que su amigo está vivo y viaja hasta el Tíbet para encontrarle.
Esta es otra aventura inusual dentro de la colección, ya que no se trata de ninguna lucha contra enemigos, sino una emotiva búsqueda, reflejo de la real. En ella podemos ver una de las dos únicas ocasiones en que Tintín llora.


En 1973, Hergé y su segunda esposa viajan a Taiwan, en un intento de acercarse y proseguir la búsqueda. Con este viaje Hergé cumple su sueño de conocer personalemente parte de la cultura que le enseñó su amigo, pero fracasó en su intento por reencontrarse con él.
Fue a finales de esa década, de forma totalmente casual cuando tuvo alguna señal de vida de Tchang. En una cena coincidió con un hombre chino al que preguntó si por casualidad conocía a un artista llamado Tchang Tchong-jen, ¡y resultó que sí! Hergé trató inmediatamente de ponerse en contacto por medio del correo, pero las cartas se perdieron o fueron devueltas en la aduana, al igual que el paquete en el que le enviaba dedicado un ejemplar del álbum que habían creado juntos.
No fue hasta 1981 cuando el gobierno Francés invitó a Tchang, que llegó a París acompañado de uno de sus hijos, y por fin ambos pudieron reunirse, cuarenta y cinco años después.

Las imágenes del encuentro fueron emitidas en televisión, y unos días después se emitó un programa especial en el que se entrevistó en directo a los dos amigos y al capellán Gosset, y que tuve ocasión de ver proyectado en el Museo Hergé.
Como se puede ver, la viñeta que hay a sus espaldas es realmente apropiada: “Estaba seguro de que finalmente te encontraría. Ah… ¡qué feliz soy!” “¡Tintín! ¡Si supieras cuánto te he recordado!”.
El padre de Tintín estaba visiblemente deteriorado por las depresiones y por la enfermedad que la causaría la muerte dos años más tarde. Tchang obtuvo la ciudadanía francesa en 1985 y se instaló allí hasta su muerte en 1998, a los 91 años.
En Shangai se puede visitar un museo dedicado a su memoria, y un número de sus obras pueden contemplarse en varios museos de su país natal. Sin embargo a mí me ha resultado extremadamente difícil encontrar algo de su trabajo por internet y me parece una pena que sea una figura tan desconocida aquí.
Me siento muy afortunada de haber conocido su historia y sus obras gracias a la completísima exposición temporal que se pudo visitar en el Museo Hergé hasta el pasado mes de abril. En ella se repasaba el contexto histórico y cultural del asombroso Shangai en el que nació el artista, el proceso de creación de “El Loto Azul” y su propia obra personal. Nos quedamos literalmente anonadados con la calidad de su trabajo y su sensibilidad.

Maravillosas las piezas dedicadas a su esposa como esta acuarela o un busto bellísimo que había a su lado y que parecía que iba a hablar.

Sobrecogedoras también algunas de sus esculturas rotas y marcadas con la pintura roja. Me resultaría difícil escoger, pero creo que mi favorita era esta escultura titulada “Refugiados”.

Es imposible que la fotografía pueda transmitir lo mismo (además está de espaldas y no se ve el rostro del niño), pero os aseguro que pone los pelos de punta. Como estaba prohibido hacer fotos, os dejo este pequeño reportaje en el que se puede ver algo.
Y esta es la resumida historia humana y no política que he conocido del pequeño Tchang, al que el capitán Haddock lo mismo llamaba Tching que Tchong, o al que creía que nombraban cuando alguien estornudaba XD.

Toda la información de este post ha salido de mis recuerdos sobre lo que me contaron las grabaciones del Museo Hergé, y del libro “Tchang! Como la amistad mueve montañas”, escrito por Jean Michel Coblence y Yifei Tchang, hija del artista. Lo malo es que solo está editado en francés y neerlandés, pero es más que interesante y altamente recomendable.

















