miércoles, 3 de octubre de 2012

El hombre al que le gustaban las chocolatinas (2ª parte)

Que sí, que tengo que hacer crónicas del otro lado del mundo, ¡pero estoy todavía en la campiña inglesa! Prosigamos.
 
 
Mi pequeña excursión a Great Missenden no sólo no terminó con la visita al museo, sino que éso fue sólo el punto de partida. Anexo a él, tanto con entrada desde el interior del patio como desde la calle, estaba el Twit Cafe, que podría traducirse como "Café Imbécil", toma ya.
 


El nombre procede de una de las obras de Dahl, "The Twits" ("Los Cretinos" en España), pero no hay nada estúpido en ese lugar. De hecho es un sitio realmente encantador con un variado surtido de comidas para desayunar, merendar o tomar un almuerzo ligero.
 



 
La cita en la pared principal pertenece al personaje de la mariquita de "James y el melocotón gigante", y es que no podían faltar las rimas en el local, ya que Dahl tenía una habilidad extraordinaria para componer rimas divertidísimas y de lo más transgresoras, como se puede comprobar en sus libros "Revolting Rhymes" ("Cuentos en verso para niños perversos") o "Rhyme Stew" ("Puchero de Rimas").
 
Serían alrededor de las 11-11.30 cuando entré. Demasiado tarde para desayunar y demasiado temprano para almorzar (según los horarios locales, a los que ya estaba totalmente acostumbrada, claro está). Dudé si pedirme unos sandwiTches (no, no lo he escrito mal, he dicho 'brujas de arena'), pero tenía unas ganas locas de probar la tarta "Bruce Boggtrotter" de chocolate, así que me decanté por el dulce.
 
 
Bruce Boggtrotter es un personaje de "Matilda" que roba un pedazo de pastel de chocolate a la diabólica y sádica directora Miss Trunchbull, la cual, a modo de castigo ejemplar, obligó al niño a zamparse enterita una tarta gigantesca del mismo tipo, aunque la Trunchbull no contaba con que Bruce la desafiaría logrando tan gloriosa hazaña.
 
 
 
Yo la desafié con sólo un trocito, y un chocolate caliente para acompañar que me sirvió el simpatiquísimo hombre de la cafetería, con su poderosa voz de cantante de soul. Y con un poco de energía en el cuerpo, y buen rollo en la mente, emprendí una búsqueda para que la que contaba con menos información: la de la casa de Roald Dahl y la de su tumba.
 
Para encontrar ambas cosas, no tenía una dirección concreta, sino más bien una serie de indicaciones que alguien escribió en internet, en plan 'la última calle frente a la iglesia tuerce a la derecha, pasa debajo de un puente, sigue el camino de frente y deja atrás varias granjas, entra por detrás de la valla, pasa por un sendero de tierra estrecho y bla bla bla...'.
 

 
Prometía ser emocionante, aunque tenía toda la pinta de que si alguien me estrangulaba por ahí no se enteraría nadie. Pero vamos, que yo estaba encantada. Además, era un día de enero bastante cálido que invitaba a pasear con el abrigo abierto. Y entonces allí estaba, Gipsy House, justo tomando la última calle frente a la iglesia, pasando por debajo del puente, adentrándose en el camino que deja atrás varias granjas, etc, etc.
 
 
Casi me pasa desapercibido el viejo letrero de madera coloreado de musgo, y allí me quedé clavada por unos segundos sin saber muy bien qué hacer. Porque a ver, eso es una casa particular, en la que todavía vive la viuda de Dahl, Felicity. No es una casa museo visitable ni nada por el estilo, y de hecho, en las páginas medianamente oficiales no se da ninguna clase de indicación del lugar, y en las de fans se recomienda ser discretos y no importunar a la señora (por lo que las fotos de la casa en sí, y de los jardines son prestadas de la red).
 
 
Así que rodeé el perímetro de la finca hasta donde pude, observando con detalle todo lo que resultaba visible desde el exterior (parte del jardín y de la fachada principal que reconocí al instante), sin llegar a asomar la nariz por encima de la valla, cosa que hubiera parecido de mala educación.
 
 
Por un flanco de la casa seguí el muro de piedra hasta el final, y por el otro lado me metí por el famoso sendero de tierra estrecho que va paralelo al seto que limita el prado que hay a la espalda.
 
 
 
Quizás no se aprecie bien en la foto, pero puedo aseguraros que la zona en la que podía apoyar el pie era realmente estrecha. La tierra era puro fango de tan húmeda que estaba (pero fango de hundirse hasta los tobillos), y lo verde estaba más resbaladizo aún, y si me arrimaba a los lados, me echaba abajo los brazos con las ramas, así que no tenía yo muy claro dónde acabaría mi nariz cada vez que daba un paso. De hecho, estuve realmente a un pelo de patinar y acabar enfangada de pies a cejas, como en las comedias, y me imaginé a mí misma teniendo que tomar el tren de vuelta a Londres de esa guisa.
 
 
Fue un poco decepcionante no poder divisar la cabaña de la puerta amarilla, ni los fantásticos jardines, ni el carromato azul, porque aquello era bastante grande a pesar de que se divisaba bastante desde el exterior, pero era emocionante de todas formas saber que allí se inventaron todas las historias de Dahl que me encantan.
 

 
Allí las imaginó primero para sus hijos y allí en la cabaña las tejió después mientra gestaba sus novelas.
 
Fue en esa casa donde vivió durante treinta años con su primera esposa, la actriz de Hollywood Patricia Neal, retirada de la profesión para ejercer de esposa y madre de los cinco hijos que tuvieron en común.
 

 
Allí aparcó el pintoresco carromato azul que compró para que jugaran sus hijos y más tarde sus nietos, que resultó ser justamente el carromato donde vivía Danny con su padre en "Danny Campeón del Mundo", y allí tocaba la ventana de sus hijos con una rama larga simulando ser el Gran Gigante Bonachón que dio nombre a una de sus cuentos más queridos, y que dedicó a su hija Olivia, fallecida a los siete años como consecuencia de una complicación grave del sarampión.

 
Esta muerte trágica, y las graves heridas internas que sufrió su hijo Theo de cuatro meses al ser atropellado en su cochecito por un taxi, sin duda marcaron unos años muy duros para el escritor, que lejos de quedarse cruzado de brazos, se convirtió en abanderado en la lucha por la protección de la salud infantil y la inmunización sistemática. Pero lo más sorprendente de este hombre peculiar y polifacético, es que consta como una de las tres personas que colaboraron activamente en el diseño la válvula cerebral Wade-Dahl-Till (WDT) para aliviar la hidrocefalia como la que sufría el pequeño Theo tras el accidente, al que el dispositivo que tenía colocado en primer momento le ocasionaba graves complicaciones por su insuficiente funcionamiento.
 
Y en Gipsy House reside todavía, tal como he comentado antes, su viuda Felicity Dahl, llevando una vida tranquila dedicada a su fantástico jardín, entre otras actividades, como las de preservar el legado de su esposo, al que describe como un hombre de fuertes convicciones y algo refunfuñón, pero con alma de niño, dedicado con todas sus fuerzas a defender la infancia.


 
Me dirigí  a la otra parte del pueblo, saliendo de nuevo de él, hacia las colinas, donde al parecer estaba el cementerio de Great Missenden. Un bonito paseo hasta allí desde luego, en el que sólo me crucé con dos personas (una más que de camino a la casa).



Sabía cómo era la lápida porque había visto una foto, pero una vez allí pensé que tendría que recorrer todas las tumbas para encontrar la que buscaba, hasta que me di cuenta de que unos padres con su hija estaban justamente haciendo la misma búsqueda que yo, y me adelantaron el trabajo. Hice tiempo contemplando las magníficas vistas desde allí mientras esperaba a que se marcharan, y entonces me acerqué.

 
Fue bastante emocionante. En cierto modo aquel hombre ha formado parte de mi vida desde hace casi treinta años. Una sensación que seguramente también han experimentado otros lectores empedernidos, cinéfilos o melómanos con la gente que creó sus obras favoritas. Examiné con la vista todos los objetos que le habían dejado allí: dibujos, cuadernos de niños llenos de ideas, lápices y chocolate. Y allí dejé mi chocolatina, una barrita de sus Cadbury favoritas.
 
 


 
Supongo que ya no me quedaba mucho más que hacer en ese pueblo, y ya se me estaba secando el barro de los zapatos, con lo que ya no iba a dejar perdido el suelo del tren de vuelta, así que me dirigí sin prisa a la estación, contemplando más detenidamente algunos de los lugares que habían servido de inspiración para algún pasaje de sus obras, como algunas casas de la calle principal, la vieja gasolinera (idéntica a la descrita en "Danny, Campeón del Mundo") o la biblioteca donde Matilda pasaba las tardes leyendo mientras su madre se iba al bingo. Como estaba frente a la pequeña oficina de correos (que estaba a punto de cerrar para el almuerzo), aproveché para mandar una postal que escribí en el banquito de la biblioteca, con una vista bastante bonita.


 
Y así terminó mi visita a Great Missenden.



11 comentarios:

Zelgadiss dijo...

Mola el pueblito, muy de la tranquila campiña inglesa. Vamos, que si no fuera porque el Dahl vivió allí toda la vida ni nos habríamos dado cuenta de que existe ese lugar.

Bel. y yo tenemos pendiente nuestra particular visita friki a Oxford, a recorrer los lugares que frecuentaba Tolkien, y por supuesto, a su tumba, que no es novedad, ya hemos ido otros años, pero desde que vivimos en Londres todavía no hemos ido allí las 2. Por supuesto iremos también a visitar la tumba de C.S. Lewis (otro que tb te gusta a ti mucho), que mi amiga ya ha estado, pero yo todavía no he ido nunca.

Geno dijo...

Una visita de lo más preciosa y, sobre todo, emocionante ¿verdad? He de decir que me confieso totalmente enamorada de esa cafetería (por muy "imbecil" que sea XDDD)y de su tarta de chocolate, of course jajajjajaj

chema dijo...

esa cafetería parece muy simpática y acogedora. y la tarta, qué buena pinta tiene.
las fotos son todas preciosas. yo que le encuentro belleza a cualquier paisaje -soy muy benévolo en ese sentido-, si viajara a inglaterra me estresaría de tantas fotos que querría hacer.

María J. dijo...

La cafetería parece de cuento, nunca mejor dicho, es chulísima! y el pueblo muy lindo, pero para mi gusto demasiado solitario.
Ha sido una pena que no tuvieras la fortuna de haber entrado en la finca y disfrutar de sus jardines, pero bueno, al menos viste algo.

Vuelvo a agradecerte tus descripciones porque con estas entradas viajo un ratito a esos lugares, a todos esos rinconcitos tan chulos.


anele dijo...

Una casa preciosa, sin duda. Un lugar estupendo para encontrar la inspiración para sus cuentos.
Lo malo es combinar lluvia y campiña inglesa, ja, ja (por cierto, me encaaaaaata Anne of Greengables).

De nuevo, un post de lo más interesante.

Unknown dijo...

Le voy a leer tu post a mi hija mayor, Lucía, que está descubriendo desde hace un tiempo a este maravilloso escritor a través de esas ediciones que incorporan tambiénlos dibujos de Quentin Blake. ¡Le va a encantar!

Bertha dijo...

Guau que chulo y que bien que los has contado, me a encantado :)

Julio Rodríguez dijo...

Compruebo que no he sido el único que ha estado de peregrinaje este años. Te has hecho de rogar pero ha merecido la pena.

Carol dijo...

Q bonito todo! Yo tengo que ir algún día, Roald Dahl es de mis escritores favoritos, como a ti, me ha acompañado desde que era una niña y cada uno de los detalles que has ido contando que aparecen en sus libros me han parecido geniales, quiero ir!!!! Bsos

Findûriel dijo...

Te he mencionado, porque sabes que me ENCANTA tu blog.
http://finduriel.blogspot.com.es/2012/11/red-liebster.html

Claire dijo...

Ooooh! Que chulo! Este visita es muy guai!
Apuntada a hacerla sin falta si vuelvo a UK!
Me ha encantado!!