Aterrizamos en Tokio y el sol prometía juerga, aunque nada comparado con lo que nos esperaría los días siguientes. Tomamos un Shinkansen Hikari (tren bala) bien tempranito, con nuestros asientos convenientemente reservados el día anterior. Es famosa, y yo lo confirmo, la red de transportes japonesa y su eficacia. La mejor que he conocido en casi todos los aspectos, seguida de Alemania. Lo mejor es que nunca te quedas sin billete, pues, además de la gran cantidad de trenes que salen al día atravesando el país y de lo larguísimos que son, tienen varios vagones convenientemente indicados exclusivamente para pasajeros sin reserva de asiento. Esto quiere decir en gaditano “el que lo coja, pa él”, y si no has tenido tiempo de reservar o simplemente se han agotado los asientos reservados, pues entras allí con tu billete y punto. Incluso en el hipotético caso de que estuviera lleno y te tocara ir de pie, podrías viajar el día y la hora deseada, lo cual me hace recordar la antelación de semanas con la cual suelo tener que comprar un mísero billete para alguno de los dos únicos trenes diarios hasta Madrid.
En fin, el vagón comodísimo y con un espacio tremendo entre asientos, pero con una pequeña pega: no tiene espacio para almacenar maletas grandes durante el trayecto, o al menos no lo encontramos. No me explico el por qué de esto pero el caso es que teníamos que llevar nuestras maletas con nosotras, que sí, que caben, pero eran o las maletas o mis piernas, y ganaban las maletas, así que estuve todo el trayecto desde Tokio hasta Kioto con una postura absurda.
En Kioto, exceptuando dos líneas de metro que dividen a la ciudad en cuatro cuartos, el nutrido ramillete de líneas de bus se convierten en el principal medio de transporte, pero aun así los trayectos a pie se me hicieron un mundo, y Tokio se me antojaba más manejable a pesar de ser muchísimo más extensa, aunque no niego que el clima y el agotamiento físico pudieron respaldar en esta apreciación. Eso sí, los mapas engañan una barbaridad en cuanto a distancias.
Como teníamos cuatro horas por delante antes de poder tomar posesión de nuestra habitación, y andar por la calle era lo más parecido a pasear por dentro de un horno crematorio, optamos por adelantar una de las visitas programadas: el Museo Internacional del Manga de Kioto. No solo es un sitio interesantísimo y agradable, sino que se está muy fresquito, lo cual era en ese momento una necesidad vital para mí.
No me extenderé aquí porque ya lo describo detalladamente en mi artículo del próximo número de la revista Foro Esther que ya enlazaré por aquí para que lo veáis, pero es realmente un museo-biblioteca muy completo que bien vale la visita para cualquiera que aprecie el noveno arte y las artes gráficas en general, adaptado para todas las edades, con montones de actividades y un Fénix grandísimo de Osamu Tezuka (pendiente tengo mi monográfico sobre él) para que los admiradores como yo babeemos y nos hagamos una foto. Porque no solo hay tradición y templos en Kioto.
Después de comer e instalarnos en nuestro hotel (creo que este hotel merecerá otro post aparte), y dado que ya no era hora de ir a visitar ciertos lugares y, sin embargo, un momento estupendo para recorrer otros, volvimos a tomar un tren, esta vez con destino al apeadero del Fushimi Inari Taisha, al sureste de la ciudad.
Igual por nombre no os suena a algunos de vosotros, pero si os pongo una escena en la mente, es posible que os suene a algunos más. Una película, “Memorias de una geisha”. Sayuri de niña corriendo por un túnel precioso de toriis rojas. Pues ese lugar.
El año pasado ya mencioné a la diosa Inari, y es que en Japón se calcula que hay unos 30000 santuarios sintoístas dedicados a ella, con sus características figuras de zorros de piedra, y este es uno de los más importantes. Inari se consideraba inicialmente protectora de las cosechas y del arroz, pero con el tiempo evolucionó para relacionarse con la riqueza y la prosperidad en los negocios. Es por ello que el sendero boscoso recorre casi 5 kilómetros bajo miles de estas torii alineadas, que son donaciones de agradecimiento de particulares o de grandes empresas.
Las primeras estructuras de este complejo de santuarios se levantaron en el año 711, si bien cuando cobró importancia fue ya en el periodo Heian, en el que Kioto fue la capital del país. Después, a lo largo de los siglos, han sufrido varias reconstrucciones y cambios de ubicación hasta llegar al aspecto actual.
Mi apreciación personal es que lo que son los santuarios del Fushimi Inari Taisha no son en sí mismos ni más ni menos bellos que muchos otros que se pueden visitar en cualquier punto del país. Lo realmente espectacular es el paseo por esos senderos que discurren entre montañas. Hicimos caso a la recomendación leída en alguna parte de transitar por ellos hacia el anochecer, cuando caen las sombras y el aire se torna misterioso, casi mágico y un poco fantasmagórico.
Fue un paseo indescriptible, capaz de estimular la mente para que imagine decenas de historias, románticas, de terror y de cualquier clase, y a buen seguro que a esa hora estaba mucho más tranquilo que a otras, cuando las hordas de excursiones concertadas invaden cualquier lugar visitable. A esa hora te cruzas con el suficiente número de seres humanos como para no acojonarte mucho, sin que estorben a la hora de sentirte en conexión con el lugar y de llevarte horas intentando sacar una foto, no ya que plasme mínimamente el espíritu del paisaje, sino simplemente de que se vea algo. Madre mía, qué difícil es sacar fotos de noche y qué bien me hubieran venido unos cuantos consejos sobre toquetear parámetros de la cámara. Sé de alguien que se horrorizará por dos cosas: por los crímenes perpetrados con mi cámara, y por no estar allí para hacer fotografías como dios manda.
Es una experiencia ciertamente relajante a pesar de la fauna. Y cuando hablo de la fauna hablo de los mosquitos. Amigos, los mosquitos del Fushimi Inari son unos chupasangres profesionales de primera, ¡y no los cursis de los Cullen! Pero qué digo, esos no eran mosquitos, sino avionetas, a juzgar por las señales que me dejaron. Ni siquiera mi siempre eficaz frasco de repelente me sirvió absolutamente de nada, porque los mosquitos se cachondearon de él en toda mi cara. Casi pude oir sus carcajadas y los codazos que se daban unos a otros mientras se descojonaban de mi inútil capa de Aután. Y profesionales, ¿eh? Porque ni me di cuenta hasta que no vi a posteriori que me habían dejado las piernas como un cristo.
Hoy, veinticinco días después, aun tengo marcas de las picaduras, y no estoy exagerando. A pesar de ello, si regreso a Kioto alguna vez (que regresaré), intentaré volver a dar el paseo, para verlo con otra luz diferente. A ser posible en otra época del año diferente también.
Siendo aun bastante temprano, aun teníamos tiempo de ver otro de esos lugares con encanto que definitivamente merecen ser vistos, y también de noche: el Pontochō.
El Pontochō se centra en un largo y estrecho callejón totalmente flanqueado por tradicionales restaurantes y bares de estilo japonés, y cuya iluminación depende casi exclusivamente de los farolillos o letreros luminosos de estos locales. Su resplandor anaranjado en contraste con la oscuridad del la calle le confieren cierta atmósfera de algo prohibido pero muy elegante. Otra imagen que me hubiese gustado plasmar mejor en fotografías.
La sensación de estar en un lugar con aroma a antiguo se refuerza al encontrarte con parejas jóvenes paseando en yukata, o al cruzarte incluso con alguna que otra geisha auténtica dirigiéndose a su cita. Hay que resaltar que las geishas no suelen llevar ese maquillaje y peinado tan recargados que os vendrá a muchos a la imaginación. Esa apariencia suele estar reservada a las maiko o aprendices de geisha. Las normas básicas de comportamiento indican que no hay que molestarlas ni hacerles foto directamente, así que como buena turista que soy, cumplí.
El aspecto exterior de los establecimientos tiene esa sencillez increíblemente bella de la arquitectura japonesa, con algunos detalles propios de Kioto según nos explicó Naomi-san.
Pero un momento. ¿No os he hablado de Naomi-san? Pues es alguien que conocimos allí. Algunos recordaréis del año pasado la historia del señor mayor que nos ayudó a encontrar una ruta de vuelta alternativa a Tokio, y que nos cantó en medio del tren “Malagueña salerosa” de paso. Fue una anécdota divertida y un buen ejemplo de la enorme amabilidad de los japoneses, para nada un hecho puntual.
Estábamos Claire y yo en una estación de metro dudando qué ruta y qué parada nos convenía para ir al Pontochō, y creo que ya he comentado alguna vez que allí casi no se puede dudar sin que alguien te ofrezca su ayuda, aunque tú no la pidas. Puede que no todo el mundo esté de acuerdo con lo que digo, pero mi experiencia es que aquí no me ha pasado nunca, y en otros países muy muy puntualmente, y no de esta forma.
Naomi-san nos vio allí paradas estudiando nuestro esquemático plano de transportes y ella probablemente volvía de trabajar. Aparentaba estar cercana a los cuarenta (aunque me resulta difícil precisar, porque allí todo el mundo me parece más joven de lo que es), y vestía con mucha elegancia. Nos preguntó con una gran sonrisa y en un inglés un poco renqueante que hacia dónde íbamos, y resolvió que desde aquel sitio era un poco complicado explicarnos cómo llegar, ya que había que hacer transbordo y callejear un poco. Así que ni corta ni perezosa dijo “venid conmigo”, y dio media vuelta, llevándonos hasta el mismísimo lugar, en dirección contraria hacia la que ella iba inicialmente y, como ya he dicho, con transbordo y paseo incluido, una media hora de trayecto.
Durante el camino hablamos de esto y aquello, de que era nuestra segunda visita al país pero la primera vez en Kioto, que estábamos intentando aprender el idioma y, no sé cómo, acabamos hablando como no de Arashi, porque para variar a ella también le gustaban, y al final en ese país siempre salen a relucir estos hombres por alguna parte. Cualquier día saldrán en los billetes de mil yen. Y también tuvimos nuestro momento canción, por supuestísimo. Naomi-san vio el colgantito de Totoro que llevo en el móvil y le entusiasmó. Alucinó con que las películas de Ghibli fueran relativamente populares en España, y al final acabamos canturreando las tres la cancioncilla de “Mi vecino Totoro” partidas de risa en mitad del tren.
Bueno, una vez que llegamos le pedimos que, ya que había venido hasta allí, se quedara un poco con nosotras mientras veíamos aquello, cosa que hizo encantada, y de esa forma disfrutamos de un buen paseo mientras nos explicaba algunas cosas y hacíamos fotos. Cuando tuvo que marcharse intercambiamos tarjetas para enviarle las fotos y nos despedimos. Una persona realmente simpática y servicial.
Como siempre, la calidez humana se convierte en lo mejor del día.
Y el momento musical de este post nos lo trae el gran John Williams con uno de los extraordinarios temas que compuso para “Memorias de una geisha”.
19 comentarios:
Esto de tener una duda, que alguien se acerque y te acompañe durante media hora es alucinante. Gran post, gran viaje y grande Williams.
Oooops, es verdad, te comenté que hay espacio en el shinkansen para las maletas, pero no contaba con que la longitud de mis piernas no es como la tuya :(
Para el año que viene prueba con el Relec Extrafuerte, aunque me da la impresión de que esos mosquitos van a ser inmunes a cualquier pesticida, ja, ja.
Estoy contigo: Pontocho mejor de noche. Pero yo no fui tan buena y no me pude resistir a fotografiar a la maiko. Sé que arderé en el infierno, pero que me quiten lo bailao.
Bueno, y que sepas que he decidido perdonarte porque me ha encantado el post, ¿vale?
Q envidiejaaaa!!! En fin, me ha parecido precioso el templo y la calle con los farolillos, la historia de Naomi-san es una pasada, que mujer más requetemaja. Bueno, para cuándo la siguiente tanda de fotos? je je je
No empecéis ya con exigencias, ¿eh? que esta tarde me incorporo de las vacaciones y estoy muy afectada XDDDD.
Anele, si es posible me gustaría que ese repelente antimosquitos no ahuyentara también a los seres humanos, sobre todo si son jóvenes de buena presencia :P
Y sí, lo de Naomi fue una pasada. Al final no fue media hora solamente, porque al llegar se quedó con nosotras. Alucinante, sí :).
me gustan esas calles llenas de locales nocturnos, tienen una atmósfera especial.
qué amable esa chica! un buen ejemplo de la proverbial cortesía japonesa.
qué ganas de leer más...!!
Mas! Mas! Mas!!
Para la proxima te presto mi camara!
ay, me apunto.
Ja, ja, el repelente no huele mal, así que descuida.
Se supone que es especial para zonas tropicales, pero ya te digo que me da la impresión por lo que cuentas de que esos mosquitos pasan de los repelentes occidentales :P
No, Candela, si mi cámara nueva es cojonuda, y tengo otra reflex aun mejor que no uso nunca. El problema soy yo.
¡¡¡Ainsss, la peliiiii!!! Supongo que estará genial ¿no? ¡Que guay! Bonita manera de empezar el viaje, sí señor.
La historia de Naomi-san genial, las fotos me han encantado, por mucho que digas, y también quiero más pero no te presionaré XDDD
Espero que la vuelta al trabajo no haya sido demasiado dura
La peli muy buena, Geno, aunque más lenta que Taguchi intentando resolver un problema de física cuántica, y es una historia muy deprimente (pobre Ikuta...), pero me ha sorprendido para bien, eh? Ikuta ha mejorado bastante desde "Maou" y su cara de intenso.
YO también quiero más, creedme, así que intentaré postear los más seguido posible. Y la vuelta al trabajo hoy, pues no ha sido mala para empezar, aunque en mi casa estaba mejor XD.
Ay, sí, que peligro ponernos tantas pelis guais en el avión! Al final dormí muchos menos de lo que me esperaba!
Son los mosquitos asesinos de Fushimi Inari! Joer, como se cebaron los cabrones! Si ya lo digo yo, son listos, y nuestra sangre, al menos la mía, tiene mucho jamón ibérico y embutidos, y los mosquitos tuvieron un manjar que no veas, con una sangre estupenda, diferente de la japonesa, jejejeje
Realmente es un sitio precioso!!!
Y lo de Naomi-san fue genial! Como lo flipó la mujer!! Y el museu del manga y Pontocho!
Todo genial!!!
Así me gusta. Contando las cosas con sustancia. Me moriré de envidia con cada post pero digo yo que ya se me pasará y volveré al color natural gradualmente.
Si hubiese algún crimen que perdonar ya te lo habría hecho por dos momentos impagables: El de imaginaros gritando histéricas ante el menú de películas del avión. Y el de la propina de Williams al final. (Suponiendo que te refieras a mí).
Ese corredor ha estado siempre en mi cabeza desde la primera vez que lo vi en un trailer de la película de Spielberg. Y sólo por el iría a Kioto.
Olvidaba. Esa amabilidad inesperada en un desconocido es algo que deja huella para siempre.
Una vez obtuve esa ayuda en la ciudad donde menos me la esperaba y me acuerdo de ella como si fuera ayer. Verano del 94 en Los Ángeles.
Uf, Julio, creo que hablo por la dos, pero ver el "menú" de las pelis que nos ponían en el avión fue... fue.... al menos para mi, histerismo total! Tenía una cara de felicidad y de loca "chunga" a la vez impagable! Lo flipamos!!! Ya sólo eso fue super emocionante, así que ya ves... jejjejje
Dios las cría y ellas se juntan... ¡vaya dos! :-D
Uy, y no has visto nada. Espera solo un par de días...
Jope vengo del blog de Cloti ¡vaya viajes os pegáis! Y después la que tiene la fama de viajera soy yo ufff
Preciosos los arcos rojos y que una desconocida os acompañe todavía más alucinante. En España desconfiaría de alguien que lo hiciera, seguro que buscaba algo malo.
Conozco esa sensación de "debería estar descansando y no jugando al tetris" que te entra con las pantallitas de los aviones. Viajando a Dubai me pasé horas y horas viendo pelis y jugando a tonterías.
Alberto Q.
http://traslaspuertas.wordpress.com
Qué mujer más maja la que os acompañó... No sé si es muy común allí pero aquí en España no me imagino a casi nadie acompañando a turistas a llegar a su sitio de destino durante 30 minutos.
Muy bueno lo de la canción de TOTORO, por cierto. Qué entrañable personaje...
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