Si hubiéramos tomado la línea JR en lugar de la Tobu, habríamos llegado a la otra estación de Nikko, toda de madera, que es la más antigua de Japón, pero con nuestro pase tenía que ser necesariamente esa ruta.
Al bajar de nuestro tren teníamos que tomar un microbús que atravesaba el río y te dejaba a los pies de la estatua-fuente de Shodo Shonin para iniciar el itinerario.
Dudamos si bajar dando un paseo por los alrededores antes de subir a los templos, porque el sendero que se abría delante de nosotras era de lo más atractivo, discurriendo en pendiente paralelo al río hasta las pozas de Ganman-ga-fuchi. Finalmente decidimos abandonar la idea, ya que los templos cerraban a las cuatro y media, y las pozas ni se divisaban, pero dice la leyenda que si cuentas las estatuas sagradas que bordean el camino nunca te sale el mismo número, y aparecen y desaparecen a su antojo, e incluso alguna de ellas sonríe por ello. Vamos, que se cachondea de tí. La versión oficial es que son setenta, pero me gusta más la otra versión y alguna vez regresaré para comprobarlo.
Dicho esto, nos acercamos al primero de los templos, el Rinno-ji, anteriormente llamado Shihonryu-ji, fundado en el año 766. Su pabellón principal es el más grande de Nikko y es famoso por albergar las imágenes doradas del Buda Amida, Kannon Senju y Kannon Bato, de unos ocho metros de altura.

Tras el pabellón nos encontramos con un jardín de estilo Shoyoen que me hizo plantearme cómo es posible que existan esas maravillas y yo solo tenga una maceta seca en mi casa.
Es una suerte que esté tan bien marcado el camino de un templo a otro, porque allí se pierde fácilmente la orientación, y simplemente sigues hacia delante, pero no sabría señalar hacia qué lado quedaba nuestro punto de partida. Pero, mira por dónde, el pequeño quiosquito rojo que se ve en esta avenida de cedros es nada menos que una oficina de correos ideal para echar todas las postales que llevaba encima.

El camino llevaba hasta el Santuario Tosho-gu, que fue construido como mausoleo por Iemitsu para su abuelo Tokugawa Ieyasu, del que ya hablé aquí.
La arquitectura de este conjunto es, como casi todo en Nikko, una mezcla de estilos budista (hiperdecorativos) y sintoísta (más sencillitos). El primer acceso es una gran tori de granito y el segundo una puerta Niomon flanqueada por dos acojonantes estatuas de Nio, una vocalizando la primera letra del sánscrito y otra la última.
Una vez en el interior del patio que distribuye todas los pabellones y dependencias del Tosho-gu, aparte de unos almacenes, una pagoda de cinco plantas, una fuente, una biblioteca de sutras, un campanario y algunas cosillas más (todo sagrado), lo que más llama la atención es el establo (sagrado también), que se supone que cobija a un caballo donado por el gobierno de Nueva Zelanda. Igual estaba de vacaciones porque no parecía estar dentro. El establo llama la atención porque es de madera sin pintar, al contrario que todo lo demás en Nikko, que está pintado, dorado o laqueado. Tan solo está decorado con un relieve de los tres monos sabios, Kikazaru, Iwasaru y Mizaru. Son los de arriba.

Desde allí abajo se tiene una perspectiva realmente majestuosa del santuario y es, probablemente el más espectacular de todos los que vimos. Frente a la tori de madera y las escalinatas sellamos nuestra promesa de volver, y dejamos nuestra tablilla con nuestro deseo conjunto, y en verdad no podríamos haber escogido mejor lugar ni más simbólico.
En lo alto del penúltimo tramo de escalones estaba el elemento arquitectónico más característico del Tosho-gu, que es la puerta Yomeimon, tan decorada y tan 'sencilla' como vendida en el Ikea. La fastuosidad de esa puerta merece una parada larga para observar los detalles de los relieves con atención porque es un auténtico espectáculo visual. Tanto es así, que una de sus columnas está hecha boca abajo deliberadamente para no enfadar a los espíritus celosos por tanta perfección.
Lo curioso es que todo esto fue construido en dos años, por nada menos que 15.000 artesanos de todo el país que tallaron, pintaron, doraron y laquearon cada centímetro de superficie. Yo sé de una que lleva cinco años de reformas, y solo se trata de alicatar aquí y allí. Pero claro, no tiene 15.000 peones.
Nos dirigimos al Santuario Futara-san, para lo que volvimos a salir pues por la tori de granito, desde donde abruma el panorama de la avenida de cedros que se abre a tus pies.

A todo esto, ya eran pasadas las 4 de la tarde y sin almorzar, pero no podíamos ni plantearnos la pausa a pesar de los rugidos de protesta de nuestro estómago, así que unas patatitas y para adelante. Al fin y al cabo solo nos quedaba un santuario por visitar, el Santuario Taiyuin-byo, que era el más escondido de todos.
Es difícil describir la sensación de transitar por este camino, pero se puede decir que te envuelve. Te envuelven las sombras densas, el color verde, el aire fresco y extra húmedo, y el sonido de los arroyuelos y de los insectos (que ya dije que sonaban diferente a los de aquí).

Nos íbamos encontrando puertas, fuentes y escalinatas que indicaban que sí, que nos acercábamos a la meta, pero cuando crees que llegas arriba, a tu lado se abre otra nueva escalinata u otra nueva puerta que lo desmiente.
Subiendo es imposible dejar de mirar hacia atrás, porque a medida que el terreno se hace más elevado ganas el privilegio de curiosear las áreas que no están abiertas al público y forman parte del recinto privado de los monjes.

Por fin cruzamos la puerta Yashamon, justo a la hora. De hecho fuimos las últimas en entrar y solo quedaban dentro tres o cuatro personas. Aun así nos dio tiempo a descalzarnos y a verlo por dentro, así como encontrar la tumba de Iemitsu. Este shogun no solo fue el hizo de Nikko lo que es hoy día, sino que fue el que inició la política aislacionista que imperó en Japón durante doscientos años. Aislarse no es bueno pero, en cierto modo, eso marcó el destino y la forma de ser de lo que es el país actualmente, así que quizás debería haberle dado las gracias.
Aprovechamos para comprar algo de artesanía local, cuya especialidad es la madera, y con bastante pena nos dimos cuenta de que quedaba poco para que pasara el último autobús de vuelta, y allí había mil cosas por ver, pero imposible en un día.
Creo que necesitaré el pase de cuatro días...
12 comentarios:
¿Por qué pones todo esto?
¡¡¡Ahora me doy cuenta de que nos dejamos por ver más cosas de las que creía!!!
Maldita sea, hay que volver cuanto antes y subsanar ese error, yo que pensaba que más importante que me quedaba por ver era el lago y las cataratas (que eso lo tengo que ver sin falta, ya lo sabes) y resulta que hay mucho más...
(Rapido, hay que empezar a ahorrar)
Vaya tela... ¡Qué preciosidad de lugar!
Vaya memorión o cuaderno de notas. Menuda ristra de nombres. Y ninguno se llamaba Pepe o Javi.
Ya tiene mérito que lo cuentes con tanto detalle. Yo soy un desastre con los nombres incluso en mi propia ciudad.
Aunque apuntara todos esos nombres seguro que después los cambiaría todos.
Esto es quizás lo que más me ha gustado de lo que has contado hasta el momento porque me atrae más el Japón tradicional que el del Tokio más moderno.
Llevadme con vosotras la proxima veeeeezzzzzzzzzz!!!!!!!!!!!
HOmbre, los nombres de los templos y de los principales lugares los sé, pero de las puertas y de los dioses los he tenido que mirar, que para algo tengo mi guía aquí delante. Una está familiarizada con el lenguaje, pero no tanto :P
¡Qué maravilla de sitio! Ya sé donde voy a ir a jubilarme, me ha llegado hasta el olorcillo.
¿Quién sacó la foto de los 3 monos?
¡Que preciosidad!
Pues la foto la sacó el padre de un chico muy mono también XD
Pues habéis salido muy monas XDDDDD
Bs
Cloti
esas tres estatuillas tapándose una la boca, otra los ojos y otra los oídos son muy famosas, las he visto como adorno en muchos sitios. en la foto las reproducís muy bien, jejeje.
Ays, la frase "yo me imagino vestida con uniforme de colegiala de esos de marinerito, atravesando estos campos en el asiento de atrás de la bici del chico"... jajajaja que recuerdos! jajaja
Nikko es precioso y tenemos que volver. Eso ya lo teníamos claro. Es que el último tren era demasiado pronto, la verdad. Pero vale la pena, la verdad.
Buf, te estoy emulando: estoy verrrrrrrde como Elphaba (por cierto, el jueves tuve la Barbie Elphaba a medio metro) de envidia.
Nosotros nos perdimos esta excursión porque queríamos disfrutar más de Tokio (como dices, odio los viajes en los que ves 50 cosas y ninguna bien) conscientes de lo que nos perdíamos.
Veo que es tan bonito como me figuré. Los jardines, preciosos; una ruta de templos camuflados entre tanta vegetación...
Me ha resultado curioso lo de la torii de granito y lo de la columna boca abajo. Y me apunto al Nikko Edomura ¡¡¡¡ya!!!! con lo que me gustan a mí esas cosas.
Eso sí, como tú dices, en un viaje de varios días alojada en un Ryokan con onsen al aire libre. ¡Hombre no!
¿Vamos cerrando fechas? XD
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