martes, 25 de mayo de 2010

Tchang! (o Museo Hergé 2ª parte)

He tardado en parir este post, y soy consciente de que leer un post largo da mucha pereza, pero tenía muchas ganas de contar esta historia, y creo que merece la pena mirar bien cada una de las imágenes que he escaneado y buscado y con las que la he ilustrado. ¡Gracias!


Hergé no consideraba que su alter ego sobre el papel fuera únicamente Tintín, a pesar de que imprimiera en él su pasado como boy scout y su gran sueño de viajar. Según él, Hergé está en un montón de personajes, y así él mismo se podía ver en un momento dado tan torpe como los Hernández y Fernández (Dupond y Dupont) o incluso tan crítico como el perro Milou. Además de eso, otros numerosos secundarios se inspiran directamente en gente real, como el caso del profesor Tornasol y el científico Auguste Picard que ya comenté anteriormente.

Pero quizás el personaje más valioso para él fuera el de Tchang, el pequeño adolescente chino que apareció como secundario por primera vez en “El Loto Azul” y más tarde en “Tintín en el Tíbet”. Y pienso que posiblemente lo fue porque la persona que lo inspiró, Tchang Tchong-jen (o Zhang Chongren, según transcripciones) era realmente importante para él.


Tchang nació en Shangai en 1907 y creció en un orfanato, después de que sus padres murieran siendo él muy pequeño. A la edad de siete años ingresó en una escuela de arte perteneciente a un organismo religioso francés, donde aprendió dibujo además del idioma, y esto sentaría las bases del resto de su educación y de su vida.

La formación en el arte occidental que recibió allí le abriría nuevas perspectivas y así, en 1931 dejó su China natal para ingresar en la Academia de Bellas Artes de Bruselas, donde se convierte en pupilo del escultor Égide Rombaux, figura que le marcaría notablemente. Tchang siempre destacó entre los alumnos por sus cualidades artísticas y también por sus costumbres impecables (incluso trabajando en el taller rara vez se le podía ver siquiera con el nudo de la corbata flojo).


Pero a pesar de sus maneras tranquilas y pausadas, su mente era muy inquieta, y supo aprovechar plenamente su estancia en Europa. Tchang comenzó a recorrer el continente para empaparse de sus costumbres y de la historia de su arte inspirándose en él, y de esta forma el pequeño chino, tímido y discreto, dejó paso a un joven sociable y seguro de sí mismo, secretario y portavoz de la Asociación de estudiantes chinos de Bélgica, con el objetivo de recopilar el mayor número de noticias y opiniones diversas sobre China a fin de obtener y difundir una información lo más veraz, además de velar por la buena imagen y la moralidad de los jóvenes chinos en Europa.


En la ciudad universitaria de Lovaina, tiene la ocasión de conocer al padre Gosset, joven capellán de los estudiantes chinos, de espíritu abierto y tolerante, apasionado por las cuestiones de educación y lector del periódico Le vingtième siècle y de su suplemento infantil Le petit vingtième, en el que Hergé publicaba las aventuras de Tintín.

Gosset era gran admirador del estilo narrativo de Hergé, pero cuando tuvo conocimiento de que su próxima historia se desarrollaría en China se preocupó, ya que hasta entonces sus a pesar de todo bienintencionadas aventuras en el Congo o en América estaban llenas africanos infantiles y pieles rojas crédulos y gritones: los estereotipos de alguien que no conoce bien lo que describe. El clérigo no quería que “sus” chinos fueran retratados como exóticos personajes de caricatura, sirviendo de mero decorado para resaltar las hazañas de un joven europeo, así que decidió escribir al autor para ofrecerle su ayuda.

Hergé se manifestó visiblemente interesado y se reunió con el capellán, el cual le presentó varias personas y le dio las señas de Tchang recomendándole encarecidamente que le escribiera. Y así, en 1934 se conocieron Hergé y Tchang. La simpatía fue mutua al instante, y Hergé se mostró ávido de destruir sus prejuicios y las imágenes erróneas fruto del conocimiento parcial de la historia china que se tenía en Europa. Las largas conversaciones versaron sobre historia, geografía, arte, literatura, filosofía y religión, pero también sobre decenas de anécdotas y sobre la realidad de cómo era el día a día de los auténticos chinos. Así Hergé encontró una motivación inesperada para emprender su próximo trabajo, y de estas tertulias fue naciendo el argumento de “El Loto Azul”.


En una entrevista el autor dijo: “Es con ‘El Loto Azul’ que descubrí un mundo nuevo. Descubrí una civilización que ignoraba completamente y, al mismo tiempo, tomé conciencia de una especie de responsabilidad. Es a partir de ese momento que comencé a buscar documentación, a interesarme verdaderamente por la gente y los países a los que enviaba a Tintín, para ser honesto con mis lectores. ¡Todo gracias a mi encuentro con Tchang! También le debo el haber comprendido mejor el sentido de la amistad, de la poesía, de la naturaleza... Era un joven excepcional. Él me hizo descubrir y amar la poesía china, la escritura china: ‘el viento y el hueso’, el viento de la inspiración y el hueso de la firmeza gráfica. Para mí, esa fue una relevación.”


Hay una viñeta en la que los Hernández y Fernández tratan de infiltrarse de incógnito por Shangai, pero van disfrazados de una forma chillona y tópica, con adornos de dragones y coleta, mientras todo el mundo se ríe de ellos a sus espaldas. Imagináos si alguien viene aquí a infiltrarse con sombrero cordobés o traje de flamenca.


Es por todo esto y por más cosas que esta aventura supuso un punto de inflexión en la historia de Tintín. Se puede decir que fue creada a cuatro manos, ya que son obra del artista Tchang todas las inscripciones sobre los muros, los carteles publicitarios, los estandartes, los letreros de las tiendas, las placas indicadoras de las calles, algunas decoraciones típicamente chinas, toda la escritura en chino de los diálogos y varios elementos más. Creo que si realmente pudiéramos entender lo que dice, esos rótulos, sacaríamos mucha más sustancia de la historia porque están llenos de mensajes y reivindicaciones.


La compenetración en el trabajo fue perfecta, y la colaboración resultó un éxito tanto para los lectores como a nivel personal. Tanto es así que Hergé le propuso a Tchang firmar conjuntamente el álbum. Esto fue un gesto inédito en Hergé que no volvió a repetirse, a pesar de que tuvo otros colaboradores importantes en su obra posterior. Sin embargo Tchang declinó la oferta por modestia, aunque también por prudencia ante la incierta situación política que tendría que enfrentar en su futuro regreso a Shangai.

Pero vuelvo a su alter ego de las viñetas, al pequeño huérfano chino. Hergé realmente quiso reflejar en Tchang la personalidad noble de su amigo, y en su amistad con Tintín la de ellos dos. Su encuentro en la ficción recuerda muchísimo a sus primeras conversaciones. De todos los personajes recurrentes que Tintín conoció alrededor del mundo este es, sin duda, por el que muestra más ternura. Por supuesto, siempre salen las mentes aburridas de este mundo queriendo ver matices homosexuales y bla bla bla. Los hay que solo ven sexo en todas partes y se salen por los Cerros de Úbeda.

El auténtico Tchang terminó sus estudios y retornó a su tierra en 1936, donde tuvo ocasión de exponer su obra, además de montar un taller y una prestigiosa academia de arte. Sin embargo, cuando estalló la terrible guerra chino-japonesa al año siguiente, Hergé perdió contacto con él. Un intento de viaje a China en 1939 se frustró con la Segunda Guerra Mundial, así que tardarían más de cuarenta años en volver a verse.


Mientras tanto la vida de Tchang estuvo llena de dificultades. Los vientos de la llamada Revolución Cultural soplaban con fuerza, y toda expresión de arte que no fuera netamente china era rechazada como enemiga. Esto debió resultar muy frustrante para alguien que había conocido mundo y tenía la mente abierta de este artista. Se vio forzado a guardar las formas públicamente, además de limitar su obra a paisajes locales y temáticas costumbristas.



Sin embargo en su propia academia se sentía seguro, y hablaba a sus alumnos de sus sueños y de las maravillas que había conocido en carne propia. Debió ser algo muy muy triste y desalentador cuando en 1966 una treintena de jóvenes, entre los que reconoció a muchos de sus alumnos, irrumpieron en su casa y su taller, saqueándolo todo, rompiendo y quemando cartas, libros y fotos, rasgando acuarelas, rompiendo esculturas o marcándolas con una cruz de pintura roja, y llevándose las figuras en bronce para fundirlas. En la entrada de su casa, ya inhabitable, colgaron un gran cartel con advertencias en contra del traidor y contra-revolucionario Tchang Tchong-jen.

No entraré en detalles para narrar toda la soledad, las humillaciones y los problemas que sufrió con la justicia, pero se vio reducido a ser un barrendero que se “reeducaba” con tareas tan absurdas como hacer caligrafía de rodillas durante horas.

A finales de los años 70 Tchang pudo volver a su profesión vocacional y se puso al frente de la Academia de las Bellas Artes de Shangai recibiendo también el reconocimiento que la comunidad artística de su país le había negado.

Pero su amigo Hergé no dejó de intentar encontrarlo. En 1960 se publicó el álbum “Tintín en el Tíbet”, en el que el reportero recibe la terrible noticia de un accidente aéreo sobrevolando el Himalaya. El joven Tchang iba en ese avión y no se habían encontrado ningún superviviente. Sin embargo Tintín tiene la firme convicción de que su amigo está vivo y viaja hasta el Tíbet para encontrarle.

Esta es otra aventura inusual dentro de la colección, ya que no se trata de ninguna lucha contra enemigos, sino una emotiva búsqueda, reflejo de la real. En ella podemos ver una de las dos únicas ocasiones en que Tintín llora.



En 1973, Hergé y su segunda esposa viajan a Taiwan, en un intento de acercarse y proseguir la búsqueda. Con este viaje Hergé cumple su sueño de conocer personalemente parte de la cultura que le enseñó su amigo, pero fracasó en su intento por reencontrarse con él.

Fue a finales de esa década, de forma totalmente casual cuando tuvo alguna señal de vida de Tchang. En una cena coincidió con un hombre chino al que preguntó si por casualidad conocía a un artista llamado Tchang Tchong-jen, ¡y resultó que sí! Hergé trató inmediatamente de ponerse en contacto por medio del correo, pero las cartas se perdieron o fueron devueltas en la aduana, al igual que el paquete en el que le enviaba dedicado un ejemplar del álbum que habían creado juntos.

No fue hasta 1981 cuando el gobierno Francés invitó a Tchang, que llegó a París acompañado de uno de sus hijos, y por fin ambos pudieron reunirse, cuarenta y cinco años después.


Las imágenes del encuentro fueron emitidas en televisión, y unos días después se emitó un programa especial en el que se entrevistó en directo a los dos amigos y al capellán Gosset, y que tuve ocasión de ver proyectado en el Museo Hergé.


Como se puede ver, la viñeta que hay a sus espaldas es realmente apropiada: “Estaba seguro de que finalmente te encontraría. Ah… ¡qué feliz soy!” “¡Tintín! ¡Si supieras cuánto te he recordado!”.

El padre de Tintín estaba visiblemente deteriorado por las depresiones y por la enfermedad que la causaría la muerte dos años más tarde. Tchang obtuvo la ciudadanía francesa en 1985 y se instaló allí hasta su muerte en 1998, a los 91 años.

En Shangai se puede visitar un museo dedicado a su memoria, y un número de sus obras pueden contemplarse en varios museos de su país natal. Sin embargo a mí me ha resultado extremadamente difícil encontrar algo de su trabajo por internet y me parece una pena que sea una figura tan desconocida aquí.

Me siento muy afortunada de haber conocido su historia y sus obras gracias a la completísima exposición temporal que se pudo visitar en el Museo Hergé hasta el pasado mes de abril. En ella se repasaba el contexto histórico y cultural del asombroso Shangai en el que nació el artista, el proceso de creación de “El Loto Azul” y su propia obra personal. Nos quedamos literalmente anonadados con la calidad de su trabajo y su sensibilidad.


Maravillosas las piezas dedicadas a su esposa como esta acuarela o un busto bellísimo que había a su lado y que parecía que iba a hablar.


Sobrecogedoras también algunas de sus esculturas rotas y marcadas con la pintura roja. Me resultaría difícil escoger, pero creo que mi favorita era esta escultura titulada “Refugiados”.


Es imposible que la fotografía pueda transmitir lo mismo (además está de espaldas y no se ve el rostro del niño), pero os aseguro que pone los pelos de punta. Como estaba prohibido hacer fotos, os dejo este pequeño reportaje en el que se puede ver algo.

Y esta es la resumida historia humana y no política que he conocido del pequeño Tchang, al que el capitán Haddock lo mismo llamaba Tching que Tchong, o al que creía que nombraban cuando alguien estornudaba XD.


Toda la información de este post ha salido de mis recuerdos sobre lo que me contaron las grabaciones del Museo Hergé, y del libro “Tchang! Como la amistad mueve montañas”, escrito por Jean Michel Coblence y Yifei Tchang, hija del artista. Lo malo es que solo está editado en francés y neerlandés, pero es más que interesante y altamente recomendable.


jueves, 20 de mayo de 2010

Actualización (de mi "niponismo")

Últimamente escribo para este blog de forma bastante más espaciada de lo que solía ser habitual. No es porque no me apetezca o porque no tenga temas de los que me gustaría tratar, ni muchísimo menos. Simplemente es que los post que tengo pendientes requieren algo de preparación, y en eso yo suelo tardar lo mío. Unido a eso, pues resulta que también ando más limitada de tiempo debido, entre otras cosas, a un curso de la UNED de las narices que acabo de terminar, a los casi dos meses que llevo con turno de noche en el trabajo que me tienen un poco tarumba y a mis recien estrenadas clases de japonés.




¡Sí! Por fin encontré a una maestra japonesa que me ilumine un poco el camino del aprendizaje que hace tiempo empecé por mi cuenta. Porque las bases más primarias (muy muy primarias) las tenía, además de ciertas dosis de vocabulario y el oído bastante acostumbrado (acostumbradísimo diría yo...), pero sin un mínimo de disciplina y orden, te estancas en las cuatro cosas que realmente no te sirven para mantener una conversación sencilla, y te quedas con esta cara a la mínima frase que te dicen.


Casualidades de la vida, no soy la única miembro del Equipo Aiba que ha iniciado sus lecciones estos días, así que estamos encantadas. En mi trabajo les parece muy divertido eso de verme practicar escribiendo signos extraños a cierta velocidad, y a mí me encanta eso de mirar textos antes incomprensibles y reconocer algo, aunque sea una sílaba de cada tres y lea como Rainman. Aunque bueno, solo llevo cuatro clases con la de hoy.


Pero no temáis, que mi teclado es occidental y no puedo aburriros en mi afán por practicar. Además, no se puede escribir un post diciendo solo “el perro de mi profesor es blanco” o "el jueves a las 7 voy a ver una película con el amigo de mi hermano mayor”. Sobre todo porque no es verdad.



Pasando a temas culinarios, por fin estrené la caja para bento de Totoro (Bentotoro lo he bautizado XD) que me regalaron mis amigas por mi cumpleaños, y esto fue lo que me salió.






Decentito para ser el primero, aunque lejos de las florituras que nos mostró Anele en su blog. El mío contenía dos yakionigiri (onigiri tostados en la sartén) con sésamo negro, una ración de pollo teriyaki, ensalada y fruta. Una vez más, mis compañeros de trabajo estaban la mar de entretenidos conmigo mientras cenaba con mis palillos. Se me ha olvidado hacerle la foto a la bolsita de tela que tiene a juego. Es lo más.


Y ya que estamos con gastronomía, os dejo fotos de mis últimos experimentos con los ingredientes que me traje de Madrid.


El primero es el katsukare (el primero es el que probé en Tokio y el segundo es el que hice yo). Parece un simple filete empanado con arroz. Sí, pero no, que tiene su cosa. Al arroz ya le tengo pillado el punto, y definitivamente no vale cualquier carne ni cualquier rebozado. Aquí empleé el panko y el curry suave que me trajo la rana, que estaba de muerte.




Y por último, la clásica sopa de miso que tantas veces acompaña allí a las comidas. Lo venden instantáneo por montones de sitios, pero no es lo mismo que hecho a mano, con sus alguitas, su puerro, su cebolleta, su miso y su caldo dashi. Y prácticamente todo lo que quieras echarle.






Uf, y a todo esto, voy a hacerme la cena que me tengo que ir ya mismito.

domingo, 9 de mayo de 2010

You can fly!!


Mi fascinación por los mundos fantásticos paralelos al nuestro empezó con el país de Nunca Jamás. Después me divertí imaginando que detrás de aquella cortina misteriosa en la casa del oftalmólogo estaba la puerta a la tierra de Dragones y Mazmorras (nunca me atreví a mirar detrás, para no romperme el mito), que entre los abrigos me esperaba el Príncipe Caspio para viajar por Narnia, o que tras un pilar de la estación de Kings Cross está el andén 9 y 3/4 y muchas cosas más, pero Peter Pan fue el primero.

Una servidora, que llegó a "Gran Jefe Indio" de Nunca Jamás con nueve años (en el grupo de teatro de mi colegio, por supuesto, y a las altas nos tocaban los papeles adultos), y que después de muchísimo tiempo sigue manteniendo este dibujo como cuadro de cabecera de la cama, fue a ver la estatua de la fotografía, erigida en honor al personaje que nunca quiso crecer, en la frontera que separa Hyde Park de los jardines de Kensington en Londres, donde "nació". No se puede decir que me fuera mal, dicho sea de paso, porque allí fue donde me encontré y me hice mi preciada foto con Alan Rickman. Fui buscando a Peter Pan y me encontré al profe de Harry Potter :P.

La fantasía y la belleza de este cuento son únicas, y hoy han transcurrido 150 años del nacimiento de la persona que lo imaginó: James Matthew Barrie, un hombre marcado por una infancia triste y sin amor, que siempre deseó echar a volar y perderse en Nunca Jamás. Espero que esté allí, haciéndole la puñeta al Capitán Garfio (sin pasarse).

domingo, 2 de mayo de 2010

¡Antropófago! ¡Ectoplasma!


Aunque el cómic belga ha dado varios personajes que se han convertido en clásicos universales, como los Pitufos o Lucky Luke, sin duda el rey es Tintín, aunque mi corazón pertenece al Capitán Haddock, como puede deducirse del título de este post. Y es que hay mucho que rascar detrás de Tintín y de sus aventuras, y también tras la historia de su creador, Hergé, todo hay que decirlo. Tanto que da para un museo, y bastante denso, dicho sea de paso.




Hergé es el seudónimo artístico de Georges Remi, nacido en 1907. Este seudónimo no es sino la pronunciación de las siglas de su nombre, es decir G y R, al revés (en francés, por supuesto).
Prácticamente desde sus comienzos, la carrera de Hergé estuvo ligada al periódico Le XXe Siècle, una publicación belga de ideología católica para la cual puso en marcha un suplemento infantil llamado Le Petit Vingtième. En él desarrolló las primeras aventuras del periodista Tintín, un personaje evolucionado del primitivo boy scout Totor, además de otros menos conocidos como Quick & Flupke.

Tras las primeras historias de "Tintín en el País de los Soviets" (todavía en blanco y negro), "Tintín en el Congo", "Tintín en América" o "Los Cigarros del Faraón", acometió la creación de un nuevo viaje, esta vez a China. "El Loto Azul" podría decirse que fue el principio de la leyenda de Tintín y Hergé, convirtiéndose así en un punto de inflexión, no solo en su carrera profesional, sino en su propia vida. Pero de esto escribiré más tarde.

Mientras tanto, sus superiores en la revista le sugirieron que Tintín no era una buena influencia, ya que no se hacía referencia alguna a la familia del joven ni a una profesión “estable”. De este modo nacieron en 1935 las aventuras de Jo, Zette y Jocko, que eran un niño y una niña hermanos con su chimpancé. Las aventuras de estos eran del mismo tipo que las del periodista por aquel entonces, solo que Hergé se vió forzado a introducir siempre la figura de los padres de los chicos que acudían al rescate. El autor nunca se sintió con libertad creativa, así que terminó dejando este proyecto paulatinamente en manos de otros colegas, y se centró en Tintín.



El personaje se convirtió en un héroe nacional, y su popularidad era imparable, y ni la Segunda Guerra Mundial pudo frenar eso. Sin embargo la publicación de Le Petit Vingtième fue interrumpida por la ocupación nazi. Muchos de los creadores de cómic dejaron de trabajar en esa época, sin embargo Hergé continuó su producción, esta vez para el periódico Le Soir, que resultaba estar bajo control nazi. Esto le trajo no pocos problemas después de la guerra.
Por una parte se le acusó de colaboracionismo, ya que sus aventuras en papel contribuyeron a aumentar considerablemente las ventas y, por tanto, los beneficios para las arcas nazis. Por este motivo fue detenido en varias ocasiones, sin que finalmente la sangre llegara al río.
Por otra parte, durante aquellos años, las aventuras de Tintín jamás apoyaron ideología alguna en ese sentido, e incluso evitó rozas tema políticos, pasando a narrar aventuras que huyeran de controversias como “El Secreto del Unicornio” o “El Tesoro de Rackham el Rojo”. Más tarde el mismo artista diría con sus propias palabras que aunque jamás se sintió identificado con Alemania, sentía que había sido un auténtico estúpido, y que en aquellos años solo pensaba en que quizás no todo fuera tan catastrófico y en que tenía que seguir dibujando. Algunos creen interpretar en sus álbumes signos de antisemitismo, mientras que en “El Cetro de Ottokar” el conflicto entre las ficticias Sildavia y Borduria es una clara alusión a la anexión de Austria por parte de Alemania nazi, en la que los héroes protagonistas contribuyen a boicotear al país invasor. A priori parece que una cosa no casa con la otra, ¿no?



Mi opinión es que es muy fácil demonizar y polarizarlo todo desde afuera, pero probablemente la actitud de Hergé no hacía más que reflejar los tópicos más comunes de aquella época, y fue uno de tantos millones de personas sin más ni menos prejuicios que los que latían en buena parte de nuestra sociedad (y que aun lo hacen), y que se dedicaron a seguir sobreviviendo lo más tranquilamente posible en una época muy difícil. Puede que no sea algo de lo que enorgullecerse, pero es posible que muchos de nosotros cayéramos en una postura similar de darse las mismas circunstancias. El caso es que su inquietud por aprender sobre la humanidad nunca le abandonó, y eso se refleja en su visión del mundo y en la evolución de toda su obra.
La guerra también afectó a otros aspectos de su trabajo, y es que los recortes presupuestarios obligaron a reducir su publicación a una tira semanal, y con ello tuvo que dotar a los argumentos de más agilidad para lograr mantener la emoción y el interés de una semana a otra, de modo que cada pocas viñetas tuviera “algo”, ya fuera un gag o un suceso importante. Es en esta época en la que nacen la mayoría de los personajes secundarios recurrentes, que contribuyen a enriquecer la historia.

Aquejado de depresiones y con un estado de salud delicado, en sus últimos años la producción de sus álbumes se fue espaciando, y aprovechó para viajar y conocer algunas de las culturas en las que sus personajes habían corrido aventuras.

El Museo Hergé fue inaugurado en Junio de 2009 por Fanny Rodwell (o Fanny Vlamynck), segunda esposa y viuda de Hergé, que tras su muerte en 1983 cerró los Estudios Hergé y creó la fundación del mismo nombre, encargada de custodiar y preservar la obra del artista.



Situado en Lovaina la Nueva (Louvaine-La-Neuve, no confundir con la otra Lovaina), este edificio diseñado por el arquitecto Christian de Portzamparc y decorado magníficamente por el historietista y diseñador gráfico Joost Swarte, tiene el aspecto de un gran barco varado entre los árboles al que incluso se accede a través de una pasarela. Dicho lugar, antiguamente conocido como Boulevard du Nord, ha sido rebautizado como Rue du Labrador, que es el nombre de la calle donde reside Tintín en su aventura “El País del Oro Negro”.


La visita consta de un ruta a través de ocho grandes espacios distribuidos en dos plantas llenas de objetos curiosos, historia, arte, documentales, películas y demás material audiovisual, murales, etc. La decoración, como he dicho, impresionante, moderna y diáfana. Lamentablemente no estaban permitidas las fotografías.
Nada más entrar te obsequian con una chapita de algún personaje de Tintín (yo tengo tres :D) y te ofrecen una audioguía sin coste adicional que realmente es muy amena y completa muchísimo la visita, y que incluye incluso fotografías, pequeños videos y grabaciones de audio de declaraciones del mismo Hergé. Una pena que creo que sólo está disponible en neerlandés, alemán, francés e inglés. Empezando por la planta superior, y siguiendo la ruta a través de las pasarelas que las comunican entre sí, esta es la descripción de las salas.

El recorrido de una vida: En esta primera sala conocemos a Georges Remi para comprender quien fue Hergé: su infancia, su familia, su educación católica y su vinculación a los Boy Scouts, que tanto le influirían en su trabajo posterior. Hay cuadernos de sus primeras incursiones en el dibujo (fantásticos teniendo en cuenta su corta edad), primeras colaboraciones en publicaciones infantiles, fotografías, e incluso unas viejas gafas. Uno de los objetos más curiosos que vi fue un telegrama personal de Salvador Dalí, larguísimo por cierto, que le debió costar una pasta, en el que le expresa con gran entusiasmo su admiración por Tintín, escrito en francés con un vocabulario que parece salido de la mismísima boca del Capitán Haddock.

Un hombre de muchos talentos: Aquí repasamos muchas otras facetas de Hergé previas al éxito como creador de Tintín y su dedicación exclusiva al cómic. Trabajos como ilustrador, diseñador gráfico, carteles de publicidad, con los cuales recorremos un poco de la historia de estas ramas artísticas.

Una familia en el papel: Dedicada a conocer el perfil de sus personajes más célebres, su proceso de creación, su inspiración, su psicología, su carácter, además de los distintos nombres que tienen alrededor del mundo. De aquí me he llevado una regla para no olvidar jamás cómo distinguir a Dupont y Dupond, conocidos aquí como Hernández y Fernández.

Cine!: Un viaje por el cine que inspiró las aventuras de Tintín. Las tramas, las atmósferas, los actores y los homenajes al cine clásico. Aquí también tenemos una pequeña sala de cine en la que se proyecta un documental muy bueno.

El laboratorio: Una sala realmente especial y curiosísima dedicada al encuentro del mundo de Hergé con la ciencia y, sobre todo, a un personaje tan carismático como el profesor Tornasol, alter ego de un científico real llamado Auguste Picard. Aquí encontraremos el proceso de diseño de todos los aspectos técnicos de su viaje a la luna, maquetas, explicaciones científicas y trabajos de documentación que fueron realizados para ser transformados posteriormente en aventuras accesibles al público.


Soñando con viajes: Lo dicho, un viaje a través de la imaginería, la fauna, el folclore y la tradición de las culturas del mundo entero, incluidos “souvenires” muy reconocibles de los viajes de ficción de Tintín y Haddock que encantarán a los tintinófilos como yo. Si en el CBBD babeé, os puedo decir que aquí más todavía.

Estudios Hergé: aquí profundizaremos en la historia de la mítica factoría de cómics, y pude conocer a muchos grandes colaboradores que contribuyeron con su trabajo y que allí también crearon el suyo propio, como Bob de Moor (primer presidente del CBBD) y Edgar Pierre Jacobs, creador de la famosa serie Blake y Mortimer, aun publicándose hoy día. Ambos fueron responsables de diseñar, dibujar y colorear los fantásticos fondos de algunos de los álbumes más aclamados, aunque su autoría no figure en ellos, quizás consecuencia del ego profesional.

El legado de Hergé: En esta última sala, presidida por una serie de retratos realizados por Andy Warhol, se explora la repercusión de Hergé alrededor del mundo, su huella y la visión que tiene el público de él y su obra. Especialmente bonita me pareció una cámara cilíndrica con el techo de espejo forrada con todas las portadas de Tintín en un montón de idiomas, en la que suenan voces de niños de distintos países enumerándolos en su propia lengua.
El museo Hergé es verdaderamente grande y espacioso, fascinante para sumergirse no sólo entre la historia del cómic y de este creador o el universo Tintín, sino también en el arte y la historia del siglo XX. Verdaderamente está bien montado, y merece convertirse en una visita ineludible en Bélgica a partir de ahora. Y además me sirvió para conocer algo realmente bello que contaré más adelante.

Ah, y para aquellos a los que gustó la entrada sobre los murales de cómic en Bruselas, acabo de encontrar algo que me ha dejado alucinada y que obviamente no ví allí. Se trata de este mural de 135 metros de largo en la estación de metro de Stockel, también en Bruselas. En él aparecen nada menos que 140 personajes de Hergé. Para morirse.