No, no os habéis confundido: este no es el blog de Chema. Es más, este post habla de letras, y no de números. Bueno, o quizás sí.
Ayer terminé un libro que me habían regalado y que creo que es de las cosas más hermosas que he leido en mucho tiempo. La belleza de La Fórmula Preferida del Profesor de Yoko Ogawa no se basa en palabras grandilocuentes ni hechos extraordinarios, sino que radica en una narración directa y sencillísima de un amor puro que de verdad me ha conmovido hasta la médula y me ha dejado un nudo en la garganta. Pero no me refiero al amor romántico o apasionado, sino al afecto platónico y desinteresado que surge entre una discreta asistenta doméstica y su hijo de diez años, y un anciano matemático cuya memoria reciente solo dura ochenta minutos. De esta forma, el viejo profesor comienza cada día en el mismo punto que veinte años atrás, con la misma modestia y la misma mente lúcida y generosa capaz de comprender a la perfección tanto la vida a través del infinito mundo de las matemáticas como el corazón de un niño. Los tres personajes y la relación que se forja entre ellos son una auténtica delicia.
Creo que nunca los números han estado tan cerca de las palabras, y jamás la aritmética ha inspirado tanta poesía como desprende esta novela.
Como me gusta investigar un poco, resulta que he dado con una película de 2006 basada en esta obra, y aquí la tengo lista para ver. Tiene muy buena pinta pero, la verdad, creo que solo por oir la música compuesta para ella va a merecer la pena.